Semana
23
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Primavera y esmeraldas

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Hay muchas cosas que recuerdo de mi paso por el instituto: las clases, los exámenes, los festivales, las nuevas amistades, los bailes de fin de curso. Pero si hay algo que me ha marcado por el resto de mi vida, y que ha quedado grabado indeleblemente en mi memoria, es esa mañana de Noviembre, ya empezado el curso, en que la puerta de nuestra aula de 3°C se abrió de forma inesperada. No estaba prevista ninguna interrupción, no creíamos que hubiera ningún anuncio urgente y ni mis compañeros ni yo nos sentíamos mal para que nos vinieran a buscar. Por ello, nuestra imaginación voló hacia los más dispares recodos.

 

Todo se desplomó, sin embargo, cuando vimos entrar al director, el señor Roberts. Él no tenía nada de sorprendente o emocionante, era la misma figura rechoncha rozando los sesenta, de aspecto sudoroso y poblado bigote negro bajo la nariz aguileña. Tras las gafas de gruesa montura, un par de ojos diminutos nos recorrieron, examinándonos rápidamente uno por uno, tratando de comprender el motivo de nuestra repentina decepción. Al mismo tiempo, la señorita Williams se levantó de su escritorio y se aproximó al señor Roberts.

 

—Buenos días, director.

 

—Eh… sí, sí. Buenos días. —Sin dedicar a su subordinada más atención que la que nosotros habíamos estado prestando a las explicaciones sobre la concepción del paso del tiempo que algún decimonónico autor de cuarta división había plasmado en sus obras, el director se giró hacia nosotros y carraspeó, aclarándose la voz antes de volver a hablar, con un tono radicalmente carente de emoción—. Hoy tengo que presentarles a una nueva compañera, que compartirá con ustedes lo que resta de curso. Sus padres se están divorciando porque, al parecer, él es un alcohólico o no se qué, así que ella se ha mudado con su hija a Johnstown, al menos hasta que se calmen las aguas. Bueno, y eso es todo. Me voy, que tengo cosas que hacer.

 

Y así, sin más, salió por la puerta de vuelta al pasillo, dejándonos a todos con cara de asombro. Aunque creíamos estar ya acostumbrados al arisco carácter del director, aquello superaba nuestras expectativas. Me pareció que había violado todas las normas de ética y moral existentes, al exponer con tal desidia unos motivos de tal calado. Al menos, había tenido la consideración de no decirlo con la pobre chica delante.

 

—Adelante, entra, por favor —dijo justo entonces la señorita Williams, dirigiéndose hacia la puerta todavía abierta.

 

Fue en ese momento cuando, como un arcoíris tras la tormenta, apareciste por la puerta. Lo primero que captó nuestra atención fue tu vestido, con diminutas flores de colores, y tu largo cabello pelirrojo, adornado con una simple diadema. Por allí, las niñas no vestían así, eran más de vaqueros y camiseta, por lo que tu presencia supuso desde el primer instante un soplo de exótico aire fresco.

 

—Clase, os presento a Claire Barnes —reanudó la profesora la presentación, ella sí con algo más de tacto—. Como ha dicho el director, va a ser vuestra compañera durante el resto del curso, así que quiero que seáis amables con ella y que la ayudéis a adaptarse. —Se inclinó hacia ti, sujetándote por el hombro en señal de apoyo, y te invitó a ponerte cómoda—. Siéntate donde quieras, preciosa.

 

Con cohibida decisión, avanzaste por el pasillo entre pupitres hacia uno libre al fondo, y tu camino te llevó a pasar por mi lado. Fue en ese instante cuando me percaté de dos detalles inéditos: aunque estábamos encarando ya el invierno, olías a primavera, y el verde que adornaba tus ojos era el de las más radiantes esmeraldas. También fue en ese instante cuando, sin saberlo, me enamoré irremediablemente de ti.

 

Durante el resto de la clase, el encerado perdió el poco interés que hasta entonces le había dedicado, pues todas mis atenciones se desviaron hacia el pupitre del fondo en el que el ser más precioso que jamás hubiera visto luchaba contra la inseguridad y la timidez, viéndose abandonado a su suerte en un campo de batalla del que apenas sabía nada. Sin embargo, no tardé en hacer que, fortuitamente, tropezáramos en el pasillo. Fue la primera vez que hablamos, esa misma mañana —tienes que perdonarme, pero no podía aguantar por más tiempo—. Día a día, fue surgiendo entre nosotros una fuerte amistad, y esta dio paso a algo más intenso e íntimo tras ese primer beso en el jardín trasero de tu casa, escondidos entre los arbustos.

 

Todo fue perfecto durante los casi tres años que compartimos en el instituto, pero entonces llegó la Universidad, y los dos teníamos aspiraciones, que nos condujeron a costas opuestas del país. Los años que pasé en el MIT, formándome como genetista, fueron maravillosos, pero siempre tuve la impresión de que algo faltaba en mi vida, que no era todo lo feliz que podía y deseaba ser.

 

Años después, logré rehacerme, labrar una nueva vida. Llegó el trabajo en Boston, en el Hospital General de Massachusetts. También encontré de nuevo el amor, la persona perfecta con la que compartir el resto de mi vida, y poco después llegaron Ben y Meghan.

 

Ahora, vuelve a ser noviembre y, como cada año, me acuerdo de esa mañana, en el instituto de Johnstown, en que toda mi existencia dio un vuelco. Jamás hubiera imaginado en ese momento que algún día estaría sentado en el porche de mi casa en Beacon Hill, contemplando a mis dos hijos jugar. Tampoco habría imaginado que pudiera existir algún ser más perfecto que aquel que se sentaba en la última fila, pero ellos dos lo son. No podría estarle más agradecido a la vida y, por supuesto, a ti. Tú has sido siempre el motivo último de mi existencia.

 

Como si de pronto volviera a la realidad, noto cómo una lágrima resbala por mi mejilla. Me la enjugo velozmente, pues no quiero preocupar a los niños, pero sí hay alguien que se preocupa. Siento el tacto de una mano deslizándose sobre la mía, apoyada en el escalón de madera del porche. Un escalofrío me recorre el cuerpo, el temor de que todo haya sido un sueño, de que algo de lo que ha convertido en perfecta mi vida haya cambiado, pero un simple vistazo hacia mi lado despeja todas las dudas: las esmeraldas siguen resplandeciendo como al principio y todos los días del año huelen a primavera.

Publicado la semana 23. 05/06/2018
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