Semana
22
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Ya casi hemos llegado

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—¿A dónde me llevas, Charlie?

 

Ya es casi medianoche y hace un frío de mil demonios. Todavía me pregunto qué hacemos aquí a estas horas. Es cierto, me ha dicho que lo acompañara pues tenía que enseñarme algo, pero no me basta con eso. ¿Por qué tiene que ser precisamente ahora? ¿Por qué no esperar a mañana por la mañana? Me comen por dentro las ganas de plantarme, de volver a mi casa y refugiarme bajo mis cálidas sábanas de franela, pero tengo que resistir y seguir a su lado. Charlie no se lo merece, y menos después de que esa desagradecida de Emily lo haya dejado plantado a solo tres meses de su boda, marchándose sin siquiera despedirse o decir a dónde iba.

 

—Ya casi hemos llegado —se limita a responderme, casi en un susurro.

 

También es cierto que Charlie lleva unas semanas un poco raro. Se le ve pálido y cansado, desganado. Tengo miedo de que esté enfermo y no se atreva a decirlo, o que la marcha del amor de su vida le haya afectado más todavía de lo que suponíamos. Aunque, pensándolo bien, hace solo cinco días que Emily se ha marchado, y esto viene de antes. Está claro que algo le pasa a Charlie, y no soy capaz de averiguar de qué se trata.

 

—¿Qué narices hacemos aquí, Charlie?

 

Cuando me doy cuenta, estamos atravesando la verja abierta del cementerio. La luz de la luna ilumina las lápidas, las flores, los recordatorios. Avanzamos por un sendero de gravilla, que cruje bajo nuestros zapatos a cada paso, quebrando el silencio casi sepulcral de la noche. Solo falta una niebla densa y un puñado de manos en descomposición surgiendo de la tierra para estar en una película de terror.

 

—Ya casi hemos llegado —me repite, sin girarse hacia mí, caminando siempre un par de metros por delante para guiarme. Vuelve a hablar cuando llegamos a nuestro destino—. Es aquí.

 

Nos detenemos ante un enorme mausoleo de piedra, decorado con decenas de esculturas y relieves de diferentes formas y tamaños, y con una inscripción coronando la puerta de entrada: “ad vitam, per mortem”. ¿Qué se supone que significa esa frase?

 

—No pienso entrar ahí, Charlie —protesto.

 

Pero parece como si no me oyera. Arrastrando los pies y con la cabeza baja, abre la puerta y se interna en el pasadizo que se abre, en descenso hacia el interior de la tierra. Sin estar del todo convencido, decido seguirlo a través de la oscuridad. Aprieto el paso para no perderlo de vista, pero pronto su figura se funde con las sombras.

 

—¿Charlie? —lo llamo, comenzando a asustarme—. Si esto es una broma, no tiene gracia. Te lo advierto, como sea una broma de las tuyas…

 

Pero no lo es: hace semanas que Charlie no gasta ninguna de sus habituales bromas. Continúo avanzando, a tientas, hasta que vislumbro una luz temblorosa hacia el frente. El pasadizo traza un ligero giro y desemboca en una pequeña sala. En la pared del fondo destaca un pequeño altar de piedra blanca veteada. Sobre este descansa un candelabro con seis velas encendidas, que ilumina la cruz de madera colgada más arriba. Al primer vistazo, percibo que algo no está bien, pero no logro identificarlo hasta que me vuelvo a fijar: es la cruz, está del revés. En ese momento, siento que algo se desliza a mi espalda. Una voz desconocida, y al mismo tiempo familiar, me susurra un “ya hemos llegado” al oído. Antes de que pueda reaccionar, un duro golpe en la nuca me noquea.

 

Comienzo a despertar un tiempo después, sintiendo mi cuerpo magullado. Abro los ojos y descubro que sigo en el mismo lugar, solo que ahora el altar está a mi espalda. Me encuentro sentado en una silla con respaldo, de cara al pasadizo por el que acabo de llegar. A un lado, Charlie permanece de pie frente a un estrecho armario de madera. Trato de levantarme de la silla, cuando descubro que estoy atado a ella con tiras de cuero en muñecas, piernas y tobillos, y que en mi antebrazo izquierdo se hunde una aguja, conectada a un gotero suspendido a mi lado.

 

—Charlie, ¿qué está pasando? —le pregunto, más en un ruego que en una exigencia.

 

—Lo siento —Como si acabara de despertar de un sueño, cierra la puerta del armario y se gira hacia mí, con un resplandeciente bisturí en la mano.

 

—¿Qué haces, Charlie? —exclamo, al ver cómo mi amigo desde la infancia comienza a avanzar en mi dirección—. ¿Qué hacemos aquí?

 

—Con Emily no funcionó, se enteró antes de tiempo. Pero tú ya estás aquí. Esta vez funcionará.

 

—¿Qué es lo que funcionará? —le pregunto, mientras él se arrodilla frente a mí y apoya la punta del bisturí sobre mi pecho, ligeramente hacia mi izquierda. Las lágrimas brotan desesperadas de mis ojos—. ¿Qué estás haciendo, Charlie?

 

—Necesita tu alma. Quiere volver a la vida, y yo soy demasiado débil. Pero tú no, tú eres fuerte. Resistirás.

 

—¿Quién, Charlie? —Mi voz se ha convertido en un mero murmullo quedo—. ¿De quién estás hablando?

 

Ya no me responde, pero no lo necesito. En el momento en que se inclina hacia mi torso y siento el filo del instrumento atravesando mi piel, lo veo a su espalda, oculto entre las sombras, camuflado. Su piel parece hecha de escamas y, aunque está encogido, es alto, muy alto. Tiene dos pequeños cuernos en la cabeza y una hilera de intimidantes colmillos asomando entre sus labios. Pero son sus ojos, brillantes como luciérnagas y corruptos como la peste, los que me hacen comprender que este es mi final. Ese ser de penumbras quiere mi alma, y yo no puedo hacer nada para evitar que cumpla su propósito: volver a la vida a través de mi muerte.

Publicado la semana 22. 30/05/2018
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