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No temas

¿Qué hacía ahí? Ella no era así. Nunca había querido realmente integrarse en aquel siniestro grupo, pero las circunstancias la habían obligado. Y ahora avanzaban a través de una pradera, bajo la luz de la luna, vestidas con gruesas capas oscuras y con la cabeza cubierta por una capucha. Al frente marchaba Mordha, la Primera Hermana, su lideresa.

 

—Hermanas, recordad las escrituras —recitaba esta al ritmo de sus pasos—: “Única y absoluta es la Madre, motivo de nuestra existencia y propósito de cada uno de nuestros actos. En ella reside la energía de todas, es germen de vida y cuna de muerte. A ella debemos nuestro ser y ofrecemos nuestra alma extinta”.

 

Desearía salir corriendo, huir todo lo rápido que sus piernas le permitieran y jamás mirar atrás. Pero cuando era pequeña, carente todavía de auténtico raciocinio, había accedido de la mano de su madre a que sembraran en su piel aquellas runas. Si intentaba huir, ya sabía lo que le esperaba: y no le gustaba, en absoluto. De modo que su única opción era permanecer allí, oculta en las profundidades del grupo, a plena vista: el mejor lugar para esconderse.

 

Llegaron a la colina, alzada al otro lado de la llanura, a casi un kilómetro del Refugio, la gigantesca edificación colonial en la que vivían aisladas del exterior. Mordha indicó con un gesto que se detuvieran y avanzó unos pasos más, dándose la vuelta para dedicarles unas palabras.

 

—Hermanas, el día ha llegado. —Recorrió con la vista a todas sus acólitas. Por un instante, Lanya tuvo la sensación de que se detenía en ella, de que por espacio de un segundo le dedicaba una mirada diferente a las demás. Aunque tal vez fuera solo un efecto de la luz carmesí que comenzaba a emitir la luna llena sobre sus cabezas—. La Luna de Sangre ha comenzado a mostrarse ante nosotras, mortales, y sabéis lo que eso significa. —Hizo un nuevo gesto, y una pareja de encapuchadas procedentes de las primeras filas de la congregación avanzó hacia Mordha arrastrando entre las dos la figura de un hombre, aparentemente inconsciente. Lo depositaron sobre una losa de piedra elevada, una suerte de altar a la espalda de la Primera Hermana, y recuperaron su lugar—. Este hombre es la personificación del pecado, un traidor a nuestra comunidad, huido durante años y ahora rendido a nuestra disposición. Es deseo de la Madre que nuestra sed de venganza sea saciada, e igual traición supondría por nuestra parte no atender a su deseo. Así que, hermanas, os pido que unas pocas de vosotras os unáis a mí y que las demás centréis vuestras energías en que nuestra misión llegue a buen término.

 

Todas las encapuchadas dirigieron en ese momento la vista hacia el suelo, murmurando versos ancestrales con el objetivo de crear una energía única, que permitiera a la Primera Hermana completar su encomienda. Lanya las imitó pero no recitó verso alguno. Por el contrario, pensó que aquel podía ser el momento indicado. Como aquel era el primer ritual al que acudía, no tenía demasiado claro cuál habría de ser el desarrollo de los acontecimientos, pero tal vez en ese momento podría aprovechar la falta de atención de las demás para escabullirse sin ser detectada. Sí, eso haría. Mientras Mordha se concentraba en comenzar a torturar a aquel pobre desgraciado con el místico ritual, ella se deslizaría entre las encapuchadas a su alrededor, corriendo en cuanto se viera liberada hacia las montañas: seguro que allí podría buscar un lugar donde esconderse y pensar qué hacer en el desconocido mundo más allá del Refugio. Estaba decidida. Arrastró el pie izquierdo hacia atrás, dispuesta a girar sobre sí misma y dar el primer paso hacia su libertad, cuando algo la sorprendió.

 

¿Qué estaba ocurriendo? Una neblina ambarina se había materializado a su alrededor, inmovilizándola. Trató de mover sus extremidades, pero era como si estuvieran bloqueadas. Una fuerza invisible comenzó a empujarla desde la espalda, directamente hacia el altar donde Mordha permanecía recitando con los brazos extendidos hacia el cielo, como si intentara abrazar la luna escarlata. Intentó con todas sus fuerzas moverse, eludir aquella entidad que la arrastraba, casi levitando sobre la hierba del suelo, pero todos sus intentos fueron en vano. Al final, alcanzó las inmediaciones del altar, donde descubrió que otras cuatro encapuchadas habían corrido la misma suerte que ella.

 

—Madre, te ofrecemos el cuerpo de este pecador para que te sirva de alimento. —La Primera Hermana bajó los brazos y realizó un giro de muñeca en el aire. En ese instante, las capuchas de las cinco jóvenes cayeron, dejando a la vista sus cabezas. Lanya se sintió de pronto desnuda y desprotegida, y en cierto modo así era: conocía a las otras cuatro, y ellas la conocían a ella. Ahora, si huía, ellas sabrían quién era ella y les resultaría más sencillo encontrarla—. Estas jóvenes hermanas se ofrecen a servirte de canal, para que puedas venir a nuestro mundo a través de ellas y dar cumplimiento a tu voluntad.

 

Lanya pudo comprobar cómo, esta vez sí, la vista de Mordha se clavaba directamente en ella. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. ¿Qué significaba aquello? ¿Se había dado cuenta de sus intenciones y por eso la había arrastrado hasta el altar? ¿Significaba eso que iba a ser castigada de algún modo?

 

—Hermanas, vuestros brazos. —Requirió la Primera Hermana, señalando hacia el hombre tumbado sobre la superficie de piedra. Las otras cuatro jóvenes se remangaron y extendieron un brazo sobre el pecho del pecador, entrelazando sus muñecas en una figura en la que restaba un hueco por cubrir. Tanto ellas como la Primera Hermana se volvieron hacia Lanya, expectantes. Comprendió que debía imitarlas y, en contra de su voluntad, cedió. No podía hacer otra cosa mientras estuvieran tan pendientes de ella: debía esperar a un momento más adecuado—. Ahora, dejad que la Madre se sirva de vuestras almas, sed una con ella y ejecutad su condena sobre este despojo humano.

 

Las runas rubricadas en el antebrazo de las jóvenes comenzaron a brillar, emitiendo un fulgor cada vez más intenso. Lanya, sin embargo, no se estaba fijando en eso. Lo que había captado su atención era el cuerpo del hombre bajo sus brazos. Su torso desnudo estaba cubierto por una capa de mugre y sangre, muestra de lo convulso de su captura, y su rostro acogía los rasgos de un hombre maduro. Pero no había sido por un motivo de atracción física, como temía por tratarse de alguien del sexo opuesto. Había algo distinto, una atracción más… espiritual, si eso era posible. Comenzó a sentir cómo algo la abandonaba, cómo perdía la consciencia de su propio cuerpo y, de pronto, todo se volvió negro.

 

Cuando abrió los ojos, volvió a ver a aquel hombre. Sin embargo, en esta ocasión era él quien se inclinaba sobre ella y la miraba con los ojos abiertos.

 

—No temas, yo te protegeré.

 

Su voz, grave y serena, le transmitía una calma indescriptible, como si con ella pudiera vencer todas las adversidades que se pudiera llegar a encontrar. Tenía la sensación de que lo conocía, de que siempre lo había conocido, y de que sus palabras escondían una verdad que no acababa de comprender. Antes de que pudiera lograrlo, un súbito estruendo rompió aquel instante de placentera serenidad. A la espalda del hombre, una puerta de madera saltó por los aires, convirtiéndose en infinidad de diminutas astillas. Tras esta, una figura encapuchada se materializó con un brazo runado extendido hacia ellos. El par de labios que se intuían en la oscuridad bajo su capucha comenzó a articular las primeras palabras de un verso oscuro, temible, mortal. Una esfera de luz cetrina comenzó a formarse entre sus dedos, amenazante, y en el instante en que el ser pronunciaba las últimas sílabas, el hombre se inclinó sobre Lanya, protegiéndola con sus propio cuerpo. Fue entonces cuando lo comprendió todo.

 

—¡No!

 

Guiada por un impulso, Lanya soltó la muñeca de una de sus compañeras y dejó caer su palma abierta sobre el pecho desnudo del hombre, tumbado sobre la losa de piedra. Al instante, una fuerza invisible se extendió desde su mano, dispersándose como una ola en todas direcciones.

 

—Tú… —escuchó la débil voz de Mordha a su espalda, hablando desde el suelo a escasos metros de distancia, a donde había sido enviada por el impulso—. Eres tú, la Elegida, la auténtica hija de la Madre.

 

—Sí, ahora lo entiendo —respondió Lanya, apuntando ahora con la palma de la mano abierta hacia Mordha—. Y ha llegado el momento de que la auténtica voluntad de la Madre sea cumplida.

 

Una explosión de luz procedente de su mano cegó a Lanya, obligándola a desviar la vista hacia el suelo. Al volver a levantarla, descubrió cómo la llanura ante ella se hallaba repleta de capas oscuras tendidas sobre el suelo, huérfanas de los cuerpos que hasta hacía unos segundos habían acogido en su interior. Comprendió que todo había terminado, por fin. Siempre había sentido que era diferente a las demás, que aquellas creencias que las movían con fervor no encajaban con ella, pero jamás hubiera imaginado que era porque ella estaba destinada a ponerles fin.

 

Se acordó en ese momento del hombre a su espalda. Se aproximó a él y comprobó que no respiraba. Con delicadeza, deslizó un brazo por debajo de su nuca y levantó la parte superior de su torso hasta apoyar su cabeza sobre su propio pecho. Sintió un latido en su interior, fuerte y poderoso, mucho más que antes: algo en ella había cambiado, y era el momento de descubrirlo.

 

—No temas, Padre, Madre te está esperando.

 

Dejó el cuerpo tendido de nuevo sobre la piedra, cerrándole con delicadeza los párpados, y comenzó a alejarse del altar, esta vez con paso decidido. Un mundo nuevo la estaba esperando, repleto de desconocidas realidades, pero antes tenía una última misión que cumplir. Si quería entregarse a esta nueva vida, todo rastro de su anterior existencia debía desaparecer: y eso significaba que el Refugio ardería esa noche hasta los cimientos.

Publicado la semana 48. 29/11/2018
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