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27
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Madrugadores

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—¡Te he dicho que la abras, joder!

 

El cuerpo de la mujer temblaba de miedo, arrodillada sobre el suelo de refinado parqué de la entidad. El hombre encapuchado presionaba el cañón de la pistola contra su nuca, incitándola a cumplir cada una de sus palabras.

 

La puerta de entrada se abrió y una ráfaga de aire fresco se coló, proveniente del exterior. Una figura se detuvo justo delante del acceso abierto, echando una mano al arma colgada de su cinturón.

 

—¡Vamos, ponte de pie! —le exigió el encapuchado a la empleada, una joven madre soltera que en ese momento maldecía el día en que el trabajo de cajera en el banco le había parecido la manera más segura de llegar a pagar las facturas—. Abre la caja fuerte, si no quieres que te vuele la tapa de los sesos.

 

—Solo el señor González, el director, conoce las claves. —A pesar de haberse puesto de nuevo en pie, la mujer se resistía a avanzar—. Se cambian todas las noches.

 

—No me vengas con mentiras estúpidas. —Retiró el seguro de la pistola y apretó con más fuerza, esta vez contra sus riñones—. Vamos a la parte de atrás. Seguro que por el camino recuerdas los números.

 

Las dos figuras abandonaron el recibidor desierto todavía a esa hora de la mañana. Ninguno de sus compañeros de trabajo había llegado, mucho menos su jefe, y el horario de atención al público de la sucursal todavía no había comenzado.

 

El agente cruzaba con paso cauteloso el recibidor de la entidad, un amplio espacio despejado y delimitado por las mesas repletas de documentos a los lados y el mostrador de noble madera al fondo, coronado por rejas de metal semejantes a las de una prisión. En una esquina había una puerta entornada, tras la que debía esconderse la caja fuerte. Hacia allí dirigía sus pasos.

 

Nada más entrar a la antesala de la caja fuerte, el atracador se detuvo súbitamente, echando un vistazo a su espalda sin dejar de apuntar a la atemorizada empleada.

 

—¿Qué ha sido eso? No quiero tonterías, eh.

 

—Yo no he oído nada —mintió ella, de pronto esperanzada. ¿Había alguien en el recibidor? ¿Se habría percatado de lo que ocurría y llamaría a la policía? Eso esperaba.

 

—¡Vamos, ábrela!

 

El hombre golpeó a la mujer con la culata de su arma, haciendo brotar un hilo de sangre precipitado desde su ceja partida. Ella quiso gritar, exteriorizar el dolor que le laceraba en ese momento el rostro, pero se contuvo. Tenía que continuar reteniendo la atención del atracador, que no reparara en su posible salvador.

 

Se dirigió al panel numérico en la pared, a escasos centímetros de la compuerta de acero blindado, de casi tres metros de diámetro y uno de espesor. Apoyó la frente en la pared y cerró los ojos. Sentía la cabeza como una bomba enfilando los últimos milímetros de mecha, olía ya la pólvora y la chispa. No era tan difícil, solo ocho números, entre el uno y el nueve. Hacía solo media hora que los había recibido por mensaje, leído en su teléfono, guardado en su bolso bajo el mostrador. Demasiado tarde para volver a por él sin comprometer a su salvador.

 

El agente alcanzó la puerta y apoyó la espalda contra ella. No necesitaba abrirla más, podía cruzarla por el hueco ya abierto. Lo agradecía. Sujetó la pistola con ambas manos, extendiendo los brazos hacia abajo. Una simple rotación, levantar los brazos y… ¿Qué? ¿Qué esperaba encontrarse al otro lado? No había tiempo para las dudas. Cogió una gran bocanada de aire antes de que sus pies comenzaran a trazar el giro.

 

Llegaron como un fogonazo, un atisbo de lucidez entre una tormenta de conmoción. Cuatro, dos, cero, cero, nueve, uno, ocho, cinco. Pulsó las teclas con dedos temblorosos, rezando para sus adentros por que no hubiera sido engañada por su memoria. Una sucesión de sonidos metálicos a la orden de un pitido digital la hicieron volver a respirar.

 

—¡No te quedes ahí parada, estúpida! ¡Ábrela!

 

La mujer rodeó con sus manos el alargado asidero de metal y tiró con fuerza. La pesada puerta cedió y se deslizó hacia fuera, dándoles acceso al interior de la caja fuerte, una sala de paredes de hormigón armado en combinación con láminas de titanio reforzado: absolutamente inexpugnable según la empresa constructora. Salvo que pudieras manipular a una cajera, claro.

 

—¡La hosti…! —comenzó a exclamar el atracador, al contemplar lo que guardaba el interior, antes de verse de nuevo acuciado por el tiempo que escaseaba—. Vamos, adentro. Todavía tenemos trabajo que hacer.

 

El agente conocía a Marisa, la encargada de abrir esa mañana la oficina. Le sorprendió ver la puerta abierta y las luces encendidas tan temprano. A esa hora, su vecina debería estar todavía sola, haciendo recuento de caja o lo que quiera que hicieran los banqueros a primera hora. Él se dirigía a la comisaría tras una larga guardia nocturna. No sabía si la alarma silenciosa se había activado y una patrulla estaba ya de camino, pero no podía pasar de largo.

 

Ahora estaba de pie, en la vacía antesala de la caja fuerte, apuntando a una pared desnuda. Reparó en que la compuerta de metal estaba abierta. Tenía que estar ahí dentro. ¿Quién? No lo sabía con certeza, pero algo le hacía sospechar que no solo la joven mujer. Se dirigió al resquicio abierto en el acceso blindado, apuntando su arma reglamentaria hacia el frente.

 

—¿Qué ha sido eso? —musitó el atracador, asustado. Encañonó a Marisa, la cajera, contra la pared—. Te he dicho que nada de tonterías. ¿Has avisado a alguien?

 

Marisa negó con la cabeza, sin hacer ningún ruido. Estaba segura de que su salvador estaba al otro lado de la compuerta, esperando al momento adecuado para entrar y abatir a este malnacido, pero, ¿por qué no lo hacía ya? ¿A qué esperaba?

 

El agente sujetó con los dedos el borde de la plancha metálica, preparándose para tirar hacia él y girarse hacia el interior.

 

La puerta se movió, de forma casi imperceptible. El atracador, de espaldas, no se percató, pero Marisa sí. Aquella era una señal. Tenía que ayudar a su salvador a salvarla. Se lanzó hacia el hombre, gritando con las fuerzas que le restaban.

 

—¡Ahora! ¡Está armado!

 

La puerta se abrió.

 

El agente entró, con decisión.

 

El atracador se sorprendió.

 

Marisa lo vio. Lo reconoció. Lo comprendió.

 

Un disparo resonó contra las paredes.

 

Al agente se le cayó de pronto el alma a los pies. No podía retirar la vista de aquella pared. Bajó el arma y se arrodilló, agotado por la tensión. No podía estar seguro, pero lo sabía. Una arcada lo sacudió al visualizarla en su mente, pero logró controlarla. Aquella mancha de sangre, todavía fresca, era todo lo que quedaba de Marisa.

 

—¡Mierda! ¿Qué haces aquí, idiota? —preguntó el atracador a la figura detenida en la entrada a la caja fuerte, a la que ya apuntaba con su pistola humeante—. Te dije que te quedaras vigilando.

 

—No hay nada que vigilar, jefe. La muy estúpida no tenía activada la alarma. Va a tardar mucho en llegar nadie.

 

—¡Pues mira lo que ha pasado por tu culpa! ¡Joder! —El jefe señalaba al cuerpo de Marisa, tendido contra la pared, con una mancha carmesí extendiéndose a la altura de su pecho, a través de la blusa—. No te quedes ahí parado, guarda todo lo que te quepa en los bolsillos. Yo me encargo del cuerpo.

 

Concluida la tarea, salieron de nuevo a la calle. A esa hora nadie en el vecindario estaba despierto todavía, por lo que nadie los vio dirigirse a la furgoneta negra aparcada, uno con los bolsillos rebosantes de billetes y el otro cargando en brazos con la inerte cajera. Antes de ser descubiertos, arrancaron el vehículo y se alejaron en dirección a un lugar seguro donde deshacerse de las pruebas y repartir el botín.

 

Justo antes de girar al final de la manzana, el jefe echó un vistazo al retrovisor. Por él pudo ver cómo un coche patrulla con las luces apagadas se detenía frente a la oficina del banco y cómo de este se apeaba un hombre. Pisando con fuerza el acelerador, sonrió. En realidad, lo que quería era llorar y gritar, pero no podía dejar de sonreír. Por fin podría llevar a su mujer a esa clínica de San Francisco. Por fin podría decirle que sí, que viviría.

Publicado la semana 27. 04/07/2018
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