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02
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Vuelta a casa

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La apergaminada hoja del Journal se deslizó sobre la superficie, impulsada por una suave brisa primaveral. Como si de una auténtica obra de ingeniería se tratara, el pequeño barco avanzaba, internándose hacia el centro del estanque, sin prever que su travesía se habría de ver súbitamente interrumpida.

La primera gota le cayó sobre el hombro. El niño contemplaba el reflejo de sus seis años sobre la superficie cristalina, imaginando que era el ilustre capitán de aquel navío que acababa de botar. Ya casi lo había perdido de vista, inmerso en sus propias y trascendentes cavilaciones, cuando una voz grave le llegó desde su espalda.

—Mike, está empezando a llover —El niño se dio la vuelta y descubrió a su abuelo, avanzando hacia él mientras abría su paraguas negro—. Tenemos que volver a casa.

Mike no protestó. Sabía que una de las condiciones que sus padres le ponía  para poder ir a jugar a Central Park, su rincón favorito de la ciudad, era que todo se acababa con la primera gota de lluvia. Además, era ya evidente que el experimento había resultado fallido: el barco se hundía, arrastrado hacia las profundidades por el peso del papel mojado.

—No te olvides del balón —le recordó el amable anciano, siempre dispuesto a acompañarlo con una sincera sonrisa en aquellas tardes de juego, mientras los padres del pequeño resistían unas horas más en la oficina. Señalaba con un dedo arrugado la pelota de colores depositada junto al tronco de un árbol.

Mike se apresuró a recogerla y se dirigió hacia su abuelo. Rodeó su arrugada mano con sus dedos delgados como alambres.

—¿Lo has pasado bien esta tarde, Mike? —preguntó el anciano, bajando la vista hacia el rostro alegre de su nieto.

—Sí, mucho.

—Lástima que ese último no haya resultado, ¿verdad?

—El próximo lo hará —respondió el niño, con adulta convicción—. Solo tengo que doblar mejor la parte de la popa para que sea más estable.

—Y que no llueva, claro —añadió el abuelo—. El periódico nunca se ha llevado bien con la lluvia.

Mike asintió con la cabeza. Cogidos de la mano en un gesto paternal, continuaron avanzando por el sendero asfaltado, en dirección a la 59. Al llegar a la acera, el abuelo se detuvo ante la marquesina del autobús y levantó la vista hacia el horario colgado de la pared.

—Veamos, el próximo bus debe de ser…

—¿Abuelo, por qué no vamos en metro? —propuso Mike, con un leve tono de súplica en su voz—. Mira, la parada está justo ahí.

El anciano no dejó de estudiar el complejo horario de autobuses, haciendo un esfuerzo mental por hallar el más apropiado para su viaje de regreso. Aún así, le respondió:

—En el metro hay demasiada gente, es fácil perderse. Mejor volvemos a casa en bus. ¡Exacto, este es! —Por fin, desvió la vista hacia su nieto y le dio unas sencillas indicaciones, tras averiguar cuál era el transporte indicado—. Tengo que comprobar si tengo el dinero para los billetes. Tú no te muevas de aquí, será solo un segundo.

Soltó la mano del niño y extrajo la cartera de cuero del bolsillo interior de su abrigo. El niño lo observó hacerlo y luego se giró sobre el mismo punto en que se encontraba, para poder echar un vistazo a su alrededor sin desobedecer a su abuelo, sujetando el balón bajo su brazo en jarra.

Por la acera, multitud de transeúntes con diversas ocupaciones paseaban, en solitario, en familia o en pequeños grupos, cubriéndose de la creciente lluvia con paraguas, chubasqueros y demás utensilios que portaran en ese momento. Al borde de la calzada asfaltada, una larga hilera de vehículos de toda clase permanecían aparcados, dejando libre únicamente el hueco reservado para la parada del autobús. Más allá, entre las discontinuas líneas trazadas en el suelo, muchos otros circulaban en ambos sentidos, haciendo fluir el tráfico como arrastrado por una corriente marina, en perfecta armonía.

En ese momento, un impacto golpeó a Mike por la espalda. Dio un pequeño traspiés pero logró recomponerse a tiempo de no caer sobre la acera. Alzó la vista para ver alejarse a un hombre trajeado, vestido con buenos zapatos de cuero, que le pedía disculpas con la mirada mientras cubría su cabeza con un maletín de piel empapado. Parecía alguna clase de ejecutivo inmerso en una estresante carrera contra el tiempo, con alguna seria reunión como línea de meta.

A pesar del empujón, Mike seguía en su sitio, apenas se había desplazado un par de centímetros. Todo estaba bien: su abuelo, todavía inmerso en la prospección y recuento de monedas, no notaría la diferencia. Sin embargo, sentía un cierto vacío, como si le faltara una parte, algo. Fue al dejar caer ambos brazos hacia el suelo cuando se percató.

La descubrió justo antes de desaparecer entre dos de los vehículos aparcados al borde de la acera, entre bote y bote. En un acto reflejo, se lanzó hacia aquel punto. Aquella pelota se la había regalado su padre por su quinto cumpleaños, y le tenía mucho aprecio. No quería perderla. Descendió el pequeño escalón y se deslizó entre las defensas de ambos vehículos. A cada paso que daba, el sonido de neumáticos sobre asfalto, cláxones y motores lo envolvía más y más.

Henry Williams desvió la vista hacia su espalda, guiado por un fogonazo de intuición. Dejó caer la cartera y su cuerpo reaccionó como hacía muchos años que no podía. Algo en su interior le hizo encontrar las fuerzas para, a la velocidad de un atleta, lanzarse entre los dos vehículos, justo en el momento en que el primer impacto paralizó el latido y la respiración de la avenida.

En aquel instante en que el mundo contuvo el aliento, un monovolumen gris oscuro se estrelló contra una furgoneta blanca de reparto, cuyas luces de freno brillaban con alarmante intensidad. Una moto de gran cilindrada, que se dirigía directamente hacia el punto de la colisión, fue arrojada al suelo por su piloto a tiempo de simplemente deslizarse sobre el asfalto, hasta estrellarse contra el morro de otro vehículo que se aproximaba en dirección opuesta.

Un ápice de segundo después, la densa cortina de lluvia pareció abrirse para mostrar a Henry una visión que le helaría la sangre. A través de la nube de humo solo se distinguían estructuras metálicas encartadas, alargadas marcas negras trazadas sobre el asfalto y un vacío, apenas unos centímetros, en medio de todo el caos. Los gritos de una mujer en la acera contraria de la avenida, que había sido testigo del acontecimiento, puso en circulación la adrenalina por el cuerpo del anciano. Este sorteó a la carrera todos los obstáculos, casi llevándose por delante a uno de los conductores que se habían apeado, temiendo descubrir el terrible resultado del desafortunado accidente.

Aunque no reparaban en ello, a todos los presentes les costaba respirar. Sus rostros habían perdido todo rastro de color, desprovistos hasta del menor ápice de sangre. Henry se lanzó sobre el capó comprimido de uno de los coches y, por un instante, cerró los ojos. Pudo ver claramente en ese momento el cuerpo tendido, la sangre empañando el asfalto, la vida escurriéndose entre las grietas de la paralizada avenida. Supo que jamás se lo perdonaría, que nunca dejaría de sentirse culpable aunque, lo sabía, intentarían convencerlo de que no lo había sido. Si no le hubiera recordado que se dejaba el balón en el parque, si le hubiera hecho caso y hubieran ido en metro, si no le hubiera soltado la mano...

Sin embargo, cuando abrió los ojos, aquella imagen se desvaneció. Su lugar fue ocupado por un indescriptible vacío, por la sensación de que nada tenía sentido, de que de pronto la realidad había sido sustituida por algún tipo de incongruente dimensión en la que, aquello que debía ser, no era. Nada había entre los cuerpos metálicos detenidos en medio de la calzada. Nada salvo esquirlas de cristal y objetos personales de los accidentados pasajeros. Pero no lo que tenía que haber, lo que era indeseable pero necesario que hubiera para que todo cobrara sentido.

—¡Aquí!

El ahogado grito de mujer provenía de detrás de la furgoneta de reparto. Henry levantó la vista y se topó con la horrorizada mirada de una adornada señora de postín. Sus ojos se mantenían fijos sobre los del anciano, transmitiendo una inquietante sensación de angustia. El hombre corrió hacia ella y se detuvo a la altura del portón trasero del vehículo. La mujer señaló el asfalto bajo el ennegrecido tubo de escape, punto en el que el anciano centró toda su atención.

Estaba a punto de darse por vencido, a solo un instante de dejarse caer sobre sus piernas y dar rienda suelta a las emociones que impedían a sus lágrimas desbordar, de pensar que aquel último atisbo de esperanza no había sido más que una cruel jugarreta del destino que jugaba con él como una burda marioneta. Pero entonces, las nubes en el cielo parecieron abrirse para que un rayo de sol incidiera directamente sobre el balón de alegres colores, aquella esfera perfecta de plástico barato que asomaba bajo la furgoneta de reparto estrellada. Sobre ella una diminuta mano inmóvil, aferrándola todavía.

Fue entonces cuando el anciano Henry, las personas agolpadas a su alrededor, aquella avenida, la ciudad y el mismo mundo, dejaron de contener el aliento y volvieron a respirar de nuevo. Fue entonces cuando aquellos dedos infantiles volvieron a moverse. Fue entonces cuando, lo que tenía que ser, fue.

Publicado la semana 2. 10/01/2018
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