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44
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La puertas batientes se abrieron impulsadas por una tórrida corriente precedente del desierto próximo al lugar. Las cabezas se volvieron, esperando encontrarse a un forastero que trajera algo de vida al pueblo, un ápice de emoción. ¡Cómo echaban de menos un buen duelo al atardecer!

Pero era solo eso, viento y algo de arena. El dueño del local volvió a centrar su atención en el vaso entre sus manos, que continuaba secando rutinariamente con un trapo viejo. Aquella tarde las mesas estaban ocupadas por los clientes habituales, con la apática partida de póker en la esquina junto a las escaleras de madera. En la barra, un par de agotados comerciantes reponían fuerzas con un vaso de whisky antes de afrontar la travesía de vuelta a casa a través del infernal desierto. Las chicas, con sus encorsetados vestidos de escote exuberante, se apoyaban contra le ventana, intercambiando miradas de hastío por la falta de actividad y, por tanto, de ingresos: aquel grupo de viejos sebosos las tenían muy vistas y ya se habían aburrido de ellas.

Al fondo de la barra, un joven arrancaba una melancólica melodía al piano de pared. Su mirada deambulaba por los personajes a su alrededor, en busca de inspiración para una nueva composición. El cigarrillo yacía moribundo en el cenicero de cristal junto al do más agudo.

—¿No estáis aburridos de todo esto? —preguntó, dejando caer las palmas abiertas sobre las teclas, provocando un estridente sonido—. ¿Qué le ha pasado a este pueblo? ¿Dónde están todas las emociones de hace años, esas que me fascinaron cuando llegué? Me están dando ganas de volver a la granja de mis padres, que lo sepáis.

—Quién sabe, Jim —respondió el mesonero, todavía secando la misma copa—. No parece que haya ocurrido nada especial, pero tienes razón: las chicas no tienen carne nueva, la partida ya no tiene interés desde que todos son tan buenos que terminan siempre en empate, los viajeros vienen solo a cuentagotas y se quedan el tiempo justo de tomar una sola copa. Como sigamos así, tendré que cerrar el salón y dedicarme a otra cosa.

—¿Sabéis que? —se unió una de las meretrices, inclinándose sobre el piano hasta mostrarle a Jim el rincón más oculto de su busto—. Podríamos hacer algo diferente, aunque solo sea para divertirnos.

—¿Y qué propones? —le preguntó el joven, sin poder dejar de espiar aquellas vistas prohibidas.

—Podríamos organizar una batida de caza —propuso uno de los jugadores, depositando su mano de cartas bocabajo sobre la mesa—. A todos nos gustan las armas, pero creo que ya estamos hartos de perseguir siempre a los salvajes.

—¿Y qué se supone que vais a cazar? ¿Coyotes? —replicó uno de los comerciantes—. Me parece que no os dais cuenta de que estáis perdidos en un pueblo en medio de la nada, que hace ya años que ha perdido todo su interés. —Cogió su sombrero de la barra, dio un último sorbo a su copa de licor y tomó rumbo hacia la puerta de salida—. Así que yo me voy. Os dejo a solas para que penséis y, si se os ocurre algo… en fin, no contéis conmigo.

Atravesó la puerta y, justo antes de que su figura se perdiera de vista, perforó con un escupitajo las telarañas que adornaban el bebedero de caballos al pie de los escalones de madera. El otro mercader se puso en pie y dejó unas monedas sobre la mesa, siguiendo a continuación los pasos del primero, aunque sin tanta decisión.

—Yo… yo también me voy…

—Pues que se vayan —bramó el jugador, guiñándole un ojo al tabernero—. Así tocamos a más whisky por cabeza.

—No te hagas ilusiones, William. A ti no te pongo una copa más hasta que pagues la ronda anterior.

—Tú tranquilo, Thomas, que aquí El Dientes me ha dado buenas cartas.

—Pero seguimos sin resolver nuestro problema —recordó el pianista, improvisando un nostálgico acorde menor.

—Puede que se me haya ocurrido una idea —intervino de nuevo la chica, que le hizo una señal a una de sus compañeras para que la ayudara.

Desparecieron por las escaleras y, al cabo de unos instantes, bajaron arrastrando unos pesados arcones que depositaron en el centro del local. Todos los presentes se inclinaron en el momento en que las chicas levantaron la tapa, descubriendo su contenido.

—¿Pero vosotras estáis seguras de esto? —dudó Thomas, buscando a su alrededor rostros de confirmación.

—¿Queréis seguir con lo mismo de siempre? —repuso la artífice de la idea, recibiendo como respuesta una negativa muda—. Pues esta es la única solución que se me ocurre. Y, en realidad, puede ser interesante, ¿no?

Ante la falta de oposición, decidieron ponerse manos a la obra. Rompieron algunas sillas desvencijadas y apilaron la madera resultante en una zona despejada del salón. Se repartieron los enseres en el interior del baúl mientras Thomas se proveía de botellas de licor para todos. Una vez preparados, se miraron los unos a los otros y lo comprendieron: realmente, aquella noche no iba a ser igual a las demás.

 

 


El sheriff entró a lomos de su caballo por la calle principal del pueblo algo después del atardecer. Le dolían todas las articulaciones del cuerpo, sacudido a cada paso del animal. Había sido una jornada ardua, visitando una granja alejada en la que habían tenido problemas con un grupo de bandoleros. Pero ya estaba de vuelta, de nuevo en la segura tranquilidad de sus calles, rodeado por sus vecinos, a los que conocía como la palma de su mano. Sin embargo, cuando levantó la vista a escasos metros de su oficina, algo captó su atención.

Una nube de humo gris afloraba por la puerta del salón donde, a esas horas, varios vecinos deberían estar disfrutando de unos últimos y distendidos momentos antes de volver a sus casas a acostarse. Se apresuró a descabalgar y atar su montura al primer poste que encontró. Echó mano al revólver colgando de su cadera y se aproximó apuntando hacia el frente. Subió los escalones y empujó con el hombro la puerta batiente de madera.

Hasta que el humo no se hubo despejado, no comprendió lo que estaba sucediendo y, sin embargo, el hecho de haberlo logrado no supuso alivio alguno. Todo el cuerpo se le aflojó de pronto y hasta se le escapó un suspiro de alivio mezclado con estupor. Aquello que veían sus ojos no podía estar sucediendo. ¡Era imposible!

Aquel grupo de indios apaches danzando alrededor de una hoguera en el centro del salón no podían ser sus vecinos.

Publicado la semana 44. 03/11/2018
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