Semana
35
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Vuelta a casa

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Cerró la puerta del coche y se dejó caer sobre el asiento del conductor, como un plomo contra una almohada. Apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos con fuerza, hasta que las estrellas comenzaron a bailar dentro de sus párpados. Giró la llave en el contacto y comprobó en la pantalla central que el motor eléctrico se había encendido. Antes de iniciar la marcha, echó un rápido vistazo a su móvil, en el hueco entre los asientos. Había un mensaje: “Gracias por todo, Eloane. Los chinos han quedado contentos con la reunión. Parece que finalmente van a comprar. Has salvado a la empresa. Te debo un café”

 

“¿Te debo un café? Más vale que me pagues algo más que un café”. Eloane odiaba esa clase de asuntos, en los que tenía que ejercer de mediadora para solucionar un conflicto de nula implicación legal y que bien podrían resolver hasta las dos personas más inútiles del planeta tan solo con que estuvieran dispuestas a alcanzar un acuerdo. En ocasiones, se sentía menospreciada.

 

Los faros del coche se encendieron y se puso en marcha, de vuelta a casa. Era ya de noche, pasada la hora de la cena, así que solo tenía ganas de llegar, tomar cualquier cosa rápida y acostarse, esperando que el día siguiente fuera de mayor provecho. Enlazó una serie de calles secundarias hasta llegar a la autopista. Durante los veinte minutos siguientes, se limitó a escuchar la sucesión de clónicas canciones que emitían en una emisora de moda, sin demasiada atención, y a mantenerse a salvo del sueño.

 

Cuando abandonó la autopista, ya en las afueras de la gran ciudad, tomó una carretera comarcal, que avanzaba entre grandes extensiones arbóreas, sobre un asfaltado que reclamaba ya la atención de la Administración. Como todo en esa zona, resultaba poco interesante de cara a las próximas elecciones. ¿Por qué todo tenía que guiarse por innobles intenciones? Parecía que solo interesase el enriquecimiento propio, sin pensar en nada ni nadie más. Como en la reunión de esa noche: ¿de verdad no les importaba que fuera conocido que la empresa china que iba a comprar la de sus clientes para salvarla de la quiebra empleaba mano de obra infantil y vertía toda clase de residuos tóxicos a los ríos cercanos a sus fábricas? Con mucho gusto los hubiera dejado plantados si no fuera porque, desgraciadamente, ella también necesitaba el dinero. No estaba siendo una buena época, ni siquiera para una reputada abogada como ella.

 

Iba distraída en estos pensamientos, transitando una extensa y desierta recta flanqueada por árboles en formación de denso muro, cuando todos sus sentidos despertaron de golpe. Acababa de ver algo en la carretera, cruzado por delante de su coche. Clavó con fuerza el pie sobre el pedal del freno hasta que este se detuvo. Miró por el retrovisor, hacia la zona trasera iluminada de rojo por efecto de las luces de freno. Juraría que era algo alargado que se movía. Estaba segura de que era de varios colores, resplandecientes por efecto de los potentes focos delanteros.

 

Con la intención de resolver el misterio, se bajó del coche y lo rodeó. No parecía haber nada por ningún lado. Incluso miró bajo el vehículo, teniendo que ponerse de rodillas directamente sobre el asfalto. Nada. Pensó que tal vez el sueño la estaba afectando más de lo que ella creía. Si era así, más valía que volviera a casa de inmediato, antes de quedarse traspuesta al volante y que la noche terminara en tragedia.

 

Eso hizo, se puso de nuevo al volante y retomó la marcha. Transitó unos kilómetros más por esa carretera, a solo unos minutos de su casa. Únicamente le faltaba cruzar el puente sobre el río, tomar el desvío hacia la urbanización y llegar hasta su casa, en la zona más alejada de esta. Tenía totalmente memorizado ese recorrido, hasta el punto de que se creía capaz de hacerlo con los ojos cerrados. Pero, al menos esa noche, no lo probaría.

 

Llegó al puente, un largo viaducto que cruzaba de orilla a orilla unos cincuenta metros por encima del caudaloso río. En ese momento, una nueva oleada de sueño la atacó. Decidió apurar el ritmo, sabiendo que en ese tramo nunca había patrullas de tráfico que pudieran multarla por exceso de velocidad. Pisó con mayor contundencia el pedal del acelerador, hasta que el velocímetro digital arrojó tres cifras.

 

Superada ya la mitad del puente, algo se interpuso de nuevo en su trayectoria. Esta vez la había visto, estaba segura. Era una serpiente de colores, cruzando de lado a lado la carretera con la cabeza erguida, como una cobra dispuesta a atacar. La esquivó de un volantazo pasando a escasos centímetros de ella. La observó por un fugaz instante a través de su ventanilla. Parecía que el animal la siguiera con la vista, girando la cabeza al paso del vehículo. Incluso juraría que movía la boca como si le estuviera diciendo algo.

 

Cuando volvió a mirar al frente, le pareció que la sangre se le helaba en las venas. Un coche que parecía haber salido de la nada se dirigía directamente hacia ella. Se dio cuenta de que era ella la que había invadido el carril contrario, por lo que dio un nuevo giro brusco al volante. En ese momento, perdió el control del vehículo. Durante los siguientes metros, avanzó dando bandazos de un lado a otro de la carretera, intentando evitar las endebles protecciones de los bordes, hasta que algo falló en la dirección del coche, se bloqueó, y no pudo evitar la colisión.

 

La protección de hierro oxidado se plegó al entrar el morro del coche en contacto con ella, transformándose en una improvisada rampa de despegue. Primero el tren delantero y luego el trasero perdieron contacto con el asfalto. La gravedad entró entonces en acción y la tonelada y media de vehículo se precipitó en caída libre hacia el agua al fondo. Eloane se agarró con fuerza al volante, en un inútil intento de evitar lo que ya no tenía remedio. Fue consciente de que aquel era el final, de que esa noche no llegaría a casa, ni ninguna otra. Cerró con fuerza los ojos y sintió antes de lo esperado el frío a través de su cuerpo. Volvió a abrirlos y no encontró rastro del agua, sino que descubrió algo totalmente diferente, un lugar dominado por una intensa luz cegadora.

 

Dos días más tarde, un agente de policía encontraría su coche varado en la orilla del río, a medio centenar de metros del puente. Estaba destrozado por el impacto contra el agua, pero no había rastro del cuerpo de la mujer cuya desaparición había denunciado su marido. Y tampoco parecía que fueran a encontrarlo nunca: los asientos destrozados por las garras de algún animal, probablemente un oso, no invitaban a conservar la esperanza.

Publicado la semana 35. 31/08/2018
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