Semana
13
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A la deriva

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Relato
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Las olas mecían la barca, con la suavidad con que alguien arrullaría a un recién nacido. Se trataba de un simple y viejo esquife de pesca, que entonces era utilizado meramente para el transporte de pasajeros. A bordo del mismo, un hombre anciano de tez morena y arrugada contemplaba el horizonte, distraído. Llevaba varias horas en la mar, a unos cuantos nudos de la costa, divagando sobre una cuestión alrededor de la que habían girado todos sus pensamientos durante las semanas previas.

Comprobó el reloj en su muñeca y decidió que el momento había llegado. Llevaba demasiado tiempo sin prestar atención a su propia vida, a sus propios intereses, dejándose guiar por las conveniencias de todas las personas a su alrededor: familia, amigos, bancos, empleados. Al principio no lo veía, pero por fin lo había comprendido. No tenía problemas con nadie, todos eran educados con él y se mostraban dispuestos a hacer cualquier cosa a su favor. Pero no lo querían. No a él.

Se puso en pie, provocando que el casco se balanceara sobre las aguas. No se cayó, pues años de experiencia en la mar curtían a uno en muchos sentidos, y el equilibrio era uno de ellos. Desde que había dejado el colegio, a los dieciséis, había trabajado en el mar, primero en pequeños barcos de pesca que zarpaban todas las noches mar adentro para regresar a la mañana siguiente con género que vender en la lonja. Más tarde, llegaron los viajes de larga distancia, las temporadas embarcado lejos de todo y de todos, pero también el dinero. Y con el dinero llegó Manuela, y los niños, la casa, el yate, los coches y, finalmente, la ruina.

Desde entonces, apenas había conservado un recuerdo de la parte más exitosa de su vida: su afición por el submarinismo. Fue en una de esas tardes en que se adentró en las profundidades del mar, botella a la espalda, y buceó hasta zonas inexploradas. Allí fue donde lo encontró. Lo llevó consigo y lo guardó en una caja fuerte, cuya combinación solo él conocía y solo revelaría en su testamento. Había aprendido de sus errores, y pretendía vivir con lo que tenía y guardar aquello como un simple seguro, por si las cosas se torcían demasiado.

Pero había sido demasiado iluso. Pronto se supo en todo el pueblo de su hallazgo y de la potencial fortuna que poseía con este. Las amistades surgieron hasta de los rincones más insospechados, mientras el hombre ni siquiera comprendía cuál era el motivo oculto tras todo aquello.

Ahora ya lo había comprendido, y había decidido actuar en consecuencia. Sujetó el saco cerrado depositado a sus pies, en la cubierta de la barca, y lo levantó con esfuerzo hasta apoyarlo sobre la borda. Apoyó él también los pies sobre las paredes de madera, uno a babor y otro a estribor, con el sol poniente a su espalda. Se había acabado, y ya no había vuelta atrás. Sujetó de nuevo el saco en el aire, frente a él. Pensó que resultaba incluso poético que, aquello que había supuesto tiempo atrás su salvación, se fuera a convertir ahora en el motivo del fin de su vida. Tomó aire con fuerza, hinchando sus pulmones una vez más y cerró los ojos, despidiéndose para sus adentros de todo lo que dejaba atrás.

Cuando cayó, el agua llegó a salpicar casi toda la cubierta.

Horas más tarde, con el amanecer asomándose al nuevo día, un solitario pescador lucha contra el sueño en el muelle, sentado sobre las tablas de madera. La caña está introducida en el hueco practicado al efecto y el anzuelo sumergido en la mar serena, medio metro por debajo del flotador. El cesto está prácticamente vacío, pero le da igual. Solo pesca por diversión, por entretenimiento. De su sustento ya se ocupa la pensión que recibe todos los meses.

De pronto abre los ojos, captando un movimiento a escasos metros del anzuelo. Piensa que tal vez se trate de una posible presa, pero nada más lejos de la realidad. El bote de madera se desliza a la deriva, vacío, arrastrado por la corriente hacia la orilla. Desde su posición no logra ver a nadie a bordo, pero tampoco cree que lo haya. Aún así, decide comprobarlo.

Recorre el muelle en dirección al paseo marítimo, y desde este desciende por las escaleras talladas en piedra hasta la playa. Sus botas se entierran en la arena a cada paso, pero está acostumbrado a caminar por esta clase de terreno adverso. La embarcación ha encallado ya en la arena de la orilla, y ahí permanece, abandonada. Ya solo lo separan una decena de metros de alcanzarla. Piensa que, si nadie la reclama en los próximos días, podrá quedársela y salir a buscar en ella zonas de pesca más productivas mar adentro.

Sin embargo, su delicado corazón da un brinco cuando ve salir una figura del interior de la barca. Se trata de un hombre, de aspecto cansado, que comienza a caminar directamente hacia él. No lo conoce, pero algo en él le llama la atención. Pasa por su lado, en dirección a tierra firme, sin siquiera mirarlo, sin siquiera decir una palabra. Es entonces cuando lo comprende. Aquel hombre, aquel náufrago afortunado, desborda decisión: la decisión de comenzar una nueva vida.

Publicado la semana 13. 29/03/2018
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