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(Des)montando a Miss Carter

Juguemos a ser dioses. Solo por diversión, solo por unos minutos, únicamente por ver qué pasaría. Crear un personaje y dejar que viva, que decida y sea guiado, aunque tal vez se nos acabe escapando de las manos.

 

 

Lo primero es el nombre. Antes incluso, el sexo. Cara o cruz, o tal vez no, puede que octaedro… dodecaedro… ¿”infinitaedro”? Dejémoslo por el momento en que será una mujer: Miss Carter. ¡Sí, eso es!

 

Ahora su origen. ¿Estados Unidos? ¿Por qué no? Allí todo tiene cabida. Pero concretemos más, las piezas son limitadas. ¿Ciudad o campo? ¿Norte o sur? ¿Costa oeste o este? Ni uno ni otro, Kansas, territorio “neutral”. El campo se impone, una granja rodeada de maizal, con tractor, granero y todo. Pero nada de “paletos de película”. Padre agente de policía y madre profesora de ciencias. Con dinero, pero sin alardes. Una familia normal, extraordinariamente del montón.

 

Empecemos a unir las piezas, cuadradas y rectangulares, con enganches circulares en su cara superior, de la marca en la que todos estamos pensando pero que no mencionaremos por motivos de propiedad intelectual. Comienza como un precioso bebé, el primero y último en la unidad familiar, al menos hasta dentro de unos años, porque nunca se sabe. Todo son mimos y atenciones, queremos que crezca sana y fuerte.

 

Pronto llega la escuela, los amigos (algunos de ellos acabarán mal, terriblemente mal, pero es pronto para saberlo), el instituto, los novietes, la universidad. Es lista, así que… ¿Yale? Podría encajar. Probamos las piezas y… ¡voilà! Al llegar al final de esta etapa, una licenciatura en arquitectura bajo el brazo y un frustrado romance por año. Euforia y decepción al tiempo, pero en la familia siempre encontrará consuelo.

 

¿Y ahora qué? Tocaría volver a Kansas, a la granja. Inspeccionamos las piezas disponibles. Opción número uno, seguir estudiando: eso significa más relaciones con ***** final, así que descartada. Opción número dos, trabajar con sus padres en la granja, ahora que les falta poco para jubilarse: ¿después de tanto esfuerzo, eso es lo único que puede hacer? Opción número tres, ir un paso más allá y mudarse a Nueva York: es meterse de lleno en la jungla, pero la mudanza le saldrá más barata que a Kansas, y eso que se ahorra. Decidido.

 

Seis meses. Seis meses es lo que, al parecer, tiene que esperar para que todo se equilibre. John es la primera señal. Cada una de sus piezas es perfectamente ideal, y encaja con las de Miss Carter para formar un único ser inseparable. Conmixtión. Luego el trabajo, en Campbell & Sons. Miss Carter no es “hijo” de nadie, pero como si lo fuera. No tarda en ascender hasta la cumbre del organigrama. Y aparece el proyecto del Hotel Magnificent. La caja fuerte se va llenando de billetes de los grandes y eso significa que el momento de Lizza ha llegado. La felicidad inunda la familia hasta desbordarla por lo que, aprovechando la inercia, Justin llama a la puerta para entrar en escena. Un par o dos de años felices, y luego las piezas comienzan a escurrirse entre los dedos.

 

Sale al mercado un nuevo modelo, más interesante y compatible con John, y Miss Carter se ve obligada a improvisar. Tiene que encargarse ella sola de los pequeños, porque de él no queda ni el rastro de las pegatinas. Pero tiene fuerza de voluntad, está bien construida, y sale adelante. La vida parece sonreír de nuevo, los niños crecen y se hacen mayores. Pero antes de que la edad de Lizza sume dos dígitos, una pieza defectuosa y maligna en el páncreas desmonta al abuelo.

 

Miss Carter lo deja todo atrás y vuelve a la granja. Su madre y ella se necesitan, la una a la otra, para formar una nueva figura y resistir. Las cosas se enderezan, los niños siguen creciendo y comienzan a labrarse un futuro, ellos sí lejos de la granja, cumpliendo el sueño que Miss Carter había dejado a medias. Cuando la abuela se une a su marido, Miss Carter está preparada. Preparada para vivir lo que le queda de vida sola, pero feliz. Porque se siente realizada y completa. No necesita las piezas de un nuevo John. No es egoísta, pero quiere disfrutar su vida, disfrutar de ella: se lo ha ganado, ¿no?

 

Varios años más tarde recibe una visita, una pieza procedente de Alemania y que habrá de acompañarla hasta su último suspiro. Esta no encaja tan bien con las demás, pero se abre paso, siempre se abre paso. Aún así, decide seguir disfrutando mientras no se desmonte. Deja la granja y se muda a un lugar donde conoce a otra gente, con cuyas piezas es compatible y complementaria, gente que también ha luchado durante toda su vida, perseguido sus sueños hasta cumplirlos.

 

 

—Hola, muchachillo. ¿Te has perdido? — La anciana espera un instante por una respuesta que no llega. Ella luce una sincera sonrisa y él se sienta justo al lado de su silla de ruedas. Debe de tener unos diez años y es bastante guapote y educado. Parece simpático—. ¿Cómo te llamas?

 

—Thomas.

 

—¡Thomas, qué nombre tan precioso! Yo soy… ¡Vaya, qué extraño! Parece que no logro recordarlo… Pero da igual, ¿quieres que te cuente una historia? Me la contaron el otro día, no sé exactamente cuándo, pero habla de una joven llamada Madeleine.

 

—¡Como mi abuela! —exclama él con sorpresa.

 

—¡Vaya coincidencia! Tienes que presentármela un día: seguro que nos llevamos bien. — La anciana le ofrece de nuevo una sonrisa, a la que el pequeño responde de igual modo. Sin embargo, ella aprecia la sutil lágrima aflorando sobre la mejilla de él y, aunque no comprende el motivo, sabe que algo le ocurre, que algo no va bien—. Pues, como te contaba, Madeleine nació en Kansas, en la granja de sus padres, pero todo el mundo la conocía como Miss Carter...

Publicado la semana 38. 23/09/2018
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