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Inmersión (Krallik-Roh III)

—Este lugar realmente intimida —musitó Ezequiel, tras cruzar la puerta de entrada de la edificación principal, accediendo a un amplio recibidor. Las paredes de piedra parecían envolverlos en un frío abrazo, dándoles la bienvenida a sus entrañas.

 

—Es cierto, pero tenemos que seguir adelante —añadió Khuat-Vah, cuyo instinto de cazador le hacía percibir algo desconcertante—. Aquí hay algo oculto, una presencia extraña. Cuanto antes nos marchemos menos riesgo correremos.

 

Sin necesidad de más discusión, se pusieron en marcha. Avanzaron por pasillos de aspecto abandonado, apreciando solo de refilón el deslucido esplendor que impregnaba cada una de las habitaciones en su camino. Finalmente desembocaron en una nueva estancia, apenas diferente a cualquiera de las anteriores, a excepción de algo que se alzaba justo en su centro. En realidad, existía otro elemento particular: colgado de la pared, un enorme marco de madera constituía junto con los cristales que sembraban el suelo a su pie el testigo de un pretérito espejo.

 

Al aproximarse, pudieron apreciar los detalles del pedestal de madera tallada. Motivos bélicos adornaban en altorrelieve cada una de las siete caras del pilar. En la cima, una superficie inclinada sostenía un tomo encuadernado, sorprendentemente intacto en comparación con todo a su alrededor.

 

—¿Eso es...?

 

No necesitaron que Emmanuel completara su pregunta: todos albergaban la misma sospecha hacia aquel intrigante elemento. Pero solo Eloane tomó la iniciativa de aproximarse a él. En el momento en que la yema de sus dedos rozó la superficie de cuero, el vello de todo su cuerpo se erizó. ¿Podría ser...?

 

—¿Qué sientes? —quiso saber Khuat-Vah, intrigado—. ¿Es ese?

 

—Creo… creo que sí —logró articular la mujer.

 

Cogió el libro entre sus manos, descubriendo que era más ligero de lo esperado, a pesar de tratarse de un tomo de considerable grosor. Apartó la portada encuadernada y comenzó a pasar las primeras páginas. Estaban repletas de texto y lo que parecían fórmulas que no era capaz de comprender, así como motivos dibujados de aspecto tenebroso. ¿Sería realmente el Sumangetorum? No podía ser tan sencillo...

 

—¿Encuentras algo interesante?

 

La voz, procedente de las sombras, logró sobresaltar a los cuatro. Se dieron la vuelta y descubrieron cómo una figura encapuchada avanzaba hacia ellos sin llegar a tocar el suelo. Parecía al mismo tiempo etérea y tangible, y su sola presencia transmitía una congoja sin medida.

 

—¿Raz… Razarac? —titubeó Eloane.

 

—Veo que sabéis quién soy —respondió el ser—. Lástima que no hayáis podido ver que vuestro viaje ha sido en vano.

 

—Todavía podemos evitarlo —replicó Ezequiel, tensando todo su cuerpo al sentir por primera vez el auténtico riesgo que implicaba su misión—. No nos vamos a dar por vencidos después de llegar tan lejos.

 

—He de reconocer que me muero de ganas por ver cómo lo intentáis. —Los cuatro humanos se miraron entre sí, desconcertados por la insultante altanería de Razarac—. Así que os cedo el primer movimiento.

 

El momento había llegado. Sin darse siquiera cuenta, el instante más importante de sus vidas se encontraba ante ellos. El gran enfrentamiento final. Y no tenían ni la menor idea de qué hacer. Fue entonces cuando comprendieron que, en realidad, habían llegado hasta allí guiados por un propósito ajeno, sin información concreta sobre lo que se esperaba de ellos y el modo de llevarlo a cabo.

 

Solo había algo sobre lo que tenían una absoluta certeza: la clave estaba en aquel libro. El Sumangetorum que Eloane continuaba sujetando, como un simple apéndice desapercibido de su cuerpo. En esas líneas residía la clave para el fin de Razarac, para el cumplimiento de su misión, para su vuelta a casa. Solo faltaba saber qué hacer con él.

 

Guiada por la ignorancia ante la situación desconocida, Eloane apoyó su palma abierta sobre la página abierta. En ese momento, algo ocurrió.

 

Tras la oscuridad absoluta, abrió los ojos. Se encontraba en una habitación distinta, más iluminada. En la cima, una suerte de claraboya permitía que la luz solar se filtrara, bañando el interior. Sentía su espalda apoyada contra una pared grasienta y sus extremidades sujetas a esta. No había nadie más a su alrededor. Su vista aterrizó en un bulto próximo a una de las paredes laterales. Por increíble que le pareciera, creía saber de qué se trataba. Piernas, brazos, cabezas, más de una docena de cuerpos humanos apilados, magullados, desvencijados.

 

No fue capaz de mantener la vista, pero al retirarla reparó en su muñeca izquierda, y eso fue todavía más atroz. Comprobó que su otra muñeca y ambos tobillos se encontraban en la misma situación. Desesperada, comenzó a sacudir todo su cuerpo, intentando liberarse de su presidio contra el muro. Al principio no logró resultado alguno, pero tras unos pocos intentos se vio por fin liberada, después de que las ajenas tiras de piel incrustadas a la pared a modo de grilletes se desgarraran produciendo un crujido grimoso.

 

En cuanto se vio liberada, salió corriendo hacia la única puerta de la habitación, en la pared opuesta. Esperaba que comunicara con algún pasillo, que fuera realmente una salida de aquel infierno. Pero, para su sorpresa, se encontraba cerrada. Por mucho que la aporreara, no cedía siquiera un centímetro.

 

Cuando ya comenzaba a desesperarse, algo surgió del interior de la cerradura de hierro. Se apartó para observar el humo casi transparente que se deslizaba informe por la hoja de madera. Al alcanzar el suelo, adoptó una forma alargada y zigzagueante. La serpiente se deslizó directamente hacia la pila de cuerpos humanos, trepó entre las extremidades y torsos y se enroscó sobre la cima. Irguió su cabeza y miró a Eloane, directamente a los ojos. Como en una revelación, esta comprendió que se trataba de algún modo de uno de los Espíritus Mayores, que trataba de decirle algo con la mirada. Estaba segura.

 

El animal desapareció entonces, sumergiéndose hacia las profundidades de la pila humana, y Eloane lo vio claro al fin. Se aproximó a aquel punto y se arrodilló en el suelo. Tomó una bocanada de aire y, cerrando con fuerza los ojos, introdujo una mano entre los miembros inertes. Avanzó palpando, hasta que su hombro encontró obstáculo y no pudo seguir. Sin detenerse a pensarlo, introdujo el otro brazo y empujó hacia los lados, abriendo camino. Con el firme convencimiento de que ahí dentro encontraría algo, metió también la cabeza y los hombros, reptando ella también como una serpiente.

 

Solo cuando sus dedos acogieron entre ellos un objeto metálico y alargado, abrió los ojos. Pero no fue la única. Justo delante de ella, otro rostro tendido al revés abrió súbitamente los ojos. El grito que amenazaba con abandonar su garganta se vio ahogado por el inesperado movimiento de los cuerpos a su alrededor. Angustiada, comenzó a retirarse mientras sentía cómo al menos una decena de manos trataban de apresarla, retenerla en el interior de la pila. Logró liberarse e, instintivamente, echó un vistazo al objeto que aferraba con todas sus fuerzas en su puño. ¡Una llave! Ya sabía qué tenía que hacer.

 

Se giró para correr hacia la puerta, pero su primer paso se vio interrumpida por el agarre de su tobillo por una mano emergida del montículo. Miró hacia atrás para descubrir que todos los rostros, con los ojos abiertos, la miraban directamente, y que los cuerpos comenzaban a arrastrarse sobre sus piernas, tratando de apresarla. Se aferraba con las uñas al suelo, tratando de anclarse a cualquier mínima imperfección de la superficie, mientras sentía cómo los dientes se clavaban sobre sus piernas, sus caderas, su espalda, arrancando pedazos de piel y carne, generándole un dolor insoportable.

 

Cuando la punta de sus dedos tocó la madera, una inesperada sensación recorrió todo su cuerpo. ¿Podía ser su salvación? ¿De verdad había llegado hasta la puerta? ¡La salida! Haciendo acopio de las pocas fuerzas que le restaban, terminó de arrastrarse hasta liberar su tronco, que apoyó sobre la hoja vertical. Con manos temblorosas, palpó la cerradura metálica y trató de introducir la punta de la llave en el orificio. ¡No era capaz! Algo tan sencillo como meter una llave, abrir una cerradura… no podía creerlo. Estaba a punto de darse definitivamente por vencida, de ceder tras gravar de fallidas muescas la hendidura, cuando se produjo el milagro.

 

A punto de perder el conocimiento, el chasquido despertó algo en su interior. Ya no sentía la presión de los demás cuerpos sobre sus piernas, ni el dolor de los mordiscos, ni el terror ante la muerte. De pronto, pudo respirar, ponerse en pie, tirar del picaporte, abrir la puerta, volver a estar viva… aunque no supiera hasta cuando.

 

***

 

NOTA: Esta historia continúa la trama de la que forman parte los siguientes relatos:
—El próximo paso (Semana 8)
—Noche de tormenta (Semana 15)
—El Santuario (Semana 20)
—Simulacro (Semana 26)
—En el claro (Semana 30)
—Vuelta a casa (Semana 35)
—Última esperanza (Semana 39)
—El punto de partida (Semana 45)

Continuará en las próximas semanas.

Publicado la semana 49. 04/12/2018
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