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El punto de partida (Krallik-Roh II)

Aquel era el punto de partida y, a juzgar por lo que podían ver, la amenaza era mucho más inminente de lo que les habían hecho saber. Aquello no se parecía en absoluto al único mundo que habían conocido hasta entonces, pero tampoco a aquel llamado Krallik-Roh del que acababan de partir. A su alrededor se extendía una negra destrucción que sepultaba cualquier atisbo de vida restante en aquel lugar. Por las formas del terreno y los restos de vegetación se intuía que en algún momento se había tratado de un emplazamiento de notable belleza, pero no ahora. Ahora semejaba totalmente yermo y triste.

 

—¿Dónde estamos? —preguntó Khuat-Vah, desconcertado—. ¿Cómo hemos llegado aquí?

 

—No lo sé —respondió Eloane—, pero tampoco sé cómo regresar, así que será mejor que busquemos el modo de cumplir cuanto antes con la tarea que nos han encargado y así poder volver a nuestras casas.

 

—¿Y por dónde empezamos? —Ezequiel observó a su alrededor, en busca de algún indicio de hacia dónde dar el primer paso. En el horizonte no se distinguía más que una interminable llanura ceniza, que en un determinado punto concluía con una cadena montañosa. Sobre esta, una descomunal nube negra permanecía suspendida, amenazante. Señaló hacia allí—. Tal vez, si tenemos que buscar a alguien al que llaman el Destructor, aquel pueda ser un buen sitio por el que empezar.

 

—Pero han dicho que teníamos que buscar ese libro… —apuntó Emmanuel—. El Sumangetorum.

 

—Creo que ambos tenéis razón —concedió Eloane—. Si ese libro es tan importante para Razarac como parece, seguramente lo tenga vigilado de cerca, y aquel parece el lugar apropiado para buscarlo. Parece bastante lejano así que, si queremos acabar lo antes posible con todo este asunto, será mejor que nos pongamos en marcha.

 

Los demás asintieron con la cabeza y pronto estuvieron caminando hacia las lejanas montañas.  Por el camino, pudieron observar con mayor detenimiento el extraño mundo que los rodeaba. El irregular terreno teñido de negro se extendía formando suaves lomas diseminadas por la llanura. El cielo, de un tono gris plomizo, era iluminado tenuemente por un par de lunas y una diminuta estrella, del color del sol pero cuya luz apenas parecía transmitir calor. A pesar del esfuerzo por la caminata, les parecía que hacía frío.

 

—¿Y qué haremos cuando lleguemos allí? —quiso saber el indio, a la retaguardia del grupo—. Ni siquiera tenemos armas para enfrentarnos a ese tal Razarac.

 

—Tampoco sabemos a ciencia cierta si a quien nos encontremos adoptará una postura belicosa —les hizo ver Ezequiel, todavía recordando la extraña sensación de descubrir su propio cuerpo en la cueva—. Yo optaría por, una vez que lleguemos a las inmediaciones, mantenernos a cubierto y observar lo que nos encontremos. Me parece el modo más prudente de actuar en una situación como esta.

 

—Estoy de acuerdo —afirmó Eloane—. ¿Alguien tiene algo en contra de ese plan?

 

Nadie rebatió la única idea que parecía algo razonable por el momento, así que continuaron avanzando. Cuando debería ser ya de noche, aunque la estrella siguiera iluminando con la misma escasa intensidad, el grupo llegó al límite de la llanura y comenzó una travesía entre montañas. Avanzaron bordeando una de las cumbres hasta que, al dejar atrás una formación rocosa que les impedía ver lo que se encontraba a continuación en su camino, se toparon con un lugar que llamó su atención.

 

Ante ellos, justo bajo el centro de la nube negra, en lo que parecía un valle sin salida, se erguía incrustada en la falda de una montaña una fortaleza de piedra, con dos murallas concéntricas y varias torres terminadas en flecha hacia el cielo que flanqueaban la construcción principal, que debía de acoger las estancias habitables.

 

—Me recuerda al Abismo de Helm, de El señor de los anillos —afirmó Ezequiel al contemplar el emplazamiento.

 

—No lo sé, no he visto las películas —reconoció Eloane—, pero parece el lugar indicado.

 

—¿El señor de qué? —quiso saber Emmanuel—. ¿De qué estáis hablando?

 

—Son unas películas basadas en una trilogía de… —Viendo la expresión de extrañeza de Emmanuel y, sobre todo, Khuat-Vah, el náufrago desistió—. Da igual. Pero sí, una edificación como esta en un lugar así… tiene que significar algo. Deberíamos observar desde aquí antes de aproximarnos, a ver si descubrimos algo.

 

Todos estuvieron de acuerdo, así que se ocultaron tras un grupo de rocas que emergían del suelo a escasos pasos del sendero y, con la esperanza de descubrir si aquel era efectivamente el lugar donde podrían encontrar a Razarac y al Sumangetorum, se dispusieron a esperar.

 

 

 

Una sombra se deslizaba entre las paredes de fría piedra de los pasillos. Sus extremidades inferiores, si es que las tenía, no llegaban a rozar siquiera el suelo, pues de lo contrario dejaría un rastro de muerte y destrucción a su espalda. Su oscura túnica desgasta pendía como si cuerpo alguno habitara en su interior, y la capucha ocultaba el rostro de aquel ser, manteniéndolo fuera de la vista de cualquiera. El pasillo desembocó súbitamente en un amplio salón y en él se deslizó hasta una de las paredes, de la que colgaba un enorme espejo.

 

—Lamento haberlo despertado, amo —se atrevió a musitar una segunda presencia, de escasa altura y grotesco aspecto, recién aparecida en la estancia.

 

—No me has despertado —respondió la sepulcral voz proveniente del interior de la capucha. La misteriosa figura giró sobre sí misma y encaró a su esbirro, que se encogió ante su presencia—. Llevo demasiado tiempo dormido como para permitirme no continuar despierto. Ahora dime, ¿qué te trae ante mí?

 

—Desde luego, amo. —La criatura realizó una reverencia y señaló hacia una esquina del salón, donde un pedestal de madera permanecía erguido a escasos centímetros de la pared—. Ahí lo tiene, amo, a su disposición.

 

En el preciso instante en que desapareció de delante del espejo, la figura se materializó inclinada sobre el pedestal, logrando sobresaltar al secuaz. De las mangas de su túnica afloraron dos manos huesudas, que sujetaron la capucha y la echaron hacia atrás, hasta que solo la silueta de una boca repleta de colmillos se hizo visible.

 

—¡Al fin, el Sumangetorum! —Las manos bajaron entonces hasta el libro que reposaba sobre el pedestal y lo abrieron. Pasaron unas pocas hojas hasta que se detuvieron en la indicada. La boca comenzó a articular mudas palabras y, a consecuencia de un temblor que hizo sacudirse toda la estancia, el cristal del espejo se fragmentó en decenas de pedazos y estos cayeron estrepitosamente al suelo—. Tráeme uno de los fragmentos.

 

—Sí, amo. —La criatura se apresuró a recoger con cuidado uno de los pedazos de cristal y a llevárselo a su amo, sosteniéndolo en alto hacia él pero con la mirada fija en el suelo, por miedo a descubrir su auténtica apariencia.

 

La figura encapuchada se inclinó sobre su esbirro para contemplar el cristal. En su superficie, pudo distinguir un grupo de rocas negras y, tras estas, a cuatro figuras. Parecían hablar entre ellas, señalando de vez en cuando hacia algún punto al frente. Cuatro humanos: una mujer, dos hombres y un niño. Tan diferentes como iguales. Le resultaba jocosa la idea de que los  Espíritus Mayores pensaran que aquel grupo podría acabar con él. ¡Ilusos! Al menos, después de tantos siglos, parecía que por fin podría divertirse.

 

Comprendió que todas las piezas estaban ya dispuestas sobre el tablero, así que solo restaba una cosa por hacer: esperar.

 

 

 

 

 

 

NOTA: Esta historia continúa la trama de la que forman parte los siguientes relatos:
—El próximo paso (Semana 8)
—Noche de tormenta (Semana 15)
—El Santuario (Semana 20)
—Simulacro (Semana 26)
—En el claro (Semana 30)
—Vuelta a casa (Semana 35)
—Última esperanza (Krallik-Roh I) (Semana 39)

Continuará en algunas de las próximas semanas.

Publicado la semana 45. 09/11/2018
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