Semana
19
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Rol para tres

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Relato
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El tablero los estaba esperando. Las piezas estaban dispuestas, en el lugar y momento precisos. Los tres se sentaron alrededor de la mesa redonda, en mullidos asientos, casi tronos. Se analizaron unos a otros con la mirada. Cada uno debía conocer perfectamente a sus dos rivales si quería resultar victorioso. Se preveían arduos enfrentamientos, contiendas sin cuartel, derramamientos de sangre.

Cogieron por turnos los dados y los arrojaron sobre el tablero. Rebotaron y chocaron repetidamente, hasta casi precipitarse por el borde de la mesa. El primero recibió con una sonrisa dos cincos: casi tenía asegurado el primer turno. El siguiente bufó, cuando los dados arrojaron un dos y un tres. Los dos observaron al tercero, que ya recogía los dados y los sacudía en el interior de su mano.

Abrió la palma y los dos cubos de marfil cayeron sobre el tablero. Danzaron y giraron sobre sus aristas, hasta que la gravedad los hizo detenerse sobre una de sus caras. Antes de verse el resultado, el tercero dio un fuerte golpe con el puño en la mesa y sonrió.

El seis doble le servía para dar él el primer paso.

—¡Has hecho trampas! —protestó el primero, el más alto, de cabello rubio.

—¿Trampas yo? —se mostró sorprendido el tercero, el oriental, poniéndose en pie en un agotador esfuerzo que hizo aparecer perlas de sudor entre su cabello negro milimétricamente recortado, en un peculiar diseño—. Habla aquí con el amigo, que sin que nos diéramos cuenta, nos ha estado espiando desde el principio. De nada vale que tratemos de ocultar nuestras cartas, si con su equipo de asquerosos hackers es capaz de influir en cada una de nuestras decisiones.

—¡Malnacido! —escupió el segundo, de piel curtida, pequeños ojos y escaso cabello plateado—. Avísanos cuando hayas terminado la primaria, enano. Asúmelo, no estás a nuestra altura: y no lo digo solamente en sentido literal.

—Creo que alguien aquí se cree más de lo que es en realidad —respondió el asiático—. Deja de desviarte de lo que nos incumbe y cesa en tus tretas ahora mismo, si no quieres que despliegue mis armas contra ti.

—¡Atrévete a hacerlo! —respondió a la afrenta el curtido soviético, ejerciendo presión sobre la botella de vodka que sujetaba entre sus dedos, sobre la mesa—. A ver cómo te las apañas si ya no puedes comprarle a él más armas.

—Cuando el enano deje de juguetear con lo que no debe, tal vez podamos volver a hacer negocios —adujo el rubio americano, a quien habían aludido—. Hasta en la guerra existen límites, y eso es algo que ya deberías saber.

—¿Qué sabrás tú de la guerra? —replicó el asiático, sonriendo con malicia—. Si para defenderte de una invasión de cucarachas solo sabes construir un muro gigantesco.

—Va a hablar el que solamente tiene que mantener en pie lo que su padre ha construido previamente —intervino el soviético, avivando el fuego—. E incluso para eso tienes que recurrir al temor y al adoctrinamiento. Al menos a nosotros nos han elegido para estar aquí.

—Habla por ti —interrumpió el americano, aludiendo al europeo—. Yo todavía dudo seriamente que a ti te hayan elegido con plena legalidad.

—¡Ya está bien de palabrería! —dictaminó el asiático, golpeando con el puño cerrado el tablero sobre la mesa—. Solo hay una manera de resolver esto.

Y así, con los primeros movimientos sobre el mapamundi dividido en cuadrículas, comenzó el enfrentamiento definitivo. Los tres mayores dirigentes del mundo, cada uno representado por un peón. Estados Unidos, Rusia y Corea del Norte, en liza por el control absoluto. Y nuestro futuro, el de toda la humanidad, en manos de estos tres titiriteros, con sus hilos tendidos sobre los medios necesarios para acabar no solo con sus oponentes, sino también con todo el planeta.

¡Qué negro se presenta nuestro destino!

Publicado la semana 19. 08/05/2018
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