Semana
03
artguim

Siempre es demasiado tarde

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Relato
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Esquina sobre esquina, se sobreponían las capas de su realidad, de la existencia que durante los últimos meses se había convertido en su único motivo vital. Cada vez que lo contemplaba, ahora completo, aquella extraña sensación recorría su cuerpo. Una corriente helada ascendía desde sus tobillos, acariciando la cicatriz de su muslo izquierdo, recuerdo de una vieja disputa, escalaba cada una de sus vértebras como si de los estratos de una montaña se tratara, jugaba con las cifras indeleblemente tatuadas en su cuello y finalmente se incrustaba en sus sienes, bullicioso punto de encuentro de ideas, temores y deseos.

Extendió una mano hacia la pared y sintió el tacto plástico del elemento central. Casi le parecía que pudiera atravesarlo, introducirse en él, palpar las inapreciables arrugas de aquel ser de otro lugar y otro momento. Le resultaba, al tiempo, dentro y fuera de su alcance. Cada vez más cerca y más lejos. Siempre posible, en cualquier momento imposible.

Una corriente de aire entró por la ventana abierta del estudio. Se deslizó hasta la pared e hizo danzar una de las esquinas, amenazando desprendimiento. No lo podía permitir. Salió disparado, volando por encima de alfombra, sofá y mesa, y de un golpe cerró aquella puerta al mundo exterior, a la real realidad. Debía impedir que se descubriera. No ahora, al menos. Sí llegado el momento, un momento radicalmente distinto al ahora, en que aquella realidad entre capas sería suya al fin.

Volvió a girarse hacia la pared y, en un acto reflejo, comprobó el bulto en la zona baja de sus lumbares. Suspiró al descubrir que seguía ahí, justo ahí. Por un instante le había parecido que dejaba de sentir el frio metal entre el pantalón y la piel desnuda. Si perdía la SIG Sauer de nueve milímetros se sentiría indefenso, perdido.

Retornó a su punto de contemplación, frente a la pared, a la distancia justa para abarcar de un solo vistazo el complejo entramado. Decidió repasarlo, consciente de que la hora estaba cada vez más cerca. En la esquina superior izquierda, la 52 con la 33, el lugar primigenio. Nunca debía perderlo de vista. Más abajo, el jardín delantero, arbustos y cámaras de seguridad. Más problemas, casi descartado.

De un salto, fijó su vista en la esquina inferior contraria. Ahí estaba, justo en su lugar. El malnacido, así se llamaba. Jamás había tenido ni tendría otro nombre. No debería estar ahí, pertenecer a esa realidad. Habría que ponerle remedio.

Más hacia el centro, todavía no en el punto cero, un neumático. Marca cara, por supuesto. Pedía a gritos una puñalada. Tal vez le concediera su deseo, más tarde. Perfecta distracción, en realidad. Debería darle un par de vueltas. A su lado, dos manos entrelazadas. Ellos. Detestables, más incluso que el malnacido. Pero estaba en deuda con ellos, germen de aquella realidad. Indespejables de la ecuación. Debía forzarse a olvidar, perdonar traiciones.

Faltaba uno de los zapatos de ella, algo lo cubría. La mesa de la cafetería. El pirómano en su interior clamaba por que lo liberara. Mejor sería que siguiera bajo mil candados, como hasta ahora. Lo que lo enfurecía no era la mesa, ni el local. Aunque lo intentara, no podía dejar de mirarla. Era tersa como la seda, algo evidente, de tono blanco pero no pálido, fina y esbelta. El gel rosado estropeaba el conjunto, pero eso lo podía perdonar.

Lo que lo desquiciaba era el adorno en el anular. Aquel aro dorado, con esa enorme piedra verde en la parte superior... ¡qué poco gusto! Mera ansia de aparentar, exhibir. Por él, “el malnacido” podía metérselo por un sitio. Sí, era una opción, tortura que seguro disfrutaría. Pero en otro momento. Debía centrarse, atender a lo importante.

Finalmente aterrizó en el centro de la diana. Los ojos verdosos lo contemplaban, directamente, con plena atención. Los labios carnosos le decían que no, pero la mirada reflejaba la verdad. Lo deseaba, y él estaba dispuesto a concedérselo. Extendió un dedo hasta rozar su falsa piel. Ahí estaba, otra vez, aquella sensación, disparándose desde los pies hacia la cabeza, en esta ocasión desviándose y provocando reacciones en puntos prohibidos. Su mano descendía, con propia voluntad, acariciando los botones de la camisa blanca, retirando el cinturón, abriéndose camino hacia las profundidades.

En ese momento, una alarma en el móvil. Se hacía tarde. Metió la camisa por dentro del pantalón y ciñó el cinturón. Se colocó la placa identificativa sobre el pecho y se alejó del mural, collage de fotografías durante largo tiempo recolectadas. Se dirigió a la puerta del estudio, donde recogió su abrigo y las llaves de los recreativos. Esa tarde había clase, así que los niños tardarían en ir a molestar. Tendría tiempo para pensar y maquinar. Tenía que hacerlo antes de que fuera demasiado tarde, llevarla consigo antes de que el malnacido lograra su objetivo de llevarla al altar y comprometerla a una indeseable vida a su lado. Porque el malnacido no la merecía, no sería justo que acabara con aquel basurilla engreído. Ella estaba destinada a permanecer por siempre a su lado. Aunque ella todavía no lo había comprendido, él estaba seguro. No cabía otra opción.

Abandonó su estudio, cautelosamente cerrado con llave, y atravesó el pasillo del edificio en dirección al ascensor. Pulsó el botón de llamada y, cuando las puertas al fin se abrieron, su reflejo en el espejo interior se vio acompañado por otras dos figuras. La escena pareció detenerse por un instante, congelando el tiempo en aquel reducido espacio.

—Buenas tardes, agentes —saludó a la pareja de hombres, uniformados y evidentemente provistos de las armas reglamentarias.

—Buenas tardes —respondió el más joven de los dos policías—. ¿Es usted José María Fernández, del 4°B?

De nuevo aquella sensación ascendente, trepidante, que esta vez se detuvo en forma de presión a la altura del corazón. Lo habían descubierto, había cometido algún error. No alcanzaba a descubrir de qué se trataba. Siempre había sido en exceso meticuloso. Pero ahora se veía, de pronto, esposado y conducido en el coche patrulla hacia la comisaría, el frío calabozo.

—En ese caso, aquí tiene —El otro agente llevó al frente la mano que había mantenido tras la espalda, presumiblemente rodeando el arma. De ella colgaba por la correa una cámara fotográfica, un modelo de hace ya varios años—. Le hemos preguntado al portero y nos ha dicho que probablemente fuera suya.

—Muchas gracias, agentes —respondió, asiendo la correa y accediendo al interior del ascensor, con la espalda pegada en todo momento a la pared para evitar que descubrieran el sospechoso bulto—. Procuraré no volver a perderla. Que pasen buena tarde.

Se despidió de ellos con una sonrisa amable, un gesto de ciudadano ejemplar. Días más tarde, esos mismos agentes comprobarían que no era en realidad tan ejemplar como semejaba. Cuando entonces regresaran a aquel mismo edificio y revisaran el estudio del 4°B, acompañados por el malnacido y la pareja de las manos entrelazadas, padres de la joven fallecida, descubrirían la pared repleta de fotografías superpuestas, reflejo de la perturbada mente de aquel gentil fotógrafo aficionado que se habían cruzado, cuando iba de camino a su trabajo en un concurrido salón de recreativos del centro. Preguntarían a los vecinos y al portero, y todos ellos afirmarían que nunca habían sospechado nada, que parecía un hombre normal, reservado pero amable, que jamás imaginaron que pudieran llevar varios años viviendo puerta con puerta con un auténtico depredador.

Aquel día, todos ellos aprenderían una lección: al igual que los lobos con piel de cordero viven entre el rebaño, los monstruos ocultan su verdadera naturaleza entre las sombras de una realidad en la que pasan desapercibidos. Y cuando alguien repara en ellos, ya es demasiado tarde. Siempre es demasiado tarde.

Publicado la semana 3. 15/01/2018
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