Semana
43
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Demonios de fuego

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La aldea estaba tranquila, como cualquier otro día. Las madres vigilaban a sus hijos más pequeños, jugando a que eran ávidos cazadores en la explanada entre las cabañas, mientras ellas preparaban los alimentos que degustarían ese día. Los hombres, por su parte, se dedicaban a otras tareas, desde la fabricación de herramientas en el gran horno hasta la caza de pequeños animales por los alrededores del poblado. Los más ancianos descansaban, resguardados en el interior de las cabañas de adobe y tejado de paja del inclemente calor, apenas atenuado por la ligera brisa marina que soplaba desde el este.

Pero la calma reinante en la pequeña isla volcánica se vio interrumpida. Un sonoro estruendo y un temblor de tierra precedieron a la alarmada advertencia de un grupo de vigías que retornaban a la carrera de sus puestos en la selva circundante. Rápidamente, el pánico cundió entre el resto de la población. Estaban acostumbrados a que el volcán que dominaba la zona interior de la isla los amenazara con periódicas sacudidas, pero parecía que aquella vez era más grave.

—¡Está aquí! —gritaban los vigías, indicando al resto de la aldea que abandonaran todo y corrieran a refugiarse—. ¡Es el fuego, está aquí!

Varios de los aldeanos dirigieron una rápida mirada hacia la cumbre, donde no parecía haber rastro de tal amenaza. Sin embargo, de entre las copas de los árboles al pie de su ladera ascendía una densa columna de humo. Tal vez los temblores hubieran provocado una fisura en las paredes por la que se hubiera filtrado la lava, que avanzaría en esos momentos a través de la selva, irremediablemente hacia ellos. En todo caso, no cabía duda de que debían irse. Gracias a la práctica debida a anteriores situaciones de amenaza de erupción, todos estuvieron preparados para abandonar el poblado y dirigirse a la zona norte de la isla, donde el escarpado terreno les proporcionaría lugares a refugio de la lava. El grupo puso rumbo a través de los árboles, avanzando como un solo ente, con la esperanza de salvar sus vidas.

Pero no todos se marcharon. Un niño de no más de ocho años vestido con un enmugrecido taparrabos salió de una de las cabañas hacia la explanada de tierra central en la que, hasta hacía solo unos minutos, había estado jugando con los otros niños. ¿Dónde estaban los demás? ¿Se habían marchado sin ellos? Al escuchar la advertencia de que el fuego se acercaba, había corrido a despertar a su madre, enferma de gripe desde hacía unos días. Sin embargo, por más que la sacudiera y gritara su nombre, esta no parecía despertar. Últimamente su pecho se inflaba muy sutilmente, y ahora el niño era incapaz de asegurar si continuaba haciéndolo. Tenía que buscar algo de ayuda o el modo de marcharse ellos también con los demás.

Contemplando la selva que se extendía mas allá del límite del poblado, que él nunca había franqueado, descubrió la columna de humo, avanzando lenta pero sin pausa hacia la aldea. Había oído la historia cientos de veces, contada por los ancianos y, antes de caer enferma, también por su propia madre. Vivían en el interior del Kroatkale, el gran volcán. Eran los hijos rebeldes de la Madre Tierra, a los que esta había recluido en el interior de la montaña como penitencia por las maldades cometidas en el pasado y a los que, por el mismo motivo, se los conocía como los demonios de fuego. Cuando estos golpeaban con furia las paredes interiores del volcán, reclamando que la Madre los liberara, toda la isla temblaba. Siempre le habían contado que, si un día lograban escapar de su cautiverio, avanzarían por la isla destruyendo todo a su paso, engulléndolo con sus lenguas de fuego y escupiendo luego roca negra como la de la costa.

Ahora, ahí de pie, las piernas le temblaban. Se los imaginaba asomando entre los troncos de los últimos árboles, rodeándolos con sus garras afiladas y mostrándole sus fauces abiertas, de las que emergerían sus lenguas calcinantes. Antes de lo esperado, el primer árbol cayó y su copa se estrelló contra el suelo a escasos metros de donde él se encontraba. Cerró con fuerza los ojos y rezó a la Madre Tierra, implorándole que tuviera compasión de su madre y de él mismo, que les permitiera salir vivos de aquella amenaza. Sin embargo, la Madre nada pudo hacer y la primera figura asomó desde el interior de la floresta.

Abrió los ojos. Eran mucho más terribles de lo que había imaginado. Las descripciones de las historias no lograban reflejar el terror que aquellos seres lograban sembrar en su interior. Se vio de pronto perdido, a merced de aquellos demonios inmisericordes. Su única opción era ganarse su favor y así, tal vez, conservar su vida y la de su madre, si es que todavía quedaba algo de ella. Rogando a la Madre Tierra que no se lo tuviera en cuenta, se arrodilló sobre la tierra y se inclinó con los brazos extendidos hacia el frente, en una suerte de improvisada reverencia.

Los demonios observaron la imagen ante ellos con una mezcla de sorpresa y desconcierto. Aquella no era, desde luego, la situación que esperaban encontrarse. Tras tantos esfuerzos por lograr su objetivo, un poblado ocupado por tan solo un niño sumiso no parecía recompensa. No, al menos, para aquel grupo de soldados, del cuarto destacamento de exploradores de la flota de su Majestad, armados con bayonetas y antorchas encendidas, que rastreaban la isla esperando encontrarse con las terribles tribus de salvajes paganos y caníbales de las que hablaban las historias.

Publicado la semana 43. 25/10/2018
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