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Atrapados (Krallik-Roh IV)

El halo de luz frente a Emmanuel se vio atravesado fugazmente por algún objeto. El niño se aproximó a la ventana, una alargada vidriera perpendicular de coloridos fragmentos de cristal, tratando de discernir de qué se trataba. Finalmente desistió en su intento, dando por hecho que se trataría de algún pájaro viajero dirigiéndose hacia el tejado.

De todos modos, lo que de veras le preocupaba era averiguar qué era aquel lugar en que ahora se encontraba. Las paredes de piedra le recordaban a la fortaleza en que se ocultaba Razarac, pero algo en ellas le hacía presentir que ya no se encontraba allí. Esas vidrieras, y el altar al fondo de la nave… Lo comprendió, de forma tan repentina que casi se asustó. Estaba en una iglesia, totalmente vacía. Comenzó a faltarle el aire y una tos profunda ascendió desde sus pulmones. Percibía un leve aroma pegajoso.

Sin darse cuenta, una densa nube negra se había extendido sobre su cabeza. En apenas unos segundos, varias lenguas de fuego descendieron desde los arcos del techo, acariciando las paredes hasta aterrizar en el suelo, formando una masa creciente y extensiva. Cada vez hacía más calor, la temperatura resultaba casi insoportable. Comprendió que lo que había visto volando hacia el tejado del edificio no era un pájaro, sino la antorcha origen de aquel imprevisto incendio.

Miró a su alrededor, en busca de una salida, y su vista reparó en algo. Se aproximó esquivando con urgentes zancadas los focos de fuego hasta la vidriera de la pared. Apoyó la mano en el cristal y tuvo que retirarla al instante, pues le quemaba la piel. Al otro lado, en el exterior, dos figuras permanecían erguidas, inmóviles. Su silueta era desfigurada por el efecto del cristal tintado, pero las reconoció al instante, sin albergar duda alguna.

—¡Mamá! ¡Papá!

Golpeó el cristal con los puños cerrados, pero ninguno de ellos reaccionó. Parecían no oírlo ni verlo. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué estaba él solo en el interior de una iglesia en llamas? Tuvo que retirarse sin responder sus dudas, pues las llamas imparables cercaron los alrededores del ventanal. Desconcertado, contempló las flamas danzantes, moviéndose en tonos anaranjados, formando patrones aleatorios: o tal vez no tanto.

Una de las llamas se retorció sobre sí misma hasta adoptar la forma de un ser cuadrúpedo, de larga cola y colmillos afilados. Este saltó por el aire, como si trepara por los árboles de una inexistente selva. A medida que se alejaba del fuego se iba oscureciendo. Justo antes de atravesar el cristal de la vidriera, la pantera recuperó por completo el color negro como la noche de su pelaje. Tenía que ser uno de los Espíritus Mayores, que había acudido en su ayuda. Pero, ¿cómo iba a lograrlo?

Miró de nuevo a su alrededor y reparó en un elemento que le había pasado desapercibido hasta ese momento: un banco de madera a punto de ser engullido por las llamas. Se lanzó hacia él y, haciendo acopio de todas sus fuerzas, lo arrastró hasta unos dos metros de distancia del ventanal. Entre ambos, una barrera de llamas parecía su principal obstáculo. Pero tenía que hacerlo, tenía que alcanzar a sus padres.

Dio unos pasos de espaldas y permaneció estático unos instantes, inspirando con fuerza el aire viciado de humo. Solo tenía una oportunidad, y no podía fallar, por mucho miedo que le diera el resultado que se daría si fracasaba. Decidido, se lanzó a la carrera hacia el alargado asiento. Tan solo un segundo antes de entrar en contacto con él, comprobó cómo una lengua de fuego atacaba al mueble por el extremo contrario, avanzando imparable hacia él. La idea de detenerse cruzó fugaz su mente, pero ya tenía ambas piernas sobre el banco: demasiado tarde. Si se detenía ahora, sería pasto de las llamas.

Cerró los ojos sin dejar de correr y, guiado por la intuición, escogió el momento preciso para apoyar el último pie sobre el ahora quebradizo respaldo y saltar. Atravesando el aire como una flecha, sintió el fuego combustionar su ropa, erizar cada poro de su piel y consumir el escaso oxígeno dentro de sus pulmones. En el momento en que la bocanada contenida se abrió paso entre sus labios, se vio perdido. Comenzó a perder altura, precipitándose hacia el Averno.

Pero el calor de las llamas se vio sustituido por las afiladas aristas del cristal. Tras un impacto más suave de lo esperado, atravesó la vidriera y aterrizó sobre una superficie dura. Rodó por ella hasta que su cuerpo se detuvo, privado ya de inercia. Solo en ese momento abrió de nuevo los ojos. Comprobó que no había rastro alguno de quemaduras o cortes en su cuerpo, y que se encontraba en medio de un pasillo alargado. No sabía qué acababa de suceder, pero sí tenía una cosa clara: debía seguir adelante, ser valiente y cumplir con su misión.

 

***

 

La estructura se alzaba ante él, envuelta en una intrigante neblina húmeda. Tenía forma de cono, y cerca de su punto más alto los pilares de madera se apoyaban unos en otros, por debajo de la gruesa tela de color parduzco. Más arriba, se abrían hacia el cielo como los pétalos de una flor. Con curiosidad, Khuat-Vah extendió una mano para sujetar el extremo abierto del lienzo y se abrió paso hacia el interior.

Tuvo que ahogar un grito al descubrir lo que guardaba su interior. Sobre el suelo de tierra, dos cuerpos yacían inmóviles, uno más grande y femenino sujetando amorosamente al más pequeño entre sus brazos. Se arrodilló a su lado y se inclinó sobre ellos, temiendo ya lo que se encontraría. Eran su mujer y su hijo. Tenían el rostro pálido y relajado. Apoyó un dedo tembloroso sobre el cuello de ella y no percibió atisbo alguno de esperanza. No tuvo fuerzas para realizar de nuevo la prueba con su hijo. Se retiró, arqueándose a cuatro patas sobre el suelo, sintiendo la bilis desgarrar ascendente su garganta. 

Sin embargo, algo más ocurría. Levantó la vista y descubrió que las paredes de su hogar se encontraban más cerca unas de otras que antes: y ellos estaban en el medio. Se movían, lentas pero imparables. Se cernían sobre él. Y el ruido… Al otro lado se oían decenas de voces, gritos agónicos, aterrados. Hasta el indio llegaba el sonido de zarpas, fauces y golpes. Las fieras atacaban al resto de su tribu. Trató de salir al exterior para comprobar lo que ocurría, pero el único acceso de la tienda se encontraba cerrado por aquella extraña fuerza que constreñía cada vez más el perímetro de la estancia. Si no se apresuraba en hallar una solución, quedaría atrapado en las entrañas de su propio hogar.

En ese momento, un halo de luz blanquecino atravesó la pared de lienzo. La luna llena, brillante y poderosa, se había visto liberada de nubes y bañaba ahora todo el poblado. Fue esto lo que permitió a Khuat-Vah reconocer la silueta que se aproximó a su tienda, por el exterior. Ya apenas le quedaba espacio en el interior cuando esta hizo que la tela se abultase hacia dentro en un punto determinado, empujándola desde el exterior. Al retirarse la presión, el indio pudo identificar las cuatro patas estilizadas y la ramificada cornamenta justo antes de que el ciervo se evaporase.

¿Era eso una señal, el modo de salvarse a sí mismo? Pero, si así era, ¿qué había de su familia? Todavía no había sido capaz de asimilar que ya no estuvieran con vida. ¿Se suponía que los Espíritus esperaban que los dejara atrás ahora? ¿Por qué?

Nuevos gritos procedentes del exterior, demandando auxilio, disolvieron sus dudas. Su tribu, lo necesitaban. Estaban en peligro y no podía evitar acudir en su ayuda. Con el corazón roto de dolor, se inclinó para besar por última vez en la cabeza a su mujer y su hijo, mientras una lágrima resbalaba por su mejilla. Por mucho que le costara reconocerlo, ya no podía hacer nada por ellos, y su pueblo necesitaba su ayuda. Con decisión, se puso en pie y echó una mano al cuchillo colgado de su cinturón.

Sin precio aviso, la tela de las paredes se derrumbó sobre él, retorciéndose y comprimiéndolo, como las tripas de un animal hacen con los restos de alimento. No podía siquiera separar los brazos del tronco, pero con gran esfuerzo logró girar la muñeca y apoyar la punta del puñal sobre el lienzo tirante. Gritando a causa del esfuerzo, desplazó todo el peso de su cuerpo hacia el punto en que el extremo afilado presionaba la tela. Pasaron unos asfixiantes segundos hasta que, al fin, la superficie cedió.

Tras el sonido de rasgadura, lo que vio fue una pared de piedra. Sacudió los brazos, recuperando la movilidad en todo su cuerpo y observó a su alrededor. No había rastro de la tienda, ni de su familia, ni del resto de la tribu. Todo había desaparecido. En su lugar, halló que se encontraba en la cima de una escalera de madera, que moría en aquel muro de piedra. Hacia abajo, los escalones se extendían hacia las profundidades. No sabía si lo que acababa de experimentar había sido real, aunque esperaba que no, pues eso significaría que su familia podría seguir todavía con vida. Pero si en ese momento algo era seguro era que había alguien más que lo necesitaba, y no estaba dispuesto a negarles su ayuda.

 

***

 

La habitación del espejo y el pedestal habían quedado atrás. Ahora, Ezequiel se encontraba en un espacio circular, de apenas metro y medio de diámetro. No había rastro de los demás, estaba solo. Miró hacia arriba, siguiendo las paredes de irregular piedra hasta un punto, varios metros por encima de su cabeza, en que estas terminaban dando paso a un espacio abierto e iluminado. Aunque había una particularidad: esa iluminación parecía provenir de un solo lado.

Uniendo estos elementos, dedujo que por alguna razón se encontraba en el fondo de un pozo, en las profundidades de alguna especie de túnel, de ahí esa extraña iluminación. No sabía cómo había llegado hasta allí o dónde se encontraban los demás, pero iba a salir y a buscarlos. Sin pensarlo, palpó la pared curva a su alrededor y, cuando dio con una imperfección suficientemente profunda, se aferró a ella y comenzó la escalada.

No llegó lejos, sin embargo. Tras ascender apenas unos centímetros, sus dedos resbalaron y se precipitó de espaldas, golpeándose contra el duro suelo. Tras soltar un alarido de dolor, se recompuso y se irguió. No debía perder los nervios, debía seguir intentándolo. Se dirigió de nuevo hacia la pared, dispuesto a intentarlo una vez más, pero en esta ocasión se detuvo en cuanto apoyó una mano. Al contrario que antes, ahora la pared tenía un tacto viscoso. Algo líquido se deslizaba por ella, cayendo hacia el fondo.

Sorprendido, dio un paso atrás, y la pisada de su zapato provocó un chapoteo. Desvió la vista para comprobar que el suelo estaba ya cubierto por una capa de ese líquido misterioso. Sin previo aviso, de la cima del pozo comenzaron a precipitar varios chorros, alguno de ellos directamente sobre su cabeza. Pronto tuvo todo el cuerpo embadurnado y la acumulación le llegaba hasta el pecho. Sin darse cuenta, el nivel había comenzado a subir a un ritmo frenético y, si no disminuía, en apenas unos minutos llegaría hasta la cima.

Disponiéndose a ser cómodamente elevado por la masa, que le recordaba al agua del mar que azotaba la cueva en que había quedado abandonado en un tiempo ahora muy lejano, aproximó una mano impregnada a su nariz, cuando ya flotaba, con los pies despegados del suelo. No olía a agua salada, ni siquiera a agua: era sangre. Estaba flotando en una cantidad ingente de sangre. ¿De dónde habría salido? Contuvo las náuseas al pensar en la posibilidad de que fuera humana.

Antes de poder darse cuenta, se aproximaba a la cima del pozo, al túnel iluminado. Fue entonces cuando reparó en un detalle que hasta entonces había ignorado: una reja de metal cerraba la salida del pozo. Extendió un brazo por encima de su cabeza y empujó. No parecía ceder, moverse siquiera. Pero estaba haciendo fuerza sin apoyo alguno, así que era normal. Esperó a que el nivel subiera un poco más antes de volver a intentarlo.

Con la masa sanguinolenta a escasos centímetros de alcanzar la reja, de gruesos barrotes entrecruzados formando cuadrados de unos quince centímetros de lado, abrió las piernas hasta apoyar ambos pies en lados opuestos de la pared. Una vez estabilizado, empujó con todas sus fuerzas, dedicando las dos manos a tal tarea. Tampoco obtuvo respuesta, y el nivel  continuaba su trepidante ascensión. Ya solo restaban unos diez centímetros para que alcanzara los barrotes. Eso significaba que le quedaban diez centímetros de oxígeno: tenía que aprovecharlos.

De un salto, elevó ambos pies para apoyarse más arriba. Asomó el rostro por uno de los huecos cuadrados y tomó una enorme bocanada de aire. Sumergió de nuevo la cabeza en el momento en que la sangre alcanzaba el borde superior del pozo y volvió a intentarlo, palpando toda la estructura de hierro, en busca de algún punto débil. ¡Tenía que haberlo! Comenzaba a sentir la falta de aire en sus pulmones, los calambres recorriendo los músculos agotados de todo su cuerpo. Había comprobado cada centímetro de la estructura y parecía invulnerable. Sus posibilidades se agotaban, y no parecía que el ascenso de la sangre fuera a cesar.

En el momento en que descubrió un nuevo y desconcertante elemento, una mueca de sorpresa le hizo soltar el poco aire restante y abrir ligeramente la boca, permitiendo que algo de líquido entrara hacia su garganta. Ignorando el amargo dulzor que acariciaba sus papilas, se centró en lo que percibían sus dedos. Alrededor de uno de los barrotes de hierro, había descubierto algo diferente. Era rugoso, como escamoso. Y duro. Se ceñía alrededor del hierro, como si lo sujetara o… se apoyara en él.

Guiado por una intuición, siguió palpando hacia ambos lados y descubrió otros dos elementos iguales. Confirmó que se trataba de las garras de algún pájaro, un halcón o una lechuza a juzgar por su tamaño. Por algún motivo, a su mente vino la imagen de un búho. ¿Los Espíritus Mayores? Creía recordar que uno de ellos era un búho. Podría ser. Próximo a perder la consciencia, sintió cómo las garras tiraban del hierro, arrancándolo de sus manos y dejando abierto un hueco. Con urgencia y fuerzas renovadas por la esperanza, dirigió hacia allí ambos brazos y los sacó hasta apoyar los codos, que utilizó como apoyo para extraer el resto de su cuerpo.

Cuando abrió los ojos, cerrados hasta entonces para evitar que la sangre los invadiera, descubrió que se encontraba apoyado en el borde de un baúl, ubicado en una lúgubre  estancia semejante a una bodega. No había rastro de la sangre, el pozo o la reja. Ni siquiera del animal o del túnel. No comprendía qué acababa de pasar pero, si había logrado escapar de una situación como esa, nada le impediría salir también airoso de las manos de Razarac. Sin dudarlo, puso rumbo a su encuentro.

 

***

 

NOTA: Esta historia continúa la trama de la que forman parte los siguientes relatos:
—El próximo paso (Semana 8)
—Noche de tormenta (Semana 15)
—El Santuario (Semana 20)
—Simulacro (Semana 26)
—En el claro (Semana 30)
—Vuelta a casa (Semana 35)
—Última esperanza (Semana 39)
—El punto de partida (Semana 45)
—Inmersión (Semana 49)

Continuará en las próximas semanas.

Publicado la semana 50. 11/12/2018
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