Semana
15
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Noche de tormenta

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Relato
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Todavía siento el frío del agua impregnado en mis huesos. Hace apenas unos minutos que he llegado a este lugar, pero todavía me siento a la deriva. Han sido un momento angustioso, arrastrado por la corriente, arriba y abajo, zarandeado sin control. Y todo ello sin contar con la caída desde el precipicio. Por suerte, pude aferrarme a las rocas y escalar la pared del desfiladero, hasta esta cueva desierta. Ahora me duelen las extremidades magulladas, pero al menos tengo la fortuna de continuar vivo.

 

Afuera, las olas siguen batiendo contra las rocas. He desistido de gritar pidiendo ayuda, pues el estruendo ocasionado por estas sepulta con incontestable autoridad mi voz. Además, debo ahorrar energías. No tengo nada que comer, y la gruta carece también de suministro alguno en su interior: lo he comprobado. Pero sé que pronto me encontrarán. Sé que me están buscando, que me echan en falta. De momento, lo único que puedo hacer es esperar. Si intento descender por la escarpada pared, me espera de nuevo el mar, y me encuentro indispuesto a causa de mis heridas para intentar escalar hasta la superficie.

 

Pero esperar también es duro, sobre todo en estas condiciones. Al cabo de una media hora, a juzgar por la posición del sol, que se inclina ya hacia el horizonte, las nubes grises comienzan a cubrir el cielo hasta ahora despejado. El primer rayo atraviesa a lo lejos el espacio entre estas y la superficie marítima, iluminando el interior de la cueva, sacudido tan solo un segundo después por el temblor del trueno. Comienza a llover, cada vez con mayor intensidad, y las olas crecen en altura. Pronto, las crestas alcanzan la altura de la cueva, y pequeños riachuelos de agua salada invaden el suelo de piedra, incrementando las sensaciones de frío y humedad.

 

Uno de los sucesivos rayos ilumina una figura accediendo al interior de la cueva, mi cueva ahora. Se trata de un búho de oscuro plumaje. Aterriza sobre una piedra cerca de mí, sacudiéndose las gotas de lluvia sobre las alas, sin que aparentemente le preocupe o le moleste mi presencia. Una vez seco, gira la cabeza hasta casi alcanzar los ciento ochenta grados y me observa con atención. Hago el intento de aproximarme a él, seguro de que saldrá volando en cuanto me mueva, pero la realidad resulta más sorprendente. Con altanería, vuelve a mirar hacia el frente y me ignora, como si no me hubiera visto.

 

En silencio, comparto su presencia durante un tiempo indeterminado, que no corto, pues ya se ha hecho de noche. A cada instante que pasa siento cómo el frío atenaza mi cuerpo, cómo me congela hasta las entrañas. Me gustaría encender un fuego, una pequeña hoguera que me caliente, pero no tengo nada con qué hacerlo. Los párpados comienzan a pesarme y un cosquilleo me recorre la espalda, apoyada contra la pared. El cansancio termina por vencerme y me dejo llevar por el sueño, a la espera de un nuevo amanecer que traiga consigo mi salvación. Hasta el último momento, la figura del búho permanece estoica en la entrada de la cueva, recortándose contra el tormentoso paisaje marino más allá.

 

Unas horas más tarde, los cálidos rayos del sol acariciando mi rostro me despiertan. Me desperezo y compruebo que, aunque todavía entumecido, todo mi cuerpo parece funcionar. Pero reparo en que algo ha cambiado, algo ya no es como antes de dormirme. Comprendo que se trata del búho, que ha desaparecido sin dejar rastro. Pero es normal, los búhos son aves nocturnas, así que ahora estará oculto en el interior de algún árbol hueco, a cubierto de la claridad diurna.

 

Un súbito sonido me sobresalta. Unas piedras pequeñas se desprenden por delante de la entrada a la cueva, y pronto el extremo de un cabo aparece también a mi vista. A este lo siguen un par de pies calzados con gruesas botas y un cuerpo embutido en ropa de escalada. Aterriza sobre el suelo, al frente de la cueva, y otra figura fornida se une a la primera. Se trata de dos hombres, vestidos con un uniforme oscuro y el reluciente escudo de los Guardacostas sobre el pecho. El más fuerte de ambos lleva una camiseta sin mangas, que deja a la vista un tatuaje en el exterior de su brazo, justo por debajo del hombro: una huella negra, con cinco dedos terminados en garras.

 

Su mera presencia me transmite serenidad. Ya está, me han encontrado, todo ha terminado. Ahora me llevarán a un centro médico, donde me examinarán y me atenderán las heridas, y luego de vuelta a casa, para reunirme con la familia, para descansar. Sonriente, me pongo en pie y me adelanto hacia ellos, tendiéndoles una mano en un gesto demasiado formal para esta situación. Pero el primero de los Guardacostas no estrecha mi mano, sino que se desvía hacia un lado y pasa rozando mi hombro, en dirección al fondo de la cueva. Miro a su compañero, en busca de una explicación, pero este parece estar muy ocupado en inspeccionar las paredes de la gruta excavada en el acantilado.

 

—Mira esto, Miguel —dice el primer Guardacostas, captando la atención de su compañero hacia lo que acaba de descubrir.

 

No comprendo qué ha podido llamar su atención, pero me aproximo para ver. Me sorprendo al descubrir un cuerpo tendido contra la pared de piedra, invadido ya por los líquenes. Lo conozco, conozco esos rasgos, esos ojos ahora vidriosos e inertes, esa ropa. Pero no tiene sentido, es imposible. Perplejo, desvío la vista y reparo de nuevo en el tatuaje del Guardacostas. Juraría que la huella estaba abierta, con todos los dedos apuntando hacia arriba, pero ahora está ladeada, con todos los dedos plegados salvo uno, que señala hacia el exterior de la cueva, hacia el punto donde algo parece resplandecer.

 

Guiado por una curiosidad incontenible, avanzo hacia el límite de la gruta. Más abajo, las olas rompen con fuerza contra la pared. El destello parece levitar a unos veinte centímetros de mi posición, directamente sobre las aguas. Negándome a aceptar lo que ahora ocupa mi mente, cierro los ojos, en el momento en que un cálido aliento me golpea la espalda. Salgo hacia el frente con un pie por delante, hacia el vacío, pero este aterriza sobre una superficie invisible, justo donde estaba el destello. Abro los ojos y descubro unos cuantos destellos más adelante, discurriendo como una especie de etéreo pasillo hacia el horizonte

 

En este momento es cuando comprendo que este es el camino que debo seguir. No sé hacia dónde me conducirá, pero volver atrás ya no tiene sentido. De algún modo, mi cuerpo ha pasado a formar parte para siempre de esta gruta, y a lo que sea que queda de mi ser lo espera un futuro por descubrir, al final de este nuevo sendero. Ya no necesito mirar atrás, ni descubrir la enorme figura animal que me observa alejarme desde la cueva, sonriendo con satisfacción.

Publicado la semana 15. 11/04/2018
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