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12
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Antropología

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Su figura emergió de entre la niebla, como un imponente galeón arribando a la bahía. Sin embargo, ni era galeón ni resultaba imponente. Se trataba de una figura ligeramente encorvada, oculta bajo un chaquetón con capucha que lo protegía del frío ambiente así como de miradas indeseadas.

Caminaba con decisión, eso sí, avanzando sobre el pavimento adoquinado, tan irregular como puedan serlo miles y miles de piedras cuadradas dispuestas a lo largo de las calles de la ciudad. Pero su paso, al menos, era seguro. Sabía cuál era su objetivo, el lugar a donde debía dirigirse, y ya solo le quedaban un par de calles para alcanzarlo.

Al doblar la siguiente esquina, se encontró el primer signo de que ya casi estaba. Apoyado contra la pared de un edificio, sentado directamente sobre el frio suelo, yacía un hombre de aspecto descuidado. A juzgar por su apariencia y su estado de inconsciencia, parecía debatirse entre la vida y la muerte. Podría haberse detenido para comprobar que siguiera con vida, avisar a alguien que pudiera socorrerlo, tomarle el pulso al menos: pero ese no era su trabajo.

Siguió avanzando hasta llegar al lugar indicado. El letrero colgaba sobre la puerta de madera, en la planta baja de una edificación de aspecto humilde y descuidado. Del interior, procedía un grave latido, un ahogado golpeteo semejante a convulsiones que sacudieran todo el inmueble. Tomando una profunda bocanada del gélido aire exterior, asió el tirador de la puerta y entró.

Antes siquiera de acceder al interior del local, las luces resplandecientes lo cegaron y el estruendo sonoro emitido por los altavoces golpeó con dureza sus tímpanos. Aquello era un antro. En una superficie de apenas treinta metros cuadrados se distribuían una larga barra, lo que parecían ser unos servicios, una tarima y más de un centenar de personas. Una indescifrable mezcla de olores, entre los que sí destacaba el de humanidad, inundó sus fosas nasales, al tiempo que el calor desprendido por todos aquellos cuerpos lo invitaba a retirarse el chaquetón. Pero no lo haría: le convenía conservar su indumentaria.

Centrándose de nuevo en el propósito que lo había llevado hasta aquel indeseable lugar, comenzó a avanzar entre el gentío. Se abrió paso delicadamente con los codos, para evitar roces inapropiados, pero parecía que las danzantes caderas a su alrededor insistían en buscar el contacto físico, el cuerpo a cuerpo. A cada paso, se veía obligado a sortear los cubitos de hielo, que bailaban también sobre el suelo mugriento al lánguido ritmo del trap, como también lo hacían los haces de luces de colores generados por los focos autodireccionables dispuestos por todo el techo.

En las paredes, los grafitis de anónima autoría mostraban soeces escenas de mujeres ligeras de ropa, como las que en ese momento se contorneaban provocativamente sobre la tarima, jugando con las imágenes reflejadas en los espejos a su alrededor.

Al llegar al ecuador de su trayecto, hacia la barra dispuesta al fondo del local, se detuvo un instante para contemplar el mayor esperpento de todos, localizado en uno de los laterales. Dos accesos sin puerta daban a sendos servicios, uno para las féminas y otro para los machos, porque no había otro modo de llamarlos. En el primero, se formaba una gran cola que llegaba a desbordar el aforo de la estancia y continuaba pegada a la pared exterior. Desde donde se encontraba, podía distinguir sobre el lavabo restos de maquillaje y artículos de higiene íntima. En el segundo, los restos de orines y vómitos resplandecían sobre las plaquetas del suelo y parte de los azulejos de las paredes. Desde la distancia, pudo captar un hedor que creía identificar como bilis e identificó, por debajo de la puerta de uno de los reservados, muchas más piernas entrecruzadas de lo deseable.

Decidió que ya había visto bastante y que ya era hora de continuar su travesía, más bien odisea. Finalmente, y tras no pocos esfuerzos, alcanzó la barra, apoyando ambos codos sobre ella. Un grupo de cinco chicos y chicas se cruzaban continuamente en el espacio tras esta, en dirección a las botellas expuestas a su espalda y a la caja registradora, y de vuelta a la barra. Lavaban con un chorro de agua los vasos de tubo usados, arrojaban en su interior un par de cubitos de hielo extraídos de un caldero de hierro oxidado y los llenaban con las bebidas contenidas en botellas de dudosa virginidad, a juzgar por el aspecto de sus boquillas.

No tardaron en darse cuenta de su presencia, y una de las camareras se aproximó a él, inclinándose sobre la barra y acercándole el oído, para que pudiera gritarle su consumición.

—¿Qué te pongo, guapo?

Ese era su momento. Había ido hasta allí con un objetivo muy claro, y ahora estaba seguro de poder cumplirlo. Se retiró la capucha y extrajo del bolsillo del chaquetón un objeto plastificado, que mostró a la camarera mientras le gritaba su respuesta.

—Inspección de Sanidad. Ponme una de documentación… “guapa”.

Publicado la semana 12. 20/03/2018
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