Semana
05
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Un nuevo día

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El estridente zumbido del despertador sacudió la mesilla simulando un terremoto. El hombre extendió un brazo, emergido de debajo de las mantas, y golpeó más que pulsó el botón superior. Había captado el mensaje: un nuevo día daba comienzo.

Estirándose cuan largo era su cuerpo, retiró las sábanas y se sentó sobre el borde del colchón. Tras unos reconfortantes segundos de inactividad, paso intermedio entre el sueño y la realidad, se dirigió hacia la ventana y descorrió con energía las cortinas. Sintió sobre su piel el tibio calor de las primeras luces del amanecer. Más allá de los altos edificios, el sol se despertaba como él, con la timidez de cada día, como si todavía no se hubiera hecho a la idea de cómo funcionaba aquello.

El hombre se dirigió hacia el cuarto de baño, donde dio alivio a sus necesidades y luego se plantó frente al espejo. Comenzó a contar arrugas, desperdigadas por su rostro. No halló ninguna más que el día anterior, pero tampoco ninguna menos: aquella era la triste condena del indoblegable paso del tiempo. Se enjugó el rostro e intentó atusarse el blanco cabello rebelde.

Abandonó el dormitorio y descendió las escaleras, deslizando con firmeza una mano por la barandilla lateral. Cruzó el recibidor por delante del oxidado reloj de cuco, recuerdo de que en tiempos pasados todo había funcionado mejor, con mayor precisión. Accedió a la cocina, donde se hizo con un hondo tazón, sobre el que vertió el contenido de la cafetera. Cortó una rebanada de pan sobrante del día anterior y asió la aceitera de cristal. Se sentó a la mesa, frente al frutero, de donde seleccionó un par de naranjas maduras, cuyo jugo escurrió en un vaso de cristal desgastado.

Desayunó con calma, sin echar en falta aquellos tiempos de frenético apuro, de repetido retraso en el cumplimiento de los horarios impuestos, de irrelevantes disputas por quién era más o menos lento y quién sería responsable de hacer llegar tarde a los demás. Todo aquel con quien pudiera discutir se encontraba ahora a kilómetros de distancia, donde en ese momento estarían confrontándose con motivo de nuevos trabajos, colegios y rutinas. Ya nadie se acordaba de discutir con él.

Daba igual. Había aprendido a dejar atrás el pasado, al menos de modo provisional, hasta que volviera a atacar. Recogió los restos del desayuno y se dirigió de vuelta al piso superior. Al llegar a su habitación, hizo con veterana maestría la cama y se desprendió del pijama de cuadros, que dobló pulcramente y colocó junto a la única almohada. Del armario seleccionó un pantalón de pinzas, una camisa azul y una americana, recordando que aquella mañana era especial: tenía una cita.

Se sentó de nuevo sobre la cama para calzarse los interminables calcetines y los zapatos negros, los de siempre, los que la noche anterior había embetunado con esmero. Tenían más años que él mismo aquellos zapatos, única herencia recibida de su padre, malogrado combatiente en la guerra. Cogió también una corbata, que anudó alrededor de su cuello sin necesidad de verse en espejo alguno, con la soltura que aportaban tres décadas tras el escritorio de un banco.

De vuelta en el baño, se cepilló a conciencia los dientes, la mayoría propios y en buen estado todavía. Se echó dos toques de perfume en el cuello y abandonó la habitación. Al llegar de nuevo al recibidor, cogió las llaves de la repisa y el marco de madera. Besó el dulce rostro que le sonreía con jovialidad desde el papel al otro lado del cristal, sintiendo en ese momento aquel pellizco en lo más profundo, recordándole como cada día aquel vacío eterno en su interior. Por último, se vistió el abrigo que colgaba del perchero y cruzó la puerta, hacia el exterior.

Hacía frío, así que se ciñó el chaquetón para conservar el calor. Cruzó el pequeño jardín delantero y contempló desde la acera su pequeño hogar, apenas una hormiga entre gigantes de acero y cristal. En la parada al final de la calle, esperó a que llegara el cincuenta y dos. Este lo llevó, atravesando la ciudad, en compañía de jóvenes estudiantes y trabajadores, pruebas de que el mundo seguía su curso: como debía ser.

Se detuvo en una de las últimas paradas, pisando una acera que ya lo reconocía. Caminó entre arbustos que lo saludaban al pasar, bajo el vuelo de pájaros que le dedicaban su piar. Se sentó en el banco, el de siempre. Acarició la madera que comenzaba a desprenderse de su barniz, agotada por la vida. Allí esperó, pues aquel era el lugar acordado para la cita, si es que había habido algún acuerdo.

No tardó en verla aparecer, arrastrando sus pisadas sobre la arena aún impregnada de rocío. Ya apenas se le notaba la cojera, lo que logró arrancar al hombre una sonrisa de satisfacción. Este introdujo una mano en el bolsillo del chaquetón y extrajo el pedazo de pan.

—¿Qué tal estamos hoy, pequeña?

La paloma ladeó la cabeza, justo antes de inclinarse para picotear los pedazos de pan que el hombre le arrojaba. Este, sintiéndose orgulloso de su reciente amiga, se recostó en el banco, reparando en la joven que, silenciosamente, se había detenido frente a él. Llevaba una voluminosa mochila a su espalda y aparentaba haber llegado a su destino tras una larga caminata. Lo observaba con extrañeza, con atención. La vio extraer un teléfono móvil y deslizar los dedos sobre la moderna pantalla. Ella comenzó a observar a esta y a él alternativamente, mudando de expresión cada vez, hasta que finalmente pareció llegar a una conclusión y se dirigió a él, para volver del revés toda su realidad con una única palabra.

—¿Abuelo?

Publicado la semana 5. 29/01/2018
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