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Última esperanza (Krallik-Roh I)

Eloane sintió cómo una extraña corriente recorría su cuerpo y se esfumaba tan súbitamente como había aparecido. ¿Dónde estaba el agua? Se precipitaba a bordo de su coche desde el puente, en dirección al río. ¿Qué se suponía que era esa luz cegadora?

 

—¿Estamos todos?

 

La luz se hizo menos intensa, permitiéndoles verse unos a otros. Se encontraban en una estancia de paredes completamente desnudas, similar al interior de algún templo griego recién construido. Eran cuatro: Eloane, un niño, un indio y un hombre de aspecto abandonado. Pero había alguien más, o algo. Un ente resplandeciente de figura remotamente humana, ataviado con lo que parecía una túnica con capucha que le ocultaba el rostro, permanecía en pie frente a ellos. De él parecía provenir la voz.

 

—¿Quién eres tú? —preguntó el hombre, todavía agotado tras su estancia en la cueva, a merced de las olas.

 

—Soy y somos el Guardián —se presentó, esta vez empleando la voz de una niña, para luego continuar con la de una anciana—. Representamos la diversa existencia del ser humano y vigilo desde el Santuario, un lugar sagrado entre mundos, los portales que conectan vuestra realidad con este mundo.

 

—¿Este mundo? —lo interrumpió el náufrago—. ¿Dónde se supone que estamos?

 

—En Krallik-Roh, el Reino de los Espíritus —continuó explicando el Guardián, empleando de nuevo su voz masculina—, un lugar al que los humanos, normalmente, no tienen acceso. Pero circunstancias excepcionales nos han llevado a permitiros entrar en esta realidad.

 

—¿Circunstancias excepcionales? —preguntó el niño, todavía sin comprender cómo había ido a parar a aquel lugar desde su escondite en la cueva de la colina.

 

—Eso no me corresponde a mí explicároslo. Yo y nosotros solo somos en esta ocasión mensajero. —El ente se hizo a un lado y movió un brazo en el aire. Al instante, un nuevo portal se materializó ante el grupo de desconcertados desconocidos—. Al otro lado os descubrirán vuestra misión.

 

Ante la atenta mirada del Guardián, y resultando evidente que su única opción en tan extraña situación era seguir sus instrucciones, el grupo avanzó hacia el portal y lo atravesó. Tras sentir la misma corriente que la primera vez atravesar sus cuerpos, aparecieron en un lugar indescriptible. No parecía existir allí nada, tan solo el vacío. Dieron un paso al frente y sintieron una extraña mezcla de vértigo y seguridad: no había nada bajo sus pies, pero era como si se encontraran sobre la más firme de las estructuras. Si miraban hacia abajo, o hacia cualquier otro lado, solo veían infinidad.

 

Como si de un truco de ilusionista se tratara, de pronto unas formas se materializaron frente a ellos, a escasos metros de distancia. Se fueron moldeando hasta arrojar la silueta de alargados tronos de piedra, uno de ellos, el del centro, más grande que los demás. En ellos se sentaban cinco figuras que los observaban con atención. En el centro, un hombre rudo de anchas espaldas y poblada barba marrón, con diminutos ojos negros. A su derecha, una mujer muy delgada, de piel cetrina, y un hombre anciano de larga barba blanca y ojos repletos de sabiduría inusualmente sentado sobre el reposabrazos de su asiento. A su izquierda, de pie junto a sus respectivos asientos, un hombre de tez muy oscura y fuertes brazos, y otro joven y de elegante fisonomía, con una especie de diadema picuda adornando su largo cabello. Algo en ellos resultaba extraño, como si ocultaran algo.

 

—Sed bienvenidos a Krallik-Roh, humanos —resonó alrededor del grupo una voz, que identificaron como la de la figura del centro pues, aunque no había movido los labios, algo en su interior les hacía saber que así era—. La urgencia de la cuestión que ahora nos atañe nos obliga a centrarnos directamente en lo importante, eludiendo las formalidades que lo inusual de vuestra visita de ordinario implicaría. Baste con deciros que os encontráis ante los cinco Espíritus Mayores y que habéis sido seleccionados para cumplir con la más importante de las tareas que jamás se nos hayan planteado.

 

—¿Seleccionados? —intervino Ezequiel, el hombre cuyo cuerpo yacía en el interior de una cueva frente al mar, intuyendo que era mucho más lo que se escondía tras estas palabras que lo que les hacían ver.

 

—Así es —continuó el anciano de la barba blanca, desde su peculiar ubicación—. Razarac, el Destructor, Señor de las Tinieblas y de los Espíritus Oscuros, ha sido despertado y liberado. El Guardián ha descubierto que alguien ha hallado el Sumangetorum, el Libro de los Espíritus, y lo ha utilizado para liberar a Razarac de su cautiverio. Ahora, el Señor de las Tinieblas planea destruir todos los mundos, incluido el vuestro, y solo vosotros podéis detener el avance de su ejército. Debéis encontrar el libro y leer el conjuro que vuelva a apresarlo por el resto de la eternidad.

 

—¿Mundos? ¿Ejército? —preguntó Eloane, manifestando a continuación sus sospechas—. ¿Es esto una cámara oculta?

 

—Hablas de aquello que no logramos comprender, pero podemos apreciar incredulidad en tus palabras —le respondió la mujer sentada en el pétreo trono—. Habéis de creernos, pues no hay tiempo que perder. Pero para que podáis dejar atrás vuestras dudas, dejad vuestra mente en blanco por un instante y observadnos: lo que veréis os hará comprender cómo habéis llegado aquí.

 

Albergando todavía dudas, los supuestos elegidos trataron de dejar sus mentes en blanco y miraron hacia el frente. De pronto, todo había cambiado. Se encontraban en un lugar extraño, una especie de llanura sobre la que se alzaban los mismos cinco tronos. Pero sus ocupantes ya no eran los mismos. Para su sorpresa, ahora eran animales los que se sentaban frente a ellos. Un majestuoso búho descansaba sobre el reposabrazos del primer asiento, al igual que el anciano. A su lado, una serpiente se enroscaba, irguiendo la parte anterior de su cuerpo con cierto aire de grandeza. Al otro lado se encontraban una pantera negra como la noche y un ciervo cuya cornamenta recordaba a la diadema del joven, a cuatro patas junto a sus respectivos asientos. Y en el centro, un enorme oso pardo los observaba atentamente, sentado como un humano en su trono. Súbitamente, aquella imagen desapareció y volvieron a materializarse las figuras de aspecto humano.

 

—Lo que acabáis de ver es la apariencia que adoptamos en vuestro mundo —continuó explicándoles el hombre del centro, que hacía apenas un segundo era un enorme oso—. A mi regreso aquí, tras ayudar a un desamparado hombre a descubrir cuál habría de ser su próximo paso, fui informado por el Guardián de la amenaza que se cierne sobre nosotros. Siguiendo mis órdenes, los demás espíritus fueron a vuestro mundo a buscaros, seleccionándoos por vuestras cualidades. —El hombre pasó entonces a mirar uno a uno a los integrantes del grupo, exponiendo los motivos de su elección—. Eloane, tu inteligencia habrá de guiar al grupo a cumplir con su cometido. Emmanuel, tu valentía y coraje avivarán los ánimos de tus compañeros cuando la amenaza muestre su cara más terrible. Khuat-Vah, Gran Vigía, la misma responsabilidad y compromiso que muestras hacia tu tribu son las que esta misión requiere que ofrezcas a tus compañeros. Ezequiel, la calma y paciencia con que enfrentaste tu abandono en aquella cueva son las que deberás exhibir ante las dificultades que vuestra encomienda ha de plantear. Ahora que el motivo de vuestra presencia aquí os ha sido revelado, marchad, y aprovechad la ventaja que supone el hecho de que Razarac ignore vuestra existencia. El futuro de todos los mundos depositamos en vuestras manos: sois nuestra última esperanza.

 

Sin dar tiempo a réplica alguna, los cinco espíritus y sus tronos desaparecieron, volviendo a dejar al grupo rodeado por la nada. Se observaban unos a otros y solo veían rostros de desconcierto y asombro, no solo por el hecho de haber descubierto la existencia de otros mundos diferentes al suyo y la de una amenaza que habría de acabar con todos ellos, sino también por lo ilógico de la elección de un grupo heterogéneo como el suyo para cumplir con aquel desafiante propósito. Sus dudas todavía no exteriorizadas pasaron a un segundo plano con la aparición tras ellos del Guardián.

 

—Ahora que La Verdad os ha sido confiada, no me queda más que esperar que tengáis éxito en vuestra misión y que nos volvamos a ver, pues ello solo podría significar que lo habéis logrado. —El ente encapuchado hizo danzar sus manos cubiertas por las mangas de la túnica y un nuevo portal se materializó bajo los pies de los humanos, que sintieron cómo la corriente comenzaba a atravesarlos de nuevo cuando el ser se despedía de ellos—. Buen viaje, y suerte.

 

Atravesaron el portal y aparecieron en un nuevo lugar. No sabían dónde se encontraban, si aquel era su mundo, Krallik-Roh o algún otro de aquellos de los que les habían hablado los espíritus, pero a juzgar por lo que sus ojos podían ver, la amenaza de Razarac era real y eso solo podía significar una cosa: su misión había comenzado.

 

***

 

NOTA: Esta historia supone el primer punto de convergencia de relatos compartidos en semanas anteriores, que en forma de sutiles pistas y detalles han ido anticipando esta trama. Por si resulta de interés releer alguna para recordar los personajes y sus orígenes, son las siguientes:

 

—El próximo paso (Semana 8)
—Noche de tormenta (Semana 15)
—El Santuario (Semana 20)
—Simulacro (Semana 26)
—En el claro (Semana 30)
—Vuelta a casa (Semana 35)

 

A partir de ahora, varias de las historias que comparta continuarán desarrollando esta nueva línea argumental hasta alcanzar su conclusión, hasta que la amenaza de Razarac sea superada: si eso es posible.

Publicado la semana 39. 29/09/2018
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