Semana
30
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En el claro

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Relato
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Las piernas comenzaban a flaquearle, tras varias horas de travesía. El peso del animal encogía su espalda, fuerte pero no tanto como para semejante esfuerzo. El ejemplar era de un tamaño generoso, y la cornamenta hacia complicado mantener el equilibrio. Se dirigía hacia la cabaña, al borde del bosque, justo donde comenzaba la llanura pero, a juzgar por la caída posición del sol, no llegaría a tiempo antes de que anocheciera. Decidió cambiar sus planes y detenerse para dormir unas horas.

 

Cuando hubo encontrado el lugar adecuado, un pequeño claro rodeado de desnudos álamos blancos, dejó caer el ciervo sobre el suelo de hojas desprendidas hacía semanas, algunas de las cuales crujieron bajo su peso. Despejó una zona de estas y acumuló algunas ramas recogidas en los alrededores. Golpeó entre ellas dos piedras hasta que la llama prendió en la hoguera, que encendió con fuerza, cuando la oscuridad se cerraba ya sobre él.

 

Aprovechó también para rezar a los espíritus del bosque para que le permitieran llegar a salvo hasta su poblado, donde el jefe de la tribu esperaba recibir aquella pieza de caza. Tras tantas horas caminando bajo el sol, su piel oscura y curtida estaba, no obstante, dolorida, por lo que agradeció el frescor de tumbarse sobre un mullido lecho de hojas. Los párpados se le cerraron y, envuelto en el calmo silencio de la noche, dio la bienvenida al ansiado descanso.

 

Se despertó en algún momento de la noche, imposible de precisar al encontrarse la luna oculta tras densas nubes grises. Observó a su alrededor, temiendo que fuera alguna presencia extraña la que lo había despertado. Justo cuando estaba a punto de cejar en su búsqueda, convencido de que tenía que ser otra la causa de la súbita interrupción de su sueño, lo vio. El ciervo, había desaparecido. No había rastro alguno de él.

 

Un crujido a su espalda lo hizo darse la vuelta, desenvainando su machete y adoptando una postura de tensa espera. El ruido se repitió varias veces, en diferentes direcciones alrededor de él, hasta que se detuvo. Fijando la vista en el punto donde por última vez lo había oído, pudo verlo. Se asomaba entre dos álamos muy próximos entre sí, resguardándose entre la fina niebla que había ascendido desde el río. De pronto, se hizo completamente visible, sorprendiendo al indio.

 

—Veo que por fin has despertado.

 

El ciervo, de estilizada silueta y fuerte cornamenta, dio unos pasos al frente, accediendo al claro. Se detuvo a apenas dos metros del hombre, que lo observaba con total desconcierto.

 

—¿Cómo..? ¿Cómo es posible? —tartamudeó este, al comprobar que era el ciervo, el mismo al que acababa de cazar y dejar inerte sobre el lecho de hojas, el que ahora no solamente volvía a estar vivo, sino que le estaba hablando.

 

—Un guerrero de tu valía no debería sorprenderse ni tener miedo. Te has enfrentado con anterioridad a mayores desafíos y temores. Lo sé, lo he visto.

 

—¿Es él? —se oyó preguntar a una voz profunda, que resonó por todo el claro. El indio oteó con nerviosismo a su alrededor, pero no logró discernir más que la misma niebla y oscuridad de antes, por lo que volvió a centrarse en el inesperadamente resucitado animal.

 

—Sí, él es a quien buscamos —respondió el ciervo a su desconocido interlocutor, dando un paso más en dirección al hombre.

 

—Siento… siento haberos abatido, oh, benévolo espíritu del bosque —recitó el indio, apoyando las palmas sobre las pinturas en su pecho desnudo, al comprender que tenía que tratarse de la encarnación de alguno de los espíritus a los que su tribu veneraba y que custodiaban el bosque—. Mi único propósito era proporcionar alimento a mi tribu, en modo alguno perturbar el equilibrio del bosque.

 

—No parece que él pueda cumplir la misión para la que pretendemos seleccionarlo —insistió la voz omnipresente, ante el espontáneo ruego del hombre—. Mira cómo se arrodilla ante ti por la muerte de un simple animal. ¿Crees que podrá enfrentarse al mal que nos acecha?

 

—Podrá, lo he visto en su interior —intercedió el ciervo, dirigiéndose a continuación al indio—. Dime, humano. ¿Estarías dispuesto a dejar atrás todo lo que conoces, a encarar el mayor de los desafíos que haya afrontado tu mundo, dando por seguro que jamás volverás con vida?

 

—Lo haré, si ese es vuestro deseo.

 

—No son más que palabras —replicó la voz, que dejó de resonar en el claro para ser audible solamente para el ciervo—. Haz que demuestre que es digno de esta misión.

 

—Eres libre de volver a tu poblado, humano —concedió el animal.

 

Sin previo aviso, la figura del ciervo se desintegró y se fundió con la niebla circundante, dejando tras ella un destello que se expandió, formando un óvalo resplandeciente suspendido sobre el suelo. El indio lo observó, con curiosidad. Se aproximó y extendió una mano para tocarlo. Sintió cómo algo parecido a un escalofrío recorría todo su cuerpo, cómo todo a su alrededor parecía detenerse por un instante, y acelerarse luego para recuperar el instante presente. Se sintió desorientado, como si acabara de volver de un largo viaje, mucho más largo que aquel que lo había llevado a cazar aquel ejemplar…

 

¡El ciervo! Se dio la vuelta y allí, en el centro del claro, sobre el lecho de hojas caídas, encontró de nuevo al inerte animal. Pero había ocurrido, estaba seguro. Lo había visto en pie, hablándole a él y a esa otra voz misteriosa. No estaba seguro de lo que debía hacer, pero sí de una cosa: si no llevaba aquel animal al poblado, tardarían mucho tiempo en encontrar una pieza semejante, tal vez demasiado. Estaba seguro de que aquel espíritu del bosque no querría que su pueblo muriese por falta de alimento. Era el ciclo de la vida, el equilibrio del bosque: ellos se alimentaban de los animales, y algún día servirían de alimento para el propio bosque, y este para los animales. Tal como siempre había sucedido.

 

Decidido, cargó el animal sobre sus hombros y retomó el camino de vuelta al poblado. No iba a esperar a que amaneciese, quería alejarse cuanto antes de aquel claro, del inquietante encuentro que sabía que había tenido lugar. Se detuvo un instante. Pero, al mismo tiempo, sentía que le estaba fallando a alguien. Supuso que se trataba de su tribu: si no les llevaba aquel alimento, muchos de ellos perecerían. Sin embargo, había algo más...

 

Siguiendo su intuición, echó a correr, dejándose llevar sin pensar hacia dónde lo llevaban sus pasos. El peso del animal sobre sus hombros lo frenaba, pero no le importaba. Sabía que tenía una misión que cumplir, y no pensaba decepcionar a los suyos. Comprendió al fin que aquello que estaba haciendo era exactamente lo que se esperaba de él.

 

Y, entonces, el portal a Krallik-roh se cerró.

Publicado la semana 30. 25/07/2018
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