Semana
37
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Arena y carbón

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Relato
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Viajaba a bordo del barco, al abrigo de la noche. Hacía algo más de tres horas que habían partido de su origen, aquel niño de apenas cinco años y las otras decenas de pasajeros de la embarcación. La mar se mostraba brava, sacudiendo el casco de un lado a otro sin remisión. Al principio había sentido que su poco acostumbrado estómago se revolvía, pero ya no sentía náuseas.

 

Una ola estuvo a punto de hacerlos volcar. Se pregunto qué haría en tal caso. No sabía nadar, mucho menos bucear. Le habían hablado de una bolsa de aire que se formaba entre el agua y el casco invertido, pero no lo veía claro. Parecía imposible. Si sus padres estuvieran allí… tal vez ellos lo supieran. Pero ese viaje tenía que hacerlo solo, rodeado de extraños. Para eso se habían esforzado tanto sus padres.

 

Una súbita luz aterrizó sobre su nuca, proyectando su sombra sobre la superficie salada. Se dio la vuelta y el potente foco lo cegó. Se cubrió los ojos con una mano a modo de visera y pudo apreciar figuras arrojándose por la borda. De eso también le habían hablado. Se suponía que debía imitarlos, pero seguía sin saber nadar. Tenía que buscar otra solución.

 

Observó su alrededor entre la penumbra y halló un lugar que le parecía apropiado. Se dirigió hacia él, un exiguo hueco entre un grupo de cajas y el casco. Se escondió allí dentro, rodeando las piernas con los brazos y enterrando el rostro en el interior. Esperó y esperó. El tiempo pasaba, pero nada ocurría. Las olas seguían meciendo la embarcación, drásticamente aligerada. No escuchaba ruido alguno a su alrededor y, aunque trató de evitarlo, pronto los párpados se le cerraron.

 

Se despertó, creyendo haber sentido una sacudida. La luz del sol caía con intensidad sobre el barco, que parecía haberse detenido. Trató de moverse, pero su cuerpo no reaccionó, atenazado por la falta de movimiento. Volvió a intentarlo y, con suma torpeza, logró salir de su escondite. Se asomó por la borda y comprobó que el casco había encallado en la arena de una playa. ¿Habría llegado a su destino? ¿Dónde estaba el resto de pasajeros?

 

Con lentitud, se dejó caer por la borda hasta la arena, que lo recibió con un abrazo de húmeda aspereza. Una ola creciente le acarició los pies, alentándolo a avanzar. Se arrastró alejándose de la masa marina, hasta la arena seca, desde donde vio aparecer una figura. Esta le habló, pero el pequeño estaba tan aturdido que no comprendió sus palabras. El hombre, porque estaba casi seguro de que era un hombre, lo sujetó por debajo de los brazos y lo ayudó a ponerse en pie.

 

Rodeándole los hombros, lo condujo hasta una explanada, donde le abrió la puerta de un nuevo vehículo. El pequeño tomó asiento y esperó a que el hombre se pusiera al volante. Arrancó y circularon por una sucesión de carreteras. Ningún lugar le resultaba familiar, todo era distinto a lo que conocía. Su nuevo amigo le sonreía, pero también lo observaba con interés, para luego volver a centrarse en la carretera y mudar a una expresión dubitativa.

 

Llegaron a un inmenso edificio, de llamativos colores. El pequeño se pegó a la ventanilla para contemplarlo; aquel lugar tenía que ser divertido como pocos. Había letreros que seguramente indicaran de qué se trataba, pero no sabía leer. Sin embargo, si reconocía los monigotes, hechos de palos de distintas medidas para el cuerpo y un redondel a modo de cabeza. Algunos portaban un maletín, otros tenían un vehículo a su lado. Resultaban bastante graciosos.

 

Se detuvieron frente a una gran puerta giratoria de cristal. El hombre rodeó el coche y le abrió la puerta, ayudándolo a entrar al edificio. Dentro, una marea de personas circulaban sin pausa de un lado a otro, ocupando todo el espacio. Pasaron junto a una pareja vestida exactamente igual y con una postura seria e imponente. Los hicieron cruzar por debajo de una estructura que pitaba y avanzaron por largos pasillos hasta llegar a un punto en el que la gente se acumulaba, unos detrás de otros.

 

Los observó. Los había de todas las edades, desde niños hasta ancianos, mujeres y hombres. Vestían pantalones cortos y camisetas, la mayoría de ellos, también alguna falda y vestido. Pero eran bastante extraños. Algunos se untaban sobre la piel algo que extraían de un bote; la mayoría llevaban a su lado abultadas maletas. Y lo más extraño era que todos se quedaban mirándolo al verlo pasar. ¿Qué ocurría? Se observó a sí mismo de un vistazo y lo comprendió. ¡Sus zapatos! De algún modo, al bajarse del barco había dejado atrás sus zapatos y no se había percatado hasta ahora. ¡Qué tonto! Por eso lo miraban todos, porque iba descalzo.

 

Su nuevo amigo se detuvo ante una mujer, vestida con ropa ajustada y un colorido pañuelo anudado al cuello. Hablaron el uno con el otro, mirando al pequeño alternativamente, y finalmente se aproximaron a él. La mujer le habló pero seguía sin comprenderla. ¿Cuándo se le pasaría aquel aturdimiento? Sin embargo, con señas lograron hacerle comprender que tenía que continuar él solo por el pasillo inclinado que se abría ante él. Siguió avanzando, pero al cabo de unos pasos se giró para volver a ver a su amigo.

 

Lo vio todavía junto a la mujer, sujetándole la mano. Se fijó bien y pudo comprobar cómo entre sus dedos asomaba algo, tal vez un papel. El hombre se despidió de él con la mano y se alejó, mientras la mujer comprobaba el papel y se lo guardaba en un bolsillo. El pequeño retomó su camino, sin dejar de pensar en qué sería aquel papel, hasta que un misterio todavía mayor apareció ante él.

 

El pasillo terminaba en una alargada estancia, de suelo enmoquetado y pequeñas ventanas ovaladas en las paredes a ambos lados. Junto a estas, decenas de asientos se distribuían en filas, separadas por un pasillo central. Jamás había estado en un lugar como aquel, pero se dejó guiar por una mujer vestida como la anterior que, con expresión de extrañeza y tras consultar con otra más que se limitó a encogerse de hombros, lo llevó hasta un asiento y le ató un cinturón.

 

Sus padres le habían dicho que aquel era un viaje complicado, que podría haber multitud de contratiempos y peligros, pero al pequeño le estaba pareciendo de lo más entretenido. Estaba descubriendo muchas cosas nuevas y hasta había hecho un amigo. Lo único que todavía no había comprendido, y que le daba la impresión de tener cierta importancia, era por qué la piel de todas las personas a su alrededor era del color de la arena del desierto y la suya del color del carbón.

Publicado la semana 37. 13/09/2018
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