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El pasaporte

Pasó las hojas con nerviosismo, buscando desesperada. ¡No podía ser! Todas las hojas estaban repletas, hasta el último rincón. Comenzó a repasar los sellos, desde la primera página, esperando descubrir que su vista o su mente la habían engañado.

 

El primero había sido a Estados Unidos, algo poco original: Nueva York, Boston, Florida… No sería el único viaje a aquellas tierras, pero sí el que le descubriría su pasión. Apenas unos meses después, Marruecos. Recordaba el sol, la salitre del mar mezclándose en el aire con la arena del desierto, el olor de las especias expuestas en el zoco. Su primer paseo en camello, recorriendo dunas y oasis.

 

El siguiente era una embarcación particular, fechada en febrero de unos cuantos años atrás: el carnaval de Venecia. Los canales, las máscaras, los secretos escondidos tras cada nueva callejuela, los fascinantes disfraces de todos los colores imaginables, el sonido de las campanas haciendo volar a las palomas de San Marco. Allí fue donde lo conoció. Perfecto, como siempre lo había imaginado. Con él viajo también a Noruega, escaló los mayores glaciares y durmió en una remota cabaña al abrigo del inclemente invierno. Allí fue donde la pasión desatada entre ambos, que le permitía no sucumbir a la hipotermia por las noches, le hizo comprender que lo que se traían entre manos era algo especial, único e irrepetible.

 

El siguiente fue a Tanzania: el safari. Desde el primer momento supo que recordaría ese día durante toda su vida. Poder sentir a los animales, gracias a la proximidad y la sensación de libertad, había sido una experiencia maravillosa. Casi tanto como descubrir, en aquel mismo paraje, que algo en su interior estaba cambiando, surgiendo. Tras confirmarlo, habían decidido hacer un último viaje, antes del parón de rigor. El destino, sencillo y apropiado a su situación: París, hogar de las famosas cigüeñas. No encontraron rastro de las atareadas aves transportistas, pero sí una ciudad a la altura de todas las historias y halagos que habían escuchado acerca de ella. Al instante supieron que la capital gala se convertiría para ellos en una suerte de lugar de peregrinación, un lugar al que regresar cada pocos años para que la magia con que la ciudad había impregnado cada poro de su piel nunca se llegara a desprender del todo. El último día, cenando a la luz de las velas, decidieron convertir su amor en eterno bajo la forma de una promesa.

 

Pasó una nueva página y una lágrima resbaló por su mejilla. La India había sido complicada. Recordaba que ella no quería ir, pero él insistió hasta convencerla, asegurando que sería bueno para ambos. Tenía razón, al menos en parte. Recorriendo las congestionadas calles de Nueva Delhi, bañándose de color en el Holi en Calcuta, cruzando la jungla a lomos de un longevo elefante, lograba evadirse, pero cada vez que veía a un niño no podía evitar llevarse una mano añorante a su vientre. No había llegado a conocerlo y, sin embargo, lo echaba de menos. Demasiado.

 

Los siguientes sellos le recordaron uno de los días más felices de su vida, no por la ceremonia y la protocolaria celebración, sino porque supuso la definitiva unión entre ambos así como el punto de partida de un viaje muy especial. Prescindieron de degustar miel durante el siguiente mes lunar, como marcaba el tradicional origen de la expresión, y en su lugar descubrieron infinidad de sabores y olores en las cuatro semanas siguientes a aquel día. México, Colombia, Perú, Chile, Argentina y Brasil. Veintiocho días viviendo otro mundo, otra historia, otra filosofía vital, sintiéndose transportados por cada nuevo descubrimiento, por cada idílico rincón y cada sonrisa en el rostro de un desconocido que los recibía como a su propia familia. Aquel viaje le hizo comprender que tal vez no había llegado el momento, que tal vez debían esperar, pero que lo volverían a intentar y lo conseguirían.

 

Tras aplazar parte de sus proyectos vitales, viajaron a Australia. Allí se dejaron embargar por el particular encanto de una tierra salvaje, ignota y propensa a la aventura. Bucearon para descubrir las coralinas maravillas de la Gran Barrera, se sumergieron enjaulados para contemplar los inclementes escualos, se internaron a bordo de una destartalada camioneta en las autopistas desérticas plagadas de canguros y ualabíes. Sintieron en sus propias pieles la historia de colonos e indígenas luchando por aquellas tierras, de la fiebre del oro y de la posterior llegada de ricos europeos para continuar explotando el continente. Aquel viaje lo disfrutaron sin remordimientos, con energías plenamente renovadas y sabiendo que aquel era su momento, un momento que nunca volvería y que debían, por tanto, aprovechar.

 

En esa época fueron muchos los viajes que se sucedieron, espaciados por apenas unos meses y comprimidos en las últimas hojas de sellos del documento. Pero solo uno de ellos sería el que los marcara a ambos para siempre. Entre las montañas, lagos y bosques de arce disfrutaron de interminables excursiones buscando el pleno contacto con la naturaleza. Sin embargo, con lo que más intensamente conectaron entonces fue con el cruel destino. El viaje terminó, tras un paso por una anodina habitación repleta de aparatos, con los dos sentados frente a un escritorio. Al otro lado, el médico canadiense actuó como canal de comunicación de la peor de las noticias, que se podría resumir en “cáncer” y “un año”. “Tal vez algo más”, había añadido, como si eso pudiera hacer mudar la desazón que los había invadido y que no los abandonaría hasta el final.

 

Decidieron que eso no los frenaría, que mientras pudieran seguirían con su vida, con sus viajes, rellenando ahora huecos entre sellos, pues habían ya agotado las hojas del pasaporte. Fueron cerca de una decena, a los cinco continentes, durante las cuatro estaciones que seguían repitiéndose como si nada hubiera cambiado. Pero todo había cambiado, y el temido momento los asaltó en Japón. Sucedió de noche, sin ruido alguno que lo advirtiera, mientras dormían en una céntrica pensión a través de cuya ventana se filtraban las coloridas luces de los neones en la calle. El viaje de vuelta fue bautizado, en una desafortunada decisión, como repatriación. No regresaba a su patria, pues no tenía una patria, sino tantas como sellos aquel pasaporte.

 

Ahora, recién cumplidas las despedidas, sujetaba en su mano el pasaporte mientras contemplaba la reluciente urna de plata sobre la repisa. Echó un último vistazo a las páginas del documento y la lágrima que recorría su mejilla se diluyó en la comisura de una media sonrisa. Ahí estaba, siempre a la vista aunque no lograra verlo hasta entonces. Sabía que tenía que haber alguno.

 

Satisfecha por haber encontrado espacio para un último viaje antes de completar definitivamente aquel pasaporte, apoyó una mano sobre la urna y la otra sobre su bajo vientre, sujetando con delicadeza la incipiente prominencia, mientras susurraba:

 

—¿Qué os parece Tailandia esta vez?

Publicado la semana 29. 20/07/2018
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