Semana
14
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La esquina de la terraza

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Relato
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Aquella mañana había amanecido sucia y gris, como todas las demás. ¿Para qué innovar? Los telediarios decía que aquel invierno duraría varias semanas más de lo normal, efecto de corrientes marinas que se alteraban y presiones que se descolgaban vete tú a saber de donde. Pero aquel pequeño rincón de la zona nueva de la ciudad seguía como siempre, fuera invierno, primavera o el recién descubierto “veroño”: sucio y gris.


A las siete levanté la reja, cumpliendo con la rutina, y abrí la puerta del bar mientras agradecía a la providencia que la festiva noche anterior no hubieran vuelto a llenar de espuma la cerradura. Recogí del suelo la bandeja vacía de la caja registradora, abandonada la noche anterior en ese mismo punto, bien a la vista, como muestra de la falta de interés del local para los amigos de lo ajeno. Me deslicé detrás de la barra y preparé todo con briosa parsimonia: la cafetera, las tazas y cucharas, las copas, la bollería. Encendí la televisión y seleccioné un canal al azar. El primer telediario regional informaba de que hoy también —¡qué sorpresa!— seguiríamos bajo el yugo de aquel perezoso invierno.


La puerta se abrió y la habitual sucesión de conocidos rostros comenzó a desfilar. Los de la oficina bancaria de la esquina, con sus abrigos y finas bufandas, en la mesa más grande, desde donde mejor podían analizar los rótulos bajo el presentador mostrando los índices de cotización con que se despertaba el Ibex. El siguiente fue Manuel, que me saludó con una solemne reverencia, retirándose la boina de cuadros. Tras este, una novedosa familia de extraviados turistas, que me preguntaron si estaba cerca la catedral —aquí, entre contiguos edificios de viviendas de ocho plantas, ¿de veras?—. Y por último, él.


Lo vi cuando desvié la atención hacia la terraza cubierta. Ni siquiera me percaté del momento en que había entrado, silencioso y taciturno como él era. Me apuré a preparar su usual comanda: café solo, sin azúcar, y un chupito en copa ancha. Me armé con la bandeja sobre la palma y me deslicé hacia su posición. La respiración se me entrecortó a causa del frío ambiente, al cruzar el escalón que separaba el interior del local de la terraza, dispuesta directamente sobre la acera.


—Ahí tiene, caballero.


Tras la densa cortina de humo de su cigarrillo, el hombre contemplaba la nada, aparentemente. No respondió. Solo depositó un billete de diez euros sobre la mesa. Sabía que tenía que cogerlo, sin protestar, sin ofrecer vuelta a cambio. Así lo hice, y volví a mi puesto detrás de la barra.


Poco a poco, la bandeja de la caja se fue llenando, a medida que los clientes entraban y salían. El telediario dio paso a un magacín matinal, que surcaba entre conversaciones con políticos de todos los palos y discusiones sobre la nueva y mediática tragedia que conmovía al país entero. Y ahí seguía él, en su esquina de la terraza, fumando un cigarrillo tras otro, agitando la copa casi vacía entre sus dedos y con la vista todavía en busca de algo que observar. Apenas lo había oído hablar desde la primera vez que lo había visto entrar en el bar, pero no parecía una persona con la que pudiera apetecer conversar.


Debía de rondar los setenta, aunque tal vez fueran más. Vestía siempre de camisa y chaqueta de punto, nada más: hiciera el frío que hiciera. Tenía que hacer contorsionismo para poder encajar su volumen entre los reposabrazos de la silla metálica, y aún así parecía no caber en ella. Tenía la piel pálida, pero no parecía estar enfermo, al menos no de gravedad. Sus manos temblaban, todavía solo ligeramente, y el cabello blanco que poblaba únicamente sus sienes lo peinaba engominado hacia atrás. Su rostro arrugado me recordaba al de un viejo y cansado bulldog, con rosados rastros en lo alto de sus mejillas y cruzando el puente de la nariz.


Muchas veces me había cuestionado a qué se dedicaría, o habría dedicado, cuando no estaba en el bar. Podría preguntárselo a mi jefe, tal vez él lo supiera. O tal vez no. Él siempre estaba muy ocupado en el otro bar, este mucho más concurrido y rentable, que tenía en el centro, en la zona monumental.

Lo imaginaba como escritor, un alma errante en busca de la historia que lograra devolverlo al primer puesto se las listas de ventas. También como militar retirado, con la cicatriz de la Guerra Civil en su interior, hasta que recordaba que por aquel entonces no sería más que un niño, incapaz siquiera de sostener un arma. Aunque mi opción favorita era la de marino mercante, conocedor de las cuatro esquinas del mundo, e incluso de aquellas que ni siquiera aparecían en los mapas.


Perdido en mis propias cavilaciones, apenas reparé en que el hombre sostenía la mano en el aire. Aquella era la señal. Preparé la bandeja con la segunda comanda y abandoné la barra con prisa. Al llegar a la mesa, retiré la anterior copa y la taza vacías y las sustituí por un nuevo recipiente de cristal. Con habilidad, sostuve las dos botellas en el aire, inclinadas hacia el centro, haciendo que los chorros de ginebra y aguardiente se mezclaran hasta llenar la copa. Cogí el segundo billete de diez y volví a la barra, a atender a dos nuevos clientes, mientras el hombre sacaba de un bolsillo un grueso puro habano y lo encendía.


Con los brazos cruzados sobre la húmeda superficie de la barra, lo observé. Entre las nubes de humo gris, su rostro parecía barnizado de una cierta tristeza inédita. O tal vez fueran solo imaginaciones mía; siempre había estado así, abstraído, con la vista fija en ningún lugar. Se trataba de un ser solitario, olvidado, apagado. Más tarde, haciendo acopio de fuerzas y de habilidad para manejar su descomunal fisonomía, se levantó y se alejó, calle arriba, sin despedirse, sin mirar a nadie.


El resto del día se desarrolló con total normalidad y, a la mañana siguiente, de nuevo a las siete en punto, levanté la reja. Recogí la bandeja del suelo, encendí la cafetera y la televisión y pasé el primero de muchos trapos a la barra. Cuando las primeras visitas de rigor de la mañana ocupaban sus mesas y rodeaban entre sus dedos las tazas de café humeante, me relajé, apoyado sobre la barra, y presté atención a la televisión. La noticia que ocupaba a los tertulianos del magazín local me hizo ver lo ciego que había estado todo ese tiempo y me recordó que no se debe juzgar un libro por su portada. Lamenté no haber aprovechado la oportunidad, única en la vida, que cada mañana se había sentado ante mis narices, en su sitio en aquella esquina de la terraza.


—Era una persona extraordinaria —decía uno de los tertulianos, al que se unían sus compañeros.


—Es mucho lo que esta ciudad le debe. Deberían ponerle su nombre a alguna calle o plaza. Al teatro, incluso.


—Esto debería abrirnos los ojos, y hacernos comprender que, por muy graves que nos parezcan nuestras penurias, siempre habrá quien lo esté pasando peor, siendo quien menos lo merezca.


—Tenéis toda la razón —les reconocía la presentadora, dirigiéndose a continuación a cámara, para poner al tanto a la audiencia recién incorporada—. Les recordamos la noticia con la que tristemente nos hemos despertado esta mañana. A los setenta y dos años, Ernesto Díaz ha aparecido muerto en su casa. Según las primeras informaciones, tras volver por la mañana de un bar de su barrio, tal como llevaba haciendo cada día desde el fallecimiento de su esposa hace diez años, entró en su casa y encendió la televisión. Los vecinos la escucharon hasta altas horas de la madrugada, lo que los extrañó y los llevó a llamar a la policía. Al entrar en el domicilio, lo descubrieron solo en el sofá del salón, todavía con la ropa del día y con una copa en la mano. Como sabrán, es mucho lo que esta ciudad le debía. Ernesto Díaz, en la década de los sesenta, formó parte del equipo encargado de enviar el Apolo XI a la Luna. Gracias a su trabajo, la NASA accedió a localizar en nuestra ciudad el Centro de Investigación Aeronáutico, dando así empleo a decenas de familias de la localidad y haciendo que el nombre de nuestra ciudad sea conocido internacionalmente. Creo hablar en nombre de todos mis compañeros al decir que nunca, jamás, podremos agradecérselo lo suficiente.

Publicado la semana 14. 05/04/2018
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