Semana
11
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La subasta

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Relato
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El niño descendió por la pasarela de madera, dejando a su espalda el amarrado navío y accediendo al muelle flotante. Continuó corriendo en dirección al puerto comercial, puerta de entrada a la ciudad, capital del archipiélago y una de las más importantes urbes del Nuevo Mundo. Se trataba de una ciudad de lujosas casas coloniales, dispuestas a ambas márgenes de la Avenida de la Libertad.

Por esta comenzó a avanzar, subiendo hacia la zona alta. A cada paso, sus botas de cuero se enterraban en el suelo de húmeda tierra, dejando tras de sí una huella, que los demás transeúntes no tardaban en sepultar. Se abría camino entre elegantes caballeros vestidos con casacas o fracs, peluca y sombrero de copa, así como damas con elegantes y largos vestidos encorsetados, con encajes y miriñaque, adornados con collar de perlas, chal y zapatos de seda. Ellos se acompañaban de bastones de madera para dar prestancia a su figura, mientras ellas caminaban bajo blancas sombrillas, que protegían su delicada tez de los rayos de sol tropical. Él, sin embargo, se conformaba con una simple camisa beige y un pantalón oscuro, cuyo bajo se perdía en el interior de las botas.

No tardó en llegar a la plaza principal, una despejada explanada de tierra en la que solían alternarse los bulliciosos mercados y las todavía más bulliciosas ejecuciones públicas de piratas. Esa mañana, sin embargo, otro acontecimiento estaba teniendo lugar.

Sin perder el tiempo, avanzó entre el público hacia la tarima al frente. Sobre ella, tras un atril de madera, se encontraba el destinatario de la misiva que, con mucho cuidado, había llevado hasta allí, procedente del Conqueror. Henry Gibson se agachó para recoger el sobre que le tendía el muchacho y lo rasgó, centrándose en leer para sí el contenido del mensaje en su interior. Cuando hubo terminado, se lo guardó en el bolsillo interior de su levita y se dirigió al público congregado.

—Damas y caballeros, damos comienzo a la subasta de hoy con un primer ejemplar. —Dos fornidos hombres aparecieron por la parte trasera de la tarima, arrastrando entre ellos a un joven muchacho desnudo de cintura para arriba, tal vez incluso más fornido que ellos—. Tiene veinte años y, como pueden ver, se encuentra en perfecto estado de forma. Además, no ha sufrido ninguna enfermedad. —En ese momento, detuvo su discurso y extrajo de nuevo la carta que acababa de recibir, haciendo a continuación partícipes a todos los demás de su contenido—. Comenzamos la puja en ocho mil quinientos, ofrecidos por el Capitán Smith, del Conqueror. ¿Alguien ofrece nueve mil?

Un inquieto murmullo se extendió entre el público. Sus mentes intentaban realizar el cálculo, pero apenas era necesario. Resultaba sencillo comprender que se trataba de una cifra muy elevada, demasiado como para que cualquiera de ellos pudiera mejorarla.

—¿Nadie ofrece nueve mil? ¿Ocho mil seiscientos? —Aquella puja parecía haber llegado a su fin, pues nadie en su sano juicio asumiría un pago tan relevante como el ofrecido por el capitán—. En ese caso, adjudicado al Capitán Smith por ocho mil quinientos.

Un ceremonial aplauso se extendió por la plaza, entre comentarios acerca de lo arriesgado de tamaña inversión en un ejemplar tan joven. Los dos porteadores volvieron a sujetar al muchacho y lo llevaron de vuelta a su improvisada celda de madera, junto a sus compañeros. Seleccionaron una nueva propuesta y la condujeron hacia lo alto de la tarima. En esta ocasión, se trataba de una joven de perfilada silueta y resplandecientes ojos oscuros. Se la notaba cohibida, seguramente incluso asustada.

—Se trata de una preciosa joven de tan solo dieciséis años, en la flor de la vida —comenzó a relatar Gibson—. Tampoco ha sufrido ninguna enfermedad, y tiene la dentadura en perfecto estado. Como último detalle, aunque no por ello menos importante, todavía está intacta. —Ante este último dato, lascivas miradas se extendieron por el sector masculino de los postores—. La puja comienza en quinientos.

—¡Seiscientos! —vociferó al instante un noble caballero, al menos cuarenta años mayor que la joven.

—¡Ochocientos!

—¡Mil doscientos!

En una rápida sucesión, casi todos los hombres presentes realizaron sus crecientes ofertas, hasta que la puja pareció detenerse en una cifra bastante elevada.

—¡Tres mil!

—Tenemos tres mil por allí —expuso Gibson, señalando hacia el joven señor con la mano levantada—. ¿Es esa la última oferta? ¿Nadie se anima a mejorarla?

Dio un barrido con la mirada a los participantes en la subasta. Mientras las damas comentaban lo sucedido entre cuchicheos, todos los caballeros, sin excepción, permanecían embelesados por la bella muchacha, sin poder dejar de prestarle atención. Desde el fondo de la audiencia, llegó un grito que alteraría de nuevo a los pujantes.

—¡Queremos verle las tetas!

Gibson miró al hombre con aspecto de borracho que se asomaba desde la puerta de la cantina, apoyado contra la pared del porche de madera. Aunque por un momento dudó que fuera apropiado ceder a su exigencia, comprendió que hacerlo podría motivar un nuevo aumento de las pujas. Miró hacia sus asistentes, que flanqueaban a la joven, y asintió con la cabeza.

Uno de ellos se colocó frente a la muchacha y asió los bordes del escote de la camisa de esta. Con insultante facilidad, tiró hacia los lados, rasgando la prenda de algodón y dejando a la vista los agitados pechos turgentes de la joven. Al instante, los vítores y aplausos se extendieron entre el sector masculino, sin que nadie pareciera prestar atención a las lágrimas de sufrimiento de esta.

—¡Tres mil doscientos!

—¡Tres mil trescientos!

—¡Tres mil quinientos!

Gibson sonreía, satisfecho. La de los pechos había resultado ser una jugada maestra. Calculaba que, con ella, tal vez lograrían llegar incluso hasta los cuatro mil.

—¡Tres mil seiscientos!

—¡Tres mil setecientos!

—¡Tres mil setecientos cincuenta!

Ya casi estaban. Solo doscientos cincuenta más y habrían alcanzado un objetivo inimaginable al comienzo de la subasta que, junto con la oferta del primer muchacho, convertiría a aquella en una de las mejores jornadas que recordaba.

—¡Cinco mil!

Ante esta última oferta todos, incluido Gibson, observaron con estupefacción al joven noble que anteriormente había alcanzado los tres mil y que ahora parecía decidido a poner fin a la puja.

—Cinco mil ofrece el caballero. ¿Alguien ofrece más? ¿No? —No, no parecía que nadie más fuera a pujar. Esperó unos segundos de rigor y dio por concluida la puja de aquel segundo ejemplar—. Adjudicado al joven caballero por cinco mil. Vamos ahora con un nuevo lote, toda una familia de indígenas.

Mientras la subasta continuaba su curso, el joven inglés, hijo de una familia de colonos, se dirigió a la zona detrás de la tarima para reunirse con aquella joven muchacha negra, bella como ninguna que jamás hubiera visto, y a la que serviría como su esclavo durante los próximos trece años, ocho meses y dos semanas. O, lo que era lo mismo, cinco mil días.

Publicado la semana 11. 14/03/2018
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