Semana
26
artguim

Simulacro

Género
Relato
Ranking
0 77 3

—¡Corre Emmanuel! ¡Corre hacia la colina y no mires atrás!

 

Hacía unos minutos que las sirenas y los disparos habían comenzado a sonar. Por las calles, los demás vecinos del pueblo huían despavoridos, en un inútil intento por burlar su negro destino. Pero eso, a sus escasos seis años de edad, el pequeño Emmanuel no lo comprendía. Lo único que su inocente mente captaba era que sus padres lo estaban echando, casi empujando, por la puerta de atrás de su casa.

 

—¿Por qué no venís vosotros también? —les preguntó, desde detrás de una mirada vidriosa.

 

—Ya habrá tiempo para explicártelo, cariño —le respondió su madre, con apremio en su voz, mientras cerraba lentamente la puerta, resistiéndose a hacerlo—. Cruza el cementerio y escóndete en lo alto de la colina hasta que nosotros lleguemos. Y recuerda que te queremos mucho, mi amor.

 

Cuando la primera lágrima se desprendió sobre la mejilla de la mujer, la puerta de atrás de la casa se cerró con tierna suavidad y la delantera se abrió de golpe, por efecto de la embestida de un fornido soldado de uniforme, con galones en forma de calavera en su chaqueta. Emmanuel no fue consciente de ello pues, haciendo caso a las palabras de sus padres, avanzaba ya hacia el cementerio, manteniéndose fuera de la vista de los adultos corriendo en todas direcciones a su alrededor.

 

Conocía de memoria el camino hasta la cima de la colina: lo había recorrido millones de veces con su padre, en lo que él solía llamar algo así como “simulacros”. Discurría a través de fincas y segmentos de bosque pero, como era cerca de mediodía, la luz del sol le permitía avanzar a buen ritmo, sin tropezar con los diversos obstáculos en su trayectoria. Dejó atrás el cementerio y ascendió la ladera de la colina.

 

Al llegar a la cima, contravino por primera vez las concretas instrucciones de su padre. Se detuvo y contempló el pueblo allí abajo. Desde la distancia, distinguió su escuela, contigua al ayuntamiento, la oficina postal y el hotel. Por la calle principal avanzaba un tanque de guerra, en dirección a la Plaza del Mercado . Allí se alzaba la iglesia, ante la que permanecía anclada una pareja de acorazados. Comprendió que se trataba de aquellas personas sobre las que había escuchado hablar a sus padres muchas noches: los alemanes, que al parecer estaban en guerra con Francia y media Europa. No comprendía qué hacían allí, en su pueblo.

 

Pudo ver entonces cómo diversos grupos de personas se congregaban en la plaza: parecía que se hubiera reunido en la explanada todo el pueblo. A continuación, aquella masa de gente comenzó a dividirse en dos grupos. Hasta Emmanuel llegaban gritos de desesperación, nombres gritados al viento, llantos desconsolados. El grupo menos numeroso se alejó del pueblo, mientras el otro entraba atropelladamente en el templo.

 

Un silencio absoluto dominó los segundos siguientes, hasta que el eco de cientos de disparos llegó hasta los oídos del pequeño, mezclado con desesperados gritos agónicos y fugaces destellos de luz. Emmanuel no comprendía lo que acababa de ocurrir o, al menos, no quería comprenderlo, porque no encontraba una explicación lógica. Pero, por si acaso, un involuntario grito se abrió paso por su garganta, hasta verterse en el viento.

 

—¡Papá, mamá!

 

Como si respondieran a su llamada para confirmar sus sospechas, las llamas comenzaron a asomar por las ventanas de la iglesia, ascendiendo sin control y devorando todo a su paso. Emmanuel comprendió que había llegado el momento de volver a hacer lo que sus padres le habían dicho. Con lágrimas en los ojos se giró y salió corriendo en dirección a la gruta que se internaba hacia las profundidades de la colina, conectando con un túnel de varios centenares de metros de longitud. Su padre le había dicho que era muy peligroso internarse en ese pasadizo, pero a escasos cinco metros de su entrada había un recoveco en la pared, a donde solo alguien de su tamaño podía acceder. Allí era donde se suponía que se tenía que esconder.

 

Justo antes de alcanzar la entrada de la cueva, oyó una voz a su espalda, pronunciando su nombre. Se volvió hacia ella, dando por hecho que se trataría de imaginaciones suyas, pero se encontró con Monsieur Chifflet, el amable panadero, corriendo azarosamente hacia él, apretando con fuerza algún punto a la altura de su pecho. Parecía hacerle señales con la mano libre, y su rostro mostraba una expresión de espanto.

 

No le dio tiempo a alcanzarlo. Apenas un instante después, Monsieur Chifflet se precipitó al suelo y, tras él, Emmanuel descubrió a un hombre con uniforme militar, sujetando hacia el frente una pistola humeante. Sus vistas se cruzaron y se mantuvieron la una a la otra durante un instante, desafiándose. Hasta que el pequeño volvió a correr.

 

Sin mirar atrás, pero escuchando cómo el soldado lo perseguía a un ritmo que lo aterrorizaba, Emmanuel cruzó la entrada de la cueva y se dirigió al punto indicado. Palpó la pared con ambas manos hasta dar con la hendidura. Se dispuso a deslizarse entre las dos secciones de roca, para acceder a su escondrijo, cuando se percató de que sus hombros tropezaban con algo. Había crecido desde el último “simulacro”, y tal vez ahora no cupiera por el estrecho hueco. Siguió empujando con todas sus fuerzas, sintiendo los arañazos en todo su cuerpo, hasta que escuchó la voz del soldado reverberando hacia el interior de la cueva.

 

—¿Dónde te escondes, pequeña sabandija? —lo oyó exclamar, en un imperfecto francés marcado por el rudo acento alemán.

 

El cuerpo de Emmanuel se contrajo en ese momento en un respingo de sorpresa, y gracias a ello logró deslizarse hacia el interior del escondite, algo más amplio. En silencio y conteniendo la respiración, se acuclilló en una esquina, envuelto por una oscuridad total, a la expectativa.

 

—¡Ya basta de juegos, asqueroso gabacho! —se oyó de nuevo la desagradable voz del soldado—. Sal de dondequiera que…

 

La frase se vio interrumpida por un sonido extraño, como si algo atravesara el aire y luego golpeara otra cosa. Un sutil ruido, como de gárgaras, precedió al silencio absoluto. Entre las sombras, Emmanuel discernió cómo una figura se asomaba a la entrada de su escondite. No pudo ver de quién se trataba, pero sí pudo ver cómo una pata, algo más grande que la de un perro, se retiraba hacia el pasillo central de la gruta, descubriendo bajo ella una sección de piedra resplandeciente.

 

Movido por la curiosidad, Emmanuel se puso de nuevo en pie y salió del escondite. Ante él, varios de estos destellos se desplegaban en una línea que se internaba en el pasadizo, sorteando el cuerpo del soldado, con la garganta seccionada y tendido sobre un charco de sangre en el suelo. Aquello hizo dudar a Emmanuel, pero lo que pudo distinguir a continuación entre las sombras, en medio de aquel extraño sendero iluminado, venció todas sus reservas.

 

—Ven conmigo, Emmanuel. Todo ha terminado.

 

Y así, el pequeño siguió al felino de oscuro pelaje, hacia el portal que se abría en la pared de piedra a escasos metros de distancia, dejando tras él la crudeza de una guerra que, al igual que la de tantos miles de personas, se había llevado por delante la vida de todo su pueblo, incluida la de sus padres.

Publicado la semana 26. 29/06/2018
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter