Semana
28
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La puerta roja

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Relato
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Todo comenzó cuando abrió aquella puerta. Era roja, muy llamativa. Se encontraba al final del pasillo, bajo la luz de una única bombilla suspendida del techo. A su mente llegó la imagen de una película, cuyo título exacto no recordaba pero que hacía referencia a un armario, una bruja y algo más. Recordaba que le había gustado, y ello le provocó una cierta excitación por lo que encontraría al otro lado. Pero también le recordaba a otra película: una puerta roja, iluminada entre las tinieblas, rodeada por una densa niebla. Aquella no le había gustado. No le gustaban las películas de terror, y aquel recuerdo la invitaba a no cruzar la puerta. Pero ahora que estaba ahí no podía echarse atrás. La curiosidad fue más fuerte que el miedo y rodeó el frío pomo con la mano.

 

Cruzó la puerta y se encontró en una habitación vacía, a excepción de un mueble repleto de libros en la pared opuesta. Se aproximó a este y acarició los lomos. Todos ellos eran de diferentes tamaños, texturas y tipografías, pero solo uno captó su atención por encima de los demás. Tenía que cogerlo. Sabía que no debía hacerlo, pero tenía que cogerlo. Lo sujetó y tiró hacia ella. Pero este no cedía, parecía estar incrustado entre los demás, adherido a la madera con el más resistente de los adhesivos. No dispuesta a darse por vencida, lo sujetó con ambas manos. Tiró y tiró, con todas sus fuerzas, hasta que escuchó el crujido y fue demasiado tarde.

 

El mueble se abalanzó sobre ella. Cerró los ojos y se cubrió la cabeza con los brazos, tratando de amortiguar el impacto. Pero este nunca llegó. Abrió los ojos y se descubrió sentada en medio de una pradera de un verde como pocas veces había visto. Su mano sujetaba todavía el libro, que inexplicablemente se había desprendido al fin de la desaparecida biblioteca. Lo abrió y, para su sorpresa, no encontró texto sino imágenes.

 

Pasó la primera página, en la que había un bosque dibujado. En la siguiente se veía el mismo bosque, pero en el centro se alzaba una pequeña construcción. Siguió pasando páginas en las que el dibujo se repetía una y otra vez, con sutiles modificaciones, creando el efecto de que las hojas de los árboles se mecían al viento y que la construcción, un pozo, parecía estar cada vez más próxima. Al alcanzarlo, el dibujo cambió de plano. Ahora veía el pozo desde arriba. El hueco lo cubrían unos listones de madera, que comenzaron a deslizarse mientras algo se abría paso entre ellos, hacia el exterior. No quería seguir mirando, pero sus manos continuaban pasando las páginas, aproximándose cada vez más a la oscura abertura, con voluntad propia. Hasta que la garra salió, la sujetó por el cuello y tiró de ella.

 

Se internó en la más absoluta oscuridad, arrastrada por una fuerza intangible, que finalmente liberó su cuello. Recuperando el aliento, de rodillas, palmeó la superficie sobre la que se encontraba. Era dura e irregular, como de piedra. Con esfuerzo se puso en pie, y distinguió una diminuta luz resplandeciente al frente. ¿Sería aquello que la había arrastrado hasta allí? No lo parecía. Aquella luz transmitía una sensación de paz, de calma, no terror. Tratando de averiguar dónde se encontraba, giró sobre sí misma y descubrió que cada vez eran más las luces que aparecían a su alrededor. Parecía todo un firmamento de estrellas, constelaciones formadas alrededor no de una estrella mayor, sino de ella misma.

 

Sin previo aviso y al mismo tiempo, las luces comenzaron a moverse, a girar cruzándose ante sus ojos. El ritmo incrementaba a cada segundo que pasaba, hasta hacerse imposible seguir con la vista su recorrido. Aún así lo intentó, tenía que averiguar qué estaba ocurriendo, pero pronto sintió cómo le faltaba el aire y un sudor frío le resbalaba por las sienes. Los párpados se le cerraban y todo daba vueltas, ya no solo las luces sino su propio interior, su mente. Perdió el control de su cuerpo y sintió cómo se precipitaba de espaldas, directa hacia la dura superficie. Justo antes de impactar, su consciencia se desvaneció.

 

Se despertó en un lugar diáfano, una inmensa estancia de paredes blancas como la cal. Cuando su vista se adaptó a la luz, comenzó a distinguir formas, colores, siluetas, rostros que activaron sectores de su memoria. Mamá. Papá. Abuela. Hermano. Y ella. ¿Qué hacía ella ahí? ¿Y por qué parecían todos tan enormes? Trató de avanzar hacia ellos, suponiendo que debía tratarse de algún efecto óptico, pero su paso se vio interrumpido por una pared de cristal. Palpó a su alrededor como un mimo y comprobó que se encontraba en el interior de una esfera de cristal, como aquellos recuerdos con artificiales copos de nieve en su interior.

 

Al otro lado del cristal todos hablaban, discutían, y la mayoría lloraban. No comprendía qué estaba ocurriendo, por qué nadie parecía reparar en su presencia. Y, sobre todo, qué hacía ella ahí. No era que no pudiera estar, pero resultaba extraño. ¿Por qué razón estaría su amiga con toda su familia, en medio de una discusión entre lágrimas? Parecía como si algo malo hubiese ocurrido. Pero, ¿de qué se trataba?

 

Su madre se aproximó y rodeó con sus dedos la esfera de cristal, asiéndola y alzándola ante su rostro. La hija comenzó a gritar desde su interior, tratando de llamar su atención, sin ignorar lo extraño que le resultaba encontrarse frente a los gigantescos rasgos demacrados de su madre. Una gruesa lágrima se deslizó por la mejilla de esta última en el momento en que llevó la mano hasta detrás de su nuca. Dentro, la hija trató de mantenerse en pie, zarandeada por el movimiento, pero todo esfuerzo resultó inútil cuando el continente se vio proyectado, abandonando el agarre de los dedos para salir disparado por el aire, cruzando la estancia, en dirección a una de las paredes.

 

El impacto no fue como esperaba. No hubo ruido, ni miles de pedazos de cristal diseminados, ni golpes y cortes. Por el contrario, lo único que sintió fue una ráfaga de aire envolviéndola, aislándola de todo por un instante. Cuando esta se desvaneció, llegó a sus oídos el estruendo de una concurrida avenida. Los coches, la gente vociferando por el móvil, las bocinas, el frenético pitido del semáforo.

 

—Vamos, que nos da tiempo.

 

Su amiga pasó corriendo por su lado. Se detuvo en medio del paso de peatones y le hizo gestos para que la siguiera. Pero ella no reaccionó, solo observó a su alrededor, y vio el primer coche de la fila, un monovolumen con unos cuantos años a sus espaldas. En su interior, una pareja discutía airadamente. Entonces, todo sucedió en solo un segundo.

 

El pitido cesó y fue sustituido por un intenso bocinazo. Una luz verde se encendió en lo alto, los neumáticos comenzaron a avanzar por el asfalto, el motor empujó con contundencia. El rostro de su amiga se contrajo en una expresión de pánico, ella salió corriendo, sin importarle por primera vez en su vida si pisaba las líneas negras o las blancas. Llegó hasta su amiga, con los brazos por delante y entraron en contacto. La empujó, con fuerza, al tiempo que sentía cómo su propio cuerpo caía, cómo el asfalto estaba cada vez más próximo. Logró frenar la caída a tiempo, pero por el rabillo del ojo vio algo sobre ella, una mole de metal y plásticos, una máquina infernal. Cerró los ojos, esperando lo inevitable, abrazando el impacto, sintiendo cómo una sensación de final la atravesaba.

 

Al abrir los ojos, la vio de nuevo. Allí, estoica, bajo la luz: la puerta roja. Volvía a estar ante ella, pero ahora creía comprender dónde estaba. O, al menos, qué había ocurrido y por qué se encontraba allí. Le costó, pero lo aceptó. Aquella sería su existencia a partir de entonces, un bucle infinito, reviviendo una y otra vez cada escena, cada detalle, cada sentimiento. Resignada, rodeó el pomo y empujó, dispuesta a enfrentarse a la única cosa que sabemos que llegará, pero nunca cuando.

 

Una luz la cegó, obligándola a cerrar los ojos. Cuando la intensidad de esta se redujo, pudo volver a abrir los ojos. Sabía que se encontraba en la habitación de los libros, pero le sorprendió encontrarse mirando hacia el techo y, sobre todo, descubrir allí una barra fluorescente, adherida al falso techo. Sentía una incómoda presencia asomándose a sus orificios nasales y un intenso escozor en la parte interior de su codo. Se percató de que su cuerpo, cubierto únicamente por un fino camisón y una sábana, yacía sobre un mullido colchón. A su espalda, oía un rítmico pitido, que parecía acompasado con el latido de su corazón.

 

Cuando oyó la voz, y la reconoció, comprendió que estaba equivocada: no solo no se encontraba en la habitación de los libros, sino que el momento para el que acababa de prepararse todavía no había llegado. Le había sido concedida una prórroga, y no pensaba desaprovecharla.

 

—¡Ha despertado!

Publicado la semana 28. 11/07/2018
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