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En el momento en que cayó, él no estaba ahí. Cuando todo terminó, él estaba en un rincón de su memoria, abrazado por el cálido recuerdo de su hogar. Un hogar que al principio había sido tan solo una parada más en su huérfana existencia, pero que pronto había mutado en esencia misma de sí y que desde entonces había seguido siendo su auténtica y única realidad, aún tras haberlo abandonado para no volver. Porque sabía que no volvería.

Un segundo, partícula de tiempo apenas perceptible, no es más que un suspiro, una brizna de viento sin contenido, hueco. Sin embargo, ese era diferente. Olía a la hierba del jardín trasero, vestida de rocío. Sonaba a un coro de jilgueros, mezzosoprano la mayoría, entonando una melodía que, sin saberlo, encerraba en cada silencio fragmentos de su propio ser. Brillaba con el fulgor de las llamas en una noche de tormenta, brasas que yacían en la chimenea del salón tras una extenuante madrugada. Se sentía como el roce de las sábanas, impregnadas por la huella de sus vidas entrelazadas en una madeja indescifrable. Sabía a ese caldo de emociones que en las noches de invierno calentaba su interior.

No era solo un segundo, era “el” segundo, ese que queda irremediablemente incrustado no ya en la vacua memoria de cada uno, protagonista o no, sino en la de toda la humanidad, hito a celebrar o lamentar por las generaciones venideras, que se asumirá como propia vivencia. Era ese instante en que todo deja de importar, salvo el propio segundo; ese cuya pérdida nada puede compensar, irrepetible como ninguno, y que él se perdió.

Porque estaba ahí pero no estaba. Permanecía tumbado sobre el plano inclinado, escondido, y en realidad yacía sobre una hamaca suspendida entre dos árboles del jardín. Mantenía los dedos enterrados a su lado, pero en su interior, detrás de los ojos cerrados con fuerza, no era sino húmeda arena lo que palpaba, sintiendo a ráfagas la espuma acariciar sus muñecas. El viento golpeaba con furia su piel, mas eran las suaves palabras de ella las que erizaban cada poro de su piel. Y sus oídos no captaban el súbito estruendo de la realidad a su alrededor, sino el arrullo de una voz masculina que le ofrecía en cada sílaba el mayor de los tesoros, toda una vida de experiencia.

En el momento en que cayó, todo cambió. Todo concluyó tan rápidamente como comenzó, y para cuando se quiso dar cuenta ya llegaba tarde. Tarde para tener una oportunidad, tarde para despedirse, tarde para vivir lo que para otros sería un recuerdo dramatizado. Solo él tenía la oportunidad de “ser” ese instante, de convertirse en eterno y efímero al mismo tiempo, pero se vio envuelto por la desconcertante oscuridad de la nada, del fin, de la muerte en vida. Porque lo estaba viviendo pero estaba muerto, no le cabía duda. No podía ser de otro modo, llegó a pensar.

Pero algo sucedió. Cual faro en medio de la niebla impenetrable, una pizca de oxígeno se abrió paso entre la destrucción y como espeleóloga descendió hasta lo más profundo de sus pulmones, donde se convirtió en vida. Vida salvadora, en el instante más necesitado, cuando nada más que vida podría plantar cara a la realidad. En el centro de una inmundicia de sanguinolentas vísceras carbonizadas, sus ojos se abrieron, y dos iris fueron color entre el denso polvo en suspensión. Su cuerpo magullado y enlodado reaccionó, ayudado por su fuerza de voluntad, y se puso en pie. Ahora solo le quedaba lo más fácil, cruzar continentes y océanos, superar hostiles fronteras, llevar el alivio a unos padres que esperaban recuperarlo y temían no poder, vivir al menos cinco veces más esas dieciséis primaveras que tanto y tan poco eran y parecían. Porque lo difícil ya lo había logrado: muestra de ello daban los cuerpos de sus compañeros deslavazados en el fondo de la sucia trinchera.

El avión que ya desaparecía en el horizonte había soltado una bomba de muerte, un golpe sobre la mesa que habría logrado pulverizar la amenaza de no ser por aquella pequeña astilla de madera que cruzaba la yerma llanura, sin apenas fuerzas pero desbordante de voluntad. Voluntad de continuar, de resistir, de honrar, de vivir, de relatar aquello que había “sido”. Porque había sido y sería historia, a su pesar y para alivio de tantas otras personas. Y una historia así era digna de ser contada.

Publicado la semana 41. 14/10/2018
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