Semana
17
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Xperience 2.0

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Me siento frente al ordenador y accedo al programa Xperience. Introduzco mi usuario y la contraseña. Al instante, un mensaje salta en la pantalla: “Por favor, colóquese el visor de realidad virtual”. Cojo con ambas manos el dispositivo, semejante a unas gafas de esquí, y lo coloco sobre mis ojos. Al tacto, sujeto el único cable que cuelga de este y lo conecto al puerto de mi nuca, entre las vértebras C4 y C5. Este implante que nos practican nada más nacer constituye el mayor invento desde el ordenador, una conexión directa con nuestra médula espinal a través de la que se transmiten cada segundo una inmensa cantidad de datos entre el visor de Xperience y nuestro propio cuerpo.

 

Xperience Laboratory, Inc (también conocida como XPI), la empresa responsable de este revolucionario invento, sorprendió al mundo entero cuando, a comienzos del siglo XXII, presentó esta revolucionaria tecnología que, en palabras de su carismático CEO, “cambiaría para siempre nuestra forma de percibir el mundo, ofreciéndonos un mundo virtual más real que la propia realidad”. Y es cierto, con Xperience puedes hacer cualquier cosa, ser cualquier cosa, vivir en primera persona cualquier acontecimiemto. Existe una base de datos inagotable en la que se almacenan los códigos necesarios para recrear absolutamente cualquier experiencia, ocurrida en el pasado o ficticia. Puedes vivir cualquier momento de la historia, cualquier lugar, o dar rienda suelta a tu imaginación y sumergirte en la más imprevisible de las aventuras. Todo está en tu mano.

 

En este momento, yo soy el Presidente de la Federación de Países Europeos, todo un logro teniendo en cuenta que soy Indio. Valiéndome de toda clase de artimañas, he logrado llegar hasta aquí y convertirme posiblemente (en realidad, con toda seguridad) en el hombre más poderoso del mundo, con solo catorce años. ¿Quién en su sano juicio preferiría otro aburrido día en el colegio a esto?

 

Viajo a bordo de una lujosa limusina, por las calles de París. Mi asiento lo ocupan también dos bellas modelos, con sus cuerpos de infarto vestidos tan solo con escuetos conjuntos de lencería fina, una a cada lado. En el asiento de enfrente, en sentido contrario a la marcha, mis dos guardaespaldas: unos rusos de más de dos metros de altura cuyo ancho de espaldas ocupa el lugar de tres adultos. Nos dirigimos a la fiesta que doy en Versailles. Como puedo hacer lo que quiera, he decidido que el palacio me pertenezca y en él he ordenado preparar la mayor fiesta que haya tenido lugar en este mundo.

 

Al poco de tomar la autopista hacia las afueras de la capital, nos aproximamos a un puente que atraviesa por encima la vía. Sobre este, me parece ver una furgoneta negra detenida, y dos figuras a su lado, asomadas hacia la autopista. Cuando me doy cuenta de que una de ellas apoya sobre su hombro un objeto alargado y reluciente, ya es demasiado tarde. Intento advertir a mi chófer, pero el proyectil del bazuca sale disparado directamente hacia nosotros, envuelto en una nube de humo. Antes de que pueda abrir la boca, la fuerza del impacto me golpea contra el respaldo, que debería ser de cuero mullido, pero que se me clava con contundencia.

 

De pronto, comprendo lo que ocurre: algo en la realidad se me está clavando. Supongo que es el respaldo de la silla, aunque me resulta extraño. Cuando abro los ojos, me veo cegado por un potente foco de luz. La silla en la que estoy sentado no es la de mi dormitorio, sino un incómodo asiento con el respaldo de madera. Y esta habitación no es la mía. No hay cama, ni armarios, ni la ventana que da al jardín trasero.

 

—¡Dinos! ¿dónde está la plata?

 

—¿Plata? —musito, sin saber muy bien a quién, desconcertado.

 

Al instante, una insoportable corriente recorre todo mi cuerpo. Es entonces cuando siento la presión en la zona posterior del muslo. Trato de moverme, pero estoy atado a la silla. Inclino un poco la cabeza hacia un lado y veo la pinza asomando, por debajo de mi pierna desnuda. Del extremo cuelga un cable, que sigo con la vista hasta una caja metálica, de donde parece que provienen las descargas. “¡¿Pero qué narices está sucediendo?!”

 

—¿Dónde está la plata? —vuelve a exigir la voz a mi espalda, en la que identifico ahora un marcado acento colombiano.

 

Una nueva descarga me hace retorcerme sobre la silla, gritar de dolor hasta quedarme sin aire en los pulmones. Mi cuerpo queda temblando y mi respiración entrecortada. Apenas puedo hablar.

 

—No… no sé de qué me está hablando —logro articular.

 

—Otra vez —ordena a alguien la voz, seguramente a quien se encuentre a los mandos de esta infernal máquina de tortura.

 

—Déjalo —interviene otra voz, esta más sosegada—. Ya no nos sirve de nada. Será mejor que acabemos con él.

 

Siento cómo un objeto frío se apoya sobre mi nuca, justo donde debería estar la conexión del Xperience, de la que no parece que haya rastro. Me resulta sospechoso, pero todo género de duda se desvanece cuando escucho el percutor e identifico el objeto como el cañón de una pistola. Por mi mente desfila la idea de protestar, de intentar evitar el disparo, pero las palabras no llegan siquiera a mis labios. El estallido lo sume todo en una negrura absoluta.

 

Casi imperceptible, una luz roja comienza a parpadear arriba a la izquierda. Me llevo las manos a la cara y palpo con los dedos el visor. Estaba convencido de que esta última escena era real, pero resulta que todavía estaba en el mundo de Xperience. Qué extraño. Es como si dentro de Xperience volviera a acceder a otro mundo virtual diferente. Tal vez sea un efecto de la última actualización anunciada a principios de esta semana como una trascendental mejora del realismo, y que he instalado esta misma mañana. No me gusta, esa sensación de no saber en qué realidad estoy. Me da pánico.

 

Me quito el visor, que me avisa mediante esa luz roja de que se está quedando sin batería, y me llevo una mano a la nuca. Todavía me parece sentir la presión de la pistola sobre mi piel. Con cuidado, desconecto el cable y deposito el dispositivo sobre el escritorio. En la pantalla del ordenador, puedo leer otro mensaje emergente: “Esperamos que haya disfrutado de la nueva versión 2.0 de Xperience. Por favor, no olvide dejarnos su valoración y compartir su experiencia en las redes. Hasta la próxima”

 

—¡Ni de broma habrá próxima vez! —exclamo, cogiendo de nuevo el visor y arrojándolo contra la pared.

 

El aparato quiebra y de él salen unas pequeñas chispas, señal de que se ha provocado un cortocircuito en su interior. Ha quedado inutilizado, pero no me importa: he decidido que no volveré a utilizar Xperience. Me levanto de mi silla y me dirijo hacia la cama, sintiendo el alivio de comprobar que me encuentro de nuevo en mi habitación, en mi realidad. Me acuesto sobre el colchón y cierro los ojos, convencido ahora de que prefiero un aburrido día en el colegio al pavor que he sentido esta tarde.

 

Sin embargo, no me percato de que, al otro lado de la ventana, una fuerte lluvia de unos y ceros arrecia sobre el jardín trasero.

Publicado la semana 17. 25/04/2018
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