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Impreso 303 bis

Entró en el edificio con la carpeta bajo el brazo. Cruzó el recibidor con paso decidido y se inclinó sobre el mostrador, dispuesto a cumplir su tarea.

—Buenos días.

La silla giró sobre la estructura con ruedas y el rostro de la recepcionista le dio la bienvenida, con cierta expresión de hastío.

—¿Qué desea?

El hombre abrió la carpeta y le mostró los papeles.

—Me gustaría presentar estos documentos.

La mujer, de pálido rostro, se colocó unas gafas sobre la nariz para examinar el documento. Tenía el pelo negro como el carbón cardado hacia atrás, formando una especie de casco alargado y adornado en sus laterales por sendos mechones blancos zigzagueantes.

—El 303 bis… —dijo, pensativa—. Eso lo llevan en el tercer piso.

—Tercer piso, de acuerdo. ¿Algún despacho concreto?

—Usted suba y pregunte por ahí, ellos le dirán.

—De acuerdo, gracias. —Parecía que aquella mujer pretendía dejar claras las pocas ganas que tenía de seguir atendiéndolo—. Una última pregunta, ¿el ascensor?

La recepcionista levantó un brazo que orientó hacia un pasillo lateral, con la vista fija de nuevo en la prensa rosa sobre su escritorio. El hombre se aventuró por el pasillo, suponiendo que no debía ser tan difícil dar con el elevador. No tardó en encontrarlo y subió hasta el tercer nivel. Cruzó un pasillo hasta la primera puerta abierta y se asomó al interior para preguntar:

—Disculpe, ¿es aquí donde puedo entregar un impreso 303 bis?

Una figura sentada tras un escritorio lo hizo pasar con un gesto. Hablaba por teléfono, mientras agitaba una mano frente a su rostro a modo de abanico. Su piel verdosa estaba compuesta por escamas, y en su cuello unas viscosas branquias se afanaban en cumplir con su función de respiración. Al concluir la llamada, el ser colgó el teléfono y se dirigió al hombre:

—Este lugar es un infierno. Siempre ponen el aire demasiado frío o demasiado caliente. ¿Usted no tiene calor? —El hombre se disponía a responder que no, pero no tuvo tiempo—. A ver, déjeme esos papeles. Mmmm, ya veo. No, esto es del primer piso, primer despacho a la izquierda.

—Oh, comprendo —respondió el hombre, dirigiéndose de vuelta al pasillo mientras el ser continuaba abanicándose—. Gracias por su ayuda.

Abandonó el despacho y se dirigió al primer piso. Allí encontró la puerta indicada y entró tras golpearla con los nudillos. Se topó con otro ser, este envuelto en ajados trapos polvorientos, rodeado por interminables pilas de documentos.

—Buenos días, ¿qué quiere?

—Querría presentar estos documentos.

Le tendió los papeles que portaba en la carpeta. El ser los inspeccionó con detenimiento y respondió pensativo:

—Sí, esto era… ¿Para el registro? ¿Entradas? No, espera. —El dubitativo oficinista tiró de una de las vendas que colgaban de su antebrazo y examinó las notas manuscritas en ella hasta dar con la respuesta—. ¡Sí, aquí esta! Disculpe, pero llevo poco tiempo aquí, tan solo unos cientos de años. Verá, de esto normalmente se encargaría el Director, pero en estos momentos no está aquí. Pregunte en el quinto piso, segundo despacho a la derecha. No tiene pérdida.

—Gracias.

De vuelta en el ascensor, presionó el botón con un cinco. Al abrirse las puertas, se encontró con que, en el centro del corredor, un ser de aspecto descuidado, figura encorvada y mirada estrábica le sonreía, apoyado en un palo de fregona que partía del interior de un cubo. Lo saludó al pasar por su lado, ignorando el hecho de que este lo siguiera descaradamente con la mirada, y accedió al despacho indicado.

—Buenos días.

—Buenos días —le respondió el hombre sentado al otro lado del escritorio, enjuto y de aspecto inteligente—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Me gustaría presentar este documento.

—¿Y a qué espera para presentarlo? —exclamó el oficinista. En ese momento, todas las venas de su rostro se hincharon hasta el punto de casi reventar, sus ojos se enrojecieron y su piel tornó en un tono grisáceo—. ¡Como si fuera algo tan complicado!

El empleado recuperó su aspecto inicial apenas un instante después y volvió a hablarle al hombre con tono pausado:

—Disculpe a mi… compañero. En ocasiones resulta un poco temperamental. —Le dedicó una tensa sonrisa, antes de responder a su consulta—. Es un 303 bis, ¿cierto? En tal caso, debe dirigirse a las oficinas del segundo piso, a cualquiera de ellas. Que tenga un buen día. ¡Y vaya a pudrirse al infierno, maldito engendro despreciable, hijo de la grandísima...!

El hombre abandonó el despacho antes de que el oficinista, cuyo cuerpo comenzaba a hincharse y crecer de forma exponencial, se abalanzara sobre él. Descendió esta vez hasta el segundo piso y entró en el primer despacho que encontró abierto. Parecía vacío, pero pudo escuchar cómo una voz lo recibía:

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

—Disculpe pero, ¿quién me está hablando? —preguntó el hombre, girando sobre sí mismo en busca del origen de la voz.

—Aquí, en el asiento al otro lado del escritorio, ¿es que no me ve?

—Lo siento, pero la verdad es que no.

Al mirar hacia el escritorio vacío, el hombre pudo ver cómo un frasco de tinta negra se alzaba en el aire y se inclinaba, dejando verter hacia el vacío su contenido. Para su sorpresa, el espeso líquido quedó impregnado en una silueta transparente sentada tras el escritorio.

—Ahora sí, ¿en qué puedo ayudarle?

—Me gustaría presentar esto —dijo, tendiéndole los papeles.

—Los de la limpieza me van a colgar. ¿Para esto he vuelto a manchar la alfombra de tinta? Es un 303 bis, tiene que ir a la oficina del sótano.

El hombre abandonó el despacho, dejando al empleado afanado en quitar la mancha negra del tapete. Descendió en el ascensor hasta las profundidades del edificio con la esperanza de, esta vez sí, dar con el lugar que buscaba. Al otro lado de las puertas metálicas del elevador se abría un corredor sombrío, apenas iluminado por algún aplique desatendido. Pero lo que lo sobrecogió fue el aullido que oyó, acompañado de un frenético golpeteo. Con cierto temblor de piernas, abrió la puerta del despacho y entró.

—Buenos días, me han dicho que aquí podría entregar esto…

—¿Qué es eso? —El ser de grueso pelaje negro y mandíbula de colmillos afilados aparcó la frustración de mecanografiar el texto ante sí, con unas zarpas demasiado bastas para las diminutas teclas de la máquina, y echó un vistazo al hombre por encima de sus gafas de lectura—. ¿303 bis? Cuarto piso.

—Disculpe pero, ¿está seguro?

Esta vez, el ser lo perforó con la mirada. No necesitaron decir una palabra más, y el hombre estuvo de vuelta en el ascensor antes de que se pudiera dar cuenta. Al llegar al cuarto piso, abrió la puerta de un nuevo despacho y, pese a pensar que ya no podría sorprenderse más aquel día, lo logró. Un nuevo ser, aparentemente compuesto por partes de diferentes personas, permanecía inclinando sobre un ordenador, tecleando con algo más de soltura que el anterior pero con similar nivel de frustración. Cada vez que echaba un rápido vistazo a la pila de documentos amontonados a su lado, de los tornillos incrustados a ambos lados de su cuello salía un denso humo gris.

—Buenos días —comenzó a decir el hombre, antes de ser interrumpido por su interlocutor.

—Es el del 303 bis, ¿verdad? Eso solo lo puede llevar el Director, pero no vendrá hasta última hora.

—Pero, verá, llevo toda la mañana de arriba abajo por todo el edificio.

—Ya me han informado, pero esto funciona así: tendrá que esperar al Director. Si lo desea, en el sexto piso hay una sala de espera donde podrá permanecer hasta entonces. En cuanto llegue, alguien le informará. Ahora, si no le importa, tengo mucho trabajo que hacer.

El hombre lo vio centrarse de nuevo en la pantalla del ordenador y comprendió que protestando no lograría nada más. Decidió poner rumbo a la sala de espera del sexto piso y, una vez allí, consultó el reloj en la pared. Apenas pasaba de mediodía. Se sentó pensando en a qué se referirían exactamente con última hora y, sin percatarse, cayó rendido al sueño por el agotamiento.

Se despertó tiempo después. Abrió los ojos y descubrió ante él, a un escaso palmo de distancia, el rostro del desaliñado limpiador, que había dejado la fregona apoyada en la pared. Al ver que había despertado dio un pequeño salto, como si se alegrara por ello, y se dirigió a la puerta del único despacho de la planta, al otro lado de la sala de espera. La abrió y, con una grotesca sonrisa, le hizo un especie de reverencia para indicarle que entrara.

El hombre cruzó la puerta y se encontró en un amplio despacho, mucho más lujoso que los anteriores. A través de una alta ventana al fondo, comprobó que ya había anochecido. ¿Cómo podía haber dormido tanto? En ese momento, el sillón de cuero negro al otro lado del escritorio se giró, revelándole una figura vestida con un elegante traje negro, con chaleco y camisa blanca con chorreras. Su piel era pálida como la nieve y la sonrisa que le ofrecía le permitía comprobar los afilados colmillos que destacaban en su perlada dentadura.

—Buenas noches, disculpe la molestia de esperar hasta tan intempestiva hora, ¿en qué puedo ayudarle?

Cohibido por la imperiosa presencia del Director, el hombre expuso una vez más su propósito.

—Me gustaría presentar este documento.

—¿Me permite? —Se inclinó sobre el escritorio para tenderle el papel, que el directivo reconoció con un simple vistazo—. ¡Oh, un 303 bis! Está usted en el lugar adecuado.

—No sabe cómo me alegra oír eso.

—Por otro lado…

—¿Qué ocurre? —Un ligero temblor regresó a la voz del hombre, tras el alivio de creer por fin cumplido el trámite—. ¿Es que hay algún problema?

—Me temo que el importe de la tasa no es el adecuado. Tendría que volver a hacer el abono en su entidad bancaria, que se lo sellaran con la cantidad correcta y, como hoy es viernes, volver el lunes a esta misma hora y presentarlo de nuevo.

—¡Pero si llevo todo el día de despacho en despacho intentando entregarlo! ¿No podemos hacer nada ahora para corregir el error hoy mismo?

—Créame cuando le digo que nada me gustaría más que poder ayudarle—respondió el Director, señalando la pantalla del ordenador—, pero el sistema informático no me lo permite. De veras que lo siento, pero tendrá que volver la semana que viene.

Con el cuerpo encogido por la frustración, el hombre descendió por última vez en el ascensor, hasta la planta baja. Allí atravesó el recibidor, desierto a esa hora, y tras cruzar la puerta de entrada dirigió la mirada hacia el cielo estrellado, donde la luna llena brillaba con intensidad. Antes de poner rumbo de vuelta a su casa, pensó en que resultaba injusto que, por culpa de la incompetencia de todos aquellos chupatintas, él, Van Helsing, no hubiera podido inscribirse como “cazador de seres sobrenaturales”.

Publicado la semana 40. 05/10/2018
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