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En la ventana

Apoyada en el alféizar de la ventana, contempla la puesta de sol. El tono rosado del cielo tras las nubes le anuncia que el invierno está próximo, y eso le da miedo. Pero quiere rechazar el miedo, quiere aferrarse a este atardecer de apenas unos minutos. Hoy no piensa en el próximo amanecer, porque ha decidido centrarse en el perentorio presente.

—Cariño, ¿estás bien?

Siente una mano sobre su cadera, pero no necesita girarse para saber a quién se encontrará, y el miedo la vuelve a asaltar. Deja de pensar en ella misma y se centra en los demás. Siente un ápice de culpabilidad por ello, y aunque sabe que no lo es no puede evitar suspirar con fastidio.

—Sí —responde, volviendo a concentrarse en las caprichosas formas de las nubes—. Solo estaba pensando.

—Pensando… —Su voz logra calmar los miedos en su interior, rearmar su compostura interna y externa, tal como un niño haría con un puzle—. Tú sabes que eso no es bueno para el cuerpo, ¿verdad?

Se ríe. En su compañía, le resulta imposible no hacerlo. Ha habido muchas personas en su vida que la han marcado, seres en su mayoría extraordinarios pero sobre los que se impone por méritos propios uno: y en este momento se encuentra justo a su lado. En realidad, por mucho que se hayan separado por diversos motivos, nunca han dejado de estar codo a codo. Y en este momento, no podía ser menos.

—Creo que mi cuerpo aún puede resistir una bala más.

Se miran y sonríen. Se abrazan. Este es uno de los instantes que compartirán en su memoria, y lo saben antes incluso de que termine. No quieren que acabe. Es duro, intenso, penetrante, pero así es la vida a veces, ¿no?

—¿Sabes de qué me acabo de acordar? —Espera a  que le revele qué sorprendente recuerdo ocupa su mente—. Tendrías unos quince años. Estábamos en la casa de los abuelos, en la playa, y tu hermano llegó una tarde diciendo que estaba enamorado de una niña que había conocido esa misma mañana. Todos nos reímos con cariño de lo exagerado que era, pero tú te lo llevaste a dar un paseo por la arena. Le dijiste que si eso era lo que él sentía tú estarías siempre ahí para apoyarlo, pero que tenía que darse un tiempo, que con solo doce años no sabía lo que la vida podría depararle. ¡Y mira tú! Veinte años después, aquí estamos: él sigue enamorado de Julia y disfrutando de tres preciosos niños… Siempre tuviste un ojo clínico para saber lo que ocurriría en el futuro.

—Salvo cuando más me ha hecho falta.

Una lágrima se descolgó hasta la comisura de sus labios, arqueados en una sonrisa.

—No seas injusta contigo. Hay cosas contra las que nada se puede hacer, pero si se aprovechan como tú has hecho pueden convertirse en el más preciado de los regalos.

Regalo. ¡Su regalo de cumpleaños! A su mente llegó el paquete envuelto en papel brillante, en su rincón secreto, oculto tras los jerséis apilados en una repisa del armario. O no tan secreto, desde que ella lo descubriera años atrás. Esperaba que resistiera la tentación de buscarlo hasta el día indicado, dentro de unos meses, porque no sabía si esta vez ella estaría ahí para dárselo en persona.

—Sí, en cierto modo ha sido un regalo.

—¿Lo ves?

Madre e hija se abrazan, sonriendo. Sin darse cuenta, ya ha anochecido y otro día ha terminado, pero en este momento no piensan en que otra casilla se tacha en el calendario rumbo a esas Navidades término definitivo. 

Y aunque esa madrugada el temido momento asaltaría su sueño, quedando marcado para toda la familia como un adelantado y sorpresivo punto de inflexión, en ese momento no había miedo, ni tristeza, ni melancolía. Porque sabían que, pasara lo que pasara, el sol volvería a salir a la mañana siguiente.

Publicado la semana 46. 17/11/2018
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