Semana
16
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Escondida

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Llegamos a esta casa siendo ocho, pero no sé cuántos seguirán vivos a esta hora de la noche. La premisa era clara: si lográbamos permanecer en la vivienda hasta el amanecer, ganaríamos el premio. Un negocio fácil, vaya. Pero todo se ha torcido. Ahora estoy aquí, oculta en el interior de un baúl, en un pasillo del piso superior. A cada respiración, siento cómo el escaso oxígeno es sustituido por el hedor a humedad. Pronto me veré obligada a salir, si quiero seguir con vida.

Sin previo aviso, alguien cruza el pasillo a la carrera. Oigo su respiración entrecortada, sus agudos chillidos. Es María, tiene que ser ella. Apenas unos segundos después, las pisadas, contundentes como las de un elefante, pausadas, avanzando paso a paso. Se detienen, justo a mi lado, y siento cómo la parte superior del baúl se hunde bajo su peso, plegándose sobre mi cabeza. Me llevo las manos a la boca, para ahogar un alarido de terror que me habría delatado. No me puede encontrar, ahora no. Ya casi ha amanecido. Solo tengo que resistir un poco más. Por fortuna, al final se retira y se aleja tras María.

Nadie nos advirtió cuando llegamos de lo que nos encontraríamos aquí dentro, de que un simple juego recompensado con un puñado de billetes podría convertirse en la peor de las pesadillas. Pero ahí había entrado aquel ser, perturbando nuestro sueño comunal en el suelo del salón, como en un campamento. Al instante, los ocho, mujeres y hombres por igual, comenzamos a gritar desesperados y a correr en todas direcciones, en busca de refugio. Desde entonces, de vez en cuando, llegan hasta mí lejanos gritos de dolor. Me parece que se ha repetido seis veces, por lo que supongo que ya solo María y yo seguimos sobre el tablero.

Con cautela, evitando producir ruido alguno, empujo la tapa del baúl hasta abrir una rendija, por la que tomo una gran bocanada de aire. Descubro que el pasillo está ahora mucho más  iluminado. Puede sentirse incluso la tibiez de la luz solar. Abro por completo el baúl y comienzo a recuperar la estructura de mi cuerpo, abandonando poco a poco el comprimido escondrijo. En el proceso, algún hueso en mi rodilla cruje. No me duele, pero el sonido rebota en las paredes, y no tarda en ser respondido por un rugido lejano.

Sin detenerme a pensarlo, salgo corriendo en dirección contraria a aquella que ha seguido María. No sé hacia dónde corro, pero sí sé que no me voy a detener. Llego a unas escaleras anchas, en curva. Bajo escalón a escalón, resistiendo la tentación de echar un rápido vistazo hacia el pasillo que dejo atrás. Mi objetivo, la puerta principal, está en la planta baja, y ya nada me retiene aquí arriba.

Al abandonar la escalera, comprendo dónde me encuentro. Reconozco las paredes, el techo, el suelo, los muebles. Hace apenas unas dos horas que he pasado por aquí, pero parece que hayan transcurrido días enteros desde entonces. Sé que este nuevo pasillo conduce directamente hacia el recibidor de la vivienda. Solo tengo que seguir avanzando por él, abrir la puerta y salir, lo más rápido posible.

Cuando parece que me he quedado clavada en mi sitio, un golpe a mi espalda me da el pistoletazo de salida. De reojo lo veo, colgando de la pared sobre las escaleras, boca abajo. Parece humano, pero es imposible que lo sea. Ningún ser humano es capaz de lo que ha hecho. Me lanzo a la carrera, cual atleta tras el oro, sin importarme nada más que mi meta.

Por el camino, salvo varios obstáculos, en el suelo. No me hace falta detenerme para comprender que se trata de cuerpos, humanos. Cada uno de mis compañeros yace desmembrado, entre balsas de sangre oscura, y no puedo más que sortearlos, saltarlos, apoyarme en ellos para saltar una zancada por el aire y seguir corriendo. Pero hay algo que sí me detiene.

Al llegar al recibidor, cae del techo. Una soga se desprende desde la lámpara de araña, guiada por un peso muerto, que se detiene a escasos centímetros del suelo, justo en medio de mi trayectoria. Gira, suspendido, hasta que me encuentro frente a su rostro. María me mira con ojos vidriosos: no hay duda, está muerta. Ya solo quedo yo.

Recurriendo a toda mi fuerza de voluntad, desvío la vista hacia un lado, dispuesta a rodear este último obstáculo, antes de alcanzar la puerta. Es entonces cuando veo el espejo, colgado de una de las paredes laterales, de cuerpo entero. Me veo reflejada en su superficie. Mi vestido parece tener multitud de manchas negruzcas, de formas irregulares. Mi cabello está revuelto y sudado, y del maquillaje ya no quedan más que surcos difuminados. Pero hay algo que me sorprende.

Miro hacia mi mano y descubro un objeto resplandeciente: un cuchillo, cuya hoja rebosa sangre. También mis manos están impregnadas del líquido vital. No sé qué ha ocurrido, pero comprendo que he sido yo. Ya no oigo ningún ruido a mi espalda, así que la única posibilidad razonable es que yo he asesinado a mis compañeros, que me he imaginado el resto. De algún modo, el ansia por obtener la prometida recompensa me ha cegado y me ha llevado a cometer semejante atrocidad. ¿Pero cómo, si he estado la mayor parte del tiempo encerrada en el baúl? Lo he oído, persiguiendo a María por el pasillo.

No tengo tiempo para pensarlo. Mi reflejo en el espejo me dedica una amplia y aterradora sonrisa. Ante mi sorpresa, la figura eleva el cuchillo hasta su cuello. Trato de evitarlo, pero mi propio brazo lleva el cuchillo hasta mi gaznate, imitándolo. Por más que me esfuerzo, no logro controlar mis músculos, parecen tener voluntad propia. No, están siendo controlados por esa otra “yo”. Esta comienza a deslizar en horizontal la hoja afilada de metal, y al instante siento cómo la piel de mi cuello se desgarra lentamente, cómo la sangre desciende hacia mi pecho, cómo la vida se me escapa.

Cierro los ojos, en un último esfuerzo por convencerme de que solo es una pesadilla, pero el instinto de supervivencia me lleva a abrirlos de nuevo, y es entonces cuando lo veo cara a cara por primera vez. Aunque en realidad solo se trata de su reflejo, puedo sentir su cuerpo pegado a mi espalda. Es más alto que yo, más fuerte y, por supuesto, más listo. Su garra ya casi ha recorrido mi pescuezo de lado a lado y, aún así, todavía no se retira. ¿A qué espera? Ya ha terminado. Me rindo, ya no puedo seguir luchando. Se inclina hacia mi oído. Su cálido aliento y sus palabras se convierten en mi último recuerdo.

—Lástima, pensé que tú sí lo lograrías.

Publicado la semana 16. 19/04/2018
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