Semana
42
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Confesión

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Cruzó la puerta acristalada de la comisaría y salió a la acera, bajo la inclemente lluvia de octubre. Ya era casi noche cerrada, por lo que pudo apreciar claramente los destellos azules del coche patrulla aproximándose desde el final de la avenida. En su interior, tal como les habían informado por la radio, era transportado el hombre al que habían encontrado junto a la víctima, balbuceando, con las manos ensangrentadas. Pensó que tenía que haber sido una imagen difícil de contemplar con entereza: la chica, de apenas veinte años, sentada en el sillón de cuero, con un tajo en el abdomen del que partían sus vísceras, anudadas alrededor de su cuello. Y a su pie aquel desalmado, tumbado sobre la sangre acumulada en el suelo, como si nada hubiera ocurrido.

Ya se lo podía imaginar: un capullo acomplejado, al que las mujeres siempre habían rehusado a pesar de sus músculos y sus aires de Travolta. Sin embargo, ese no fue el hombre que bajó del vehículo, con ambas manos esposadas a la espalda y escoltado por dos contenidos agentes. Se trataba de un hombre enclenque, apenas un par de años mayor que la víctima, tal vez incluso un amigo de la facultad. Su mirada perdida se mantenía fija en algún punto al frente, como si allí esperara descubrir la razón de lo que estaba ocurriendo. No ofrecía resistencia alguna, y paso a paso fue guiado hasta la sala de interrogatorios, al fondo de la comisaría, flanqueado por las enfurecidas miradas de todos los presentes.

—Me temo que nos espera una noche muy larga, Álvarez —escuchó decir al Inspector Balboa, que apoyaba una mano sobre su hombro tras descender del asiento delantero del vehículo—. Si quieres avisar a alguien de que no llegarás para cenar…

—No será necesario, Inspector —respondió antes de acompañarlo en su avance tras el detenido.

Cerró la puerta a su espalda y la sala de interrogatorios se convirtió de pronto en una diminuta burbuja aislada del resto del mundo. Nadie sabría lo que ocurriera en el interior de aquel espacio, con la única excepción de la media docena de expectantes agentes reunidos al otro lado del cristal.

Las siguientes horas fueron duras. El cansancio se fue mezclando con la frustración en una inestable pócima que amenazaba con estallar en cualquier momento. Tanto Álvarez como el Inspector se esforzaron en arrancarle una confesión, algún indicio, un hilo del que tirar o algo que les permitiera continuar y decidir que su trabajo tenía algún sentido. Lo probaron todo, incluso recurrieron a viejas tácticas leídas en los tiempos remotos de la academia. Pero al cabo del interrogatorio, lo único que había sobre la mesa eran las marcas de sus tazas de café y una caja de pañuelos de papel, pensados para la hipótesis de que aquel malnacido se derrumbara por fin.

—¿Me puedo ir ya?

Álvarez abrió de pronto los ojos enrojecidos, sorprendido. Durante todo el interrogatorio, aquel engendro no había dejado de repetir un discurso incomprensible, que los había llevado a pensar que tal vez no hablara castellano, pero aquellas cuatro palabras las había comprendido, y no había rastro de acento extranjero. Miró hacia el Inspector, sentado a su lado, a la espera de alguna indicación sobre qué responder. Sin embargo, esta vino de los altavoces sobre sus cabezas, bajo el envoltorio de la profunda voz del Comisario, llamado expresamente al lugar fuera de su horario.

—Que se vaya.

—Señor —le dijo Álvarez, tras ver al detenido abandonar la comisaría, con la única compañía del abogado de oficio que había acudido a rescatarlo en el momento preciso—, discúlpeme pero, ¿por qué lo deja marcharse?

—Todavía no sé si él es el autor, pero su abogado tiene razón: no está bien y un interrogatorio no va a ayudarlo a él ni, por extensión, a nuestra misión. He accedido a que sea provisionalmente internado en un centro psiquiátrico, donde los facultativos le realizarán los preceptivos exámenes para determinar en qué medida se encuentra en sus cabales y si podemos someterlo a un segundo interrogatorio.

No discutió. Su superior había tomado una decisión y él no era quien para rebatirla. Dio un respingo cuando, justo después de que el Comisario abandonara la oficina, una sigilosa administrativa le tocó en el hombro y le tendió una hoja de papel. Con un primer vistazo, comprobó que se trataba de apenas unas líneas mecanografiadas, en algún idioma desconocido para él. No obstante, le bastó leer las primeras palabras para saber que se trataba de la transcripción del discurso que el detenido había estado repitiendo mecánicamente a lo largo del interrogatorio, como si de un mantra se tratara. Tomó asiento en un escritorio vacío y se sumergió en el estudio de aquella hoja de papel.

“Penredoscomsa ranse nesquie brana su zonraco al ñorse. El dosatecer lo tiovirad, topron alleriga mi mentomo y ribedea tares padorapre. Netie tiplesmul zascabe el modenio, y dasto bende ser miedaslina. La ciasu jabru rae la meprira, rope tenexis traso. Mi daenmienco es conlasentrar y narterexmilas, rapa sia loconnarde a nepercerma por presiem en el vernoa. Taes criesto, cocin gevirnes tidasdesna a secoperrom, cocin masal cuosras barreadasta rapa varsal a la nihudadma. Taes es mi sionmi.”

Aquel indescifrable trabalenguas constituía la única intervención del sujeto y, por imposible que pareciera, tenía que significar algo. Tal vez el hombre estuviera loco, pero intuía que sus palabras tenían un significado que se les escapaba. Decidido, se armó de papel y bolígrafo para estudiar con detenimiento el texto. Al cabo de varios infructuosos minutos, comprobó cómo la administrativa le deslizaba una concisa nota, para evitar desconcentrarlo.

“El detenido se ha escapado del transporte hacia el psiquiátrico”.

—¡¿Pero cómo ha ocurrido?! —le preguntó, dejando de prestar atención por primera vez a la transcripción.

—Nos lo acaban de comunicar. Ha utilizado el cinturón del vehículo para asfixiar al agente que lo escoltaba y luego ha apuñalado al conductor y al forense con un bolígrafo.

—¡Joder! —Furioso, Álvarez bajó la vista hacia el escritorio, donde vio de nuevo la indescifrable hoja de papel—. Tengo que resolverlo. Esto significa algo.

Mientras en la comisaría se preparaba un dispositivo especial para dar con el paradero del criminal fugado, Álvarez continuaba enfrascado en su particular tarea. Así transcurrieron las dos horas siguientes hasta que, ya próximos a la madrugada, el teléfono del despacho del Inspector Balboa sonó con descorazonadora estridencia.

—¿Diga? —A continuación, dos minutos de silencio hasta que el Inspector les transmitió las últimas noticias—. Todavía no han dado con él, pero han encontrado el cuerpo de otra joven, con cable de adsl enroscado al cuello y colgando del cuarto piso de un edificio de oficinas. Están seguros de que ha sido él.

Álvarez se golpeó desesperado las sienes. Ya era demasiado tarde para esa chica y, aunque cada vez que observaba aquel papel sentía que tenía la solución ante sus ojos, era incapaz de verla. Hasta que unas palabras del Inspector le dieron la pista que le faltaba.

—Creo que ha llegado el momento de ponernos en contacto con el “NCI”… ¡Mierda, con el CNI! Hay que averiguar quién es ese hombre.

NCI… CNI… ¿Sería posible? ¿Era esa la clave? Asió el bolígrafo y se lanzó a escribir bajo el texto transcrito, comprobando palabra por palabra el original. Cuando hubo terminado lo observó en su conjunto. Ahora sí podía leerlo y, al hacerlo, comprendió que acababa de comenzar para ellos una cuenta atrás, en cuyo final no sabían qué podría ocurrir realmente. Tratando de asimilar el brutal giro de los acontecimientos, tendió su propia transcripción al inspector, que la leyó con incredulidad antes de movilizar a toda la comisaría y dar nuevas ordenes. Aquellas vidas inocentes estaban ahora en sus manos.


EPÍLOGO:


Prueba número 12 de la causa 102/2011.
Transcripción de la declaración del acusado en interrogatorio policial celebrado el día cinco de octubre de dos mil ocho, a las veinte horas catorce minutos, e interpretación de la misma realizada por el ahora comisario Eduardo Álvarez:
“ Recompensados serán quienes abran su corazón al Señor. El sacerdote lo advirtió, pronto llegaría mi momento y debería estar preparado. Tiene múltiples cabezas el demonio, y todas deben ser eliminadas. La sucia bruja era la primera, pero existen otras. Mi encomienda es encontrarlas y exterminarlas, para así condenarlo a permanecer por siempre en el Averno. Está escrito, cinco vírgenes destinadas a corromperse, cinco almas oscuras arrebatadas para salvar a la humanidad. Esta es mi misión.”

Publicado la semana 42. 21/10/2018
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