Semana
04
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La taberna

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El olor de la cerveza barata impregnaba cada esquina de la oscura taberna, a pesar de que Gustave se esforzara cada mañana en limpiarla a fondo. Bien era sabido por todos que desde el momento en que al menos dos de los hombres ahí reunidos alzaba el codo para dar el primer trago, lo más a lo que se podía aspirar era a que el local no sucumbiera ante un fuego espontáneo.

—¿Qué miras, desgraciado? —exclamó de pronto Bernard, el robusto carnicero de ebrias mejillas, dirigiéndose a un viajero de paso, enclenque como una brizna.

—Disculpe, caballero —respondió este, encogido tras su plato de estofado.

—Vaya, ahora se nos acobarda el forastero —Bernard se dirigía a un público, los demás comensales repartidos por las mesas del local, que parecía no prestarle la atención que demandaba.

—Déjalo cenar tranquilo, Bernard —intervino el herrero, apoyado contra la repisa de la chimenea, con una pipa en la boca.

—¿Quién te ha dado vela en este entierro, Ruben? —Bernard se recostó en su silla, haciendo girar distraídamente su daga sobre la mesa—. Además, antes de meterte donde no te llaman, deberías aprender a controlar a tu mujer. Si sigue así, no le quedará catre en el pueblo por mancillar.

Enfurecido por el último comentario, Ruben se abalanzó hacia el extremo de la mesa opuesto al ocupado por el carnicero. Apoyó ambas manos y se inclinó hacia el frente, con expresión amenazante.

—Retíralo ahora mismo, Bernard, si no quieres que esta noche lo único que reciba tu mujer sea tu cabeza en un saco.

Oliendo ya el hedor de una inminente reyerta, Bernard imitó al herrero y se puso en pie, apoyado sobre el borde del tablero. También el resto de comensales se giró hacia la pareja de rudos hombres, aproximándose hacia la mesa y formando un corro alrededor de los mismos.

—¿Y ahora tienes las narices de amenazarme a la cara? Desde luego, tú y tu mujer sois tal para cual.

Aquella era la señal. El enfrentamiento era ya inevitable, de modo que Gustave se apresuró a trancar la puerta de la entrada y refugiarse tras la barra, fuera del alcance de las dagas, copas y sillas que volarían en cuanto se alcanzara el momento climático del duelo.

—Demuestra que eres un hombre y acepta el desafío, Bernard —bramó el herrero, desenvainando su espada, reluciente bajo la luz de las llamas del hogar.

—Será un placer —respondió el carnicero, imitando el gesto.

Un hombre se adelantó y se ubicó en el lateral de la mesa rectangular. Miró a ambos contrincantes y dio comienzo a los trámites previos a la contienda. Hizo entrega de lo necesario primero a Bernard y acto seguido a Ruben.

—Queremos ver un duelo justo, ¿de acuerdo? —anunció, mientras cumplía con los últimos pasos del protocolo inicial.

Ambos oponentes afirmaron, sin dejar de sostenerse la mirada. Llegado el momento, depositaron sus espadas sobre la mesa, se dejaron caer sobre sus respectivas sillas y sujetaron sus armas, tres cada uno. El tercer hombre dio comienzo entonces al duelo dejando caer el mazo sobre la única carta volteada y proclamando la consigna más importante:

—Triunfa en bastos.

Publicado la semana 4. 22/01/2018
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