Semana
36
artguim

El ladrón de algodón

Género
Relato
Ranking
0 54 2

Jacobo se despertó en medio de la noche, asustado. Había oído un ruido extraño, en algún punto de su habitación. Encendió la luz de su mesilla y observó a su alrededor, pero no descubrió nada extraño. Estaba a punto de apagarla de nuevo cuando reparó en algo: el oso de peluche.

 

Saltó de la cama y se calzó las zapatillas de superhéroes, dispuesto a aproximarse al sillón sobre el que había dejado la noche anterior al peludo animal. Allí seguía, pero no en la misma posición, sentado sobre una pila de libros. Se encontraba tumbado bocabajo sobre estos, con los brazos colgando por el borde de los tomos. Parecía que él también estuviera durmiendo. Jacobo extendió una mano y lo sujetó por la espalda, para darle la vuelta. Cuando lo hizo, tuvo que ahogar un grito de sorpresa. Lo que antes había sido la panza del oso se había convertido en un enorme agujero entre la tela, por el que asomaba el algodón de su interior.

 

—¿Pero qué te han hecho, osito? —musitó el niño, volviendo a colocar el peluche en su lugar.

 

Se giró hacia la estantería donde guardaba sus demás peluches, a los que quería pero no tanto como a aquel oso, que era su favorito. El león, el gato, el búho, la tortuga, el delfín, todos agujereados, todos sangrando relleno. Aquello era inexplicable. ¿Quién lo habría hecho? Su hermano pequeño apenas tenía un año, por lo que no sería capaz de romperlos, y su hermana mayor de diez solo estaba interesada en sus barbies y nancys. ¿Sus padres? No, imposible. Tenía que haber otra explicación.

 

Se dirigió a la puerta de su dormitorio y la abrió. Se asomó al pasillo, esperando descubrir al culpable huyendo. No había nadie, todos seguirían durmiendo, pero en el suelo, sobre la alfombra, sí que había algo sospechoso. ¡Acababa de dar con un misterio que resolver! Corrió de nuevo hasta su mesilla y extrajo del cajón una linterna a pilas y una gran lupa. Le encantaba ser detective. Era en lo que esperaba convertirse de mayor.

 

Se arrodilló sobre la alfombra del pasillo, imaginando que la bata de casa que llevaba sobre su pijama era en realidad una gabardina como la de Sherlock. Con una mano sostuvo la linterna y con la otra aproximó la lupa a los restos de algodón en el suelo. No era más que una bola del tamaño de una canica, pero le sorprendió que estuviera sucia, como con restos de tierra. Si había salido del interior de sus peluches, ¿cómo podía estar sucia de tierra?

 

Descubrió que más adelante, en dirección a la cocina, había otra pequeña bola de algodón. Se aproximó a esta y comprobó que también parecía manchada. Además, estaba aplastada en un lateral, como si alguien la hubiera pisado. Siguió avanzando por el pasillo y, antes de llegar a la cocina, siguió el rastro de algodón hacia la habitación de la derecha, la que utilizaban como sala de juegos.

 

Se la encontró como siempre, con decenas de juguetes de los tres hermanos tirados sin orden ninguno por toda la estancia. Se abrió paso entre los castillos, los barcos y los coches. También entre las casas de campo, los carritos de bebé y las diminutas cocinas. Llegó hasta la pared del fondo, donde el rastro parecía desaparecer de pronto. Estaba a punto de darse por vencido en la resolución del misterio cuando escuchó un ruido. Parecía provenir del suelo, o tal vez de detrás de la pared. Se arrodilló y pegó el oído al punto en que ambos se unían. Sí, tenía que ser ahí.

 

Palpó con una mano el rodapié de madera hasta que dio con una rendija entre dos piezas. Una de ellas sobresalía ligeramente y parecía estar suelta. La sujetó y tiró con fuerza, logrando que se desprendiera. Apuntó la luz de la linterna hacia la zona de pared descubierta y lo comprendió. ¡Había resuelto el misterio! ¡No se lo podía creer! Pero, ahora, tenía que hacer algo al respecto.

 

Se puso en pie y volvió corriendo a su habitación. Se detuvo en el centro de esta y giró sobre sí mismo, examinando todo a su alrededor, en busca de algo que le pudiera servir. Volvió a ver el oso sobre la pila de libros y decidió que ya había encontrado una solución. Cogió al animal de peluche por el brazo y rehízo sus pasos hasta la habitación de los juguetes. Se arrodillo frente a la base de la pared y colocó el oso bocarriba entre esta y sus rodillas. Con ambas manos, comenzó a extraer todo el algodón restante en el interior de su panza y a acumularlo sobre el suelo. Cuando terminó, iluminó con la linterna el hueco tras el rodapié y empezó a introducir el algodón, colocándolo con delicadeza en los huecos libres.

 

Cuando ya no le quedaba más relleno, cogió de nuevo la tabla del rodapié y la colocó en su sitio, procurando que encajara con la otra pieza. Ahora, solo le quedaba mantenerlo en secreto. Sus padres no podían descubrirlo, y tampoco su hermana ni su hermano. Solo él podía saberlo. Solo así aquella familia de ratones, que esa misma noche había aumentado el número de miembros y comenzado a construirse un nuevo nido, podría seguir viviendo allí.

Publicado la semana 36. 06/09/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter