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04
antoncaes

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Cuando pasó el invierno y llegó la primavera empecé a preparar lo necesario para iniciar mi partida, quería salir de aquella ciudad de aquellos olores, dejar atrás a aquellos no muertos que habían sido vecinos e incluso amigos, en vida y enemigos en la no vida que llevaban ahora.

¿Donde ir? He tenido todo un invierno para pensar, barajar posibilidades y descartar aquellas que pudieran ser más alocadas. He tenido tiempo de buscar por toda o gran parte de la ciudad lo que podría necesitar, víveres y agua, ropa, aunque no creo que tenga mucho problema en abastecerme por el camino. Los no muertos no visten a la última moda, lo más complicado ha sido hacerme de armas, visite la comisaría de policía y encontré algunas cajas de balas pero armas no había, se la llevarían cuando todo comenzó. Por lo que tuve que ir hasta el cuarte de la Guardia Civil, allí encontré resistencia, al parecer se encerraron dentro al comienzo, pero no se libraron de convertirse y había seis no muertos de uniforme en una guardia continua y casi eterna. Me costo acabar con ellos, aunque al final lo conseguí. Estaba enfrascado en mi lucha contra uno de los guardias, —como pueden tener tanta fuerza, si su cerebro no controla el cuerpo, es algo que no acabo de entender—. Solo tenía una barra de hierro a la que pude  sacar punta con una lima que encontré, gracias a ello tenía un arma bastante contundente.

Estaba defendiéndome de uno de esos seres, cuando otro me ataco por detrás, intente deshacerme  rápidamente para evitar que me mordiera cuando oí un golpe y el ser que me atacaba, me soltaba y caía al suelo muerto. Maté al que tenía delante clavándole la barra en la garganta hacía el cerebro, matándolo en el acto —si no contamos el tiempo que llevaba no muerto ya— hay que ver las tonterías que se pueden pensar en momentos de tensión.

Cuando me di la vuelta me encontré frente a un hombre de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, más o menos de mi altura metro setenta y cinco, con barba de unos cuantos días.

—Gracias —le dije.

—De nada, te vi en apuros y no pude dejar de echarte una mano —me contesto con una sonrisa franca.

—Te lo agradezco. Me llamo Manuel, pero me llaman o llamaban Manu —me presente a la vez que alargaba mi mano.

—Hola soy Diego —me dijo, mientras me estrechaba la mano— ¿Qué pretendes intentado entrar solo ahí dentro? —me pregunto mientras señalaba hacía la puerta del cuartel.

—Intento encontrar algún arma que me sea de utilidad, no se si quedara alguna sin que la hayan saqueado, pero ya es el único lugar que me queda por revisar, las comisarías están vacías —le comente.

—¿Y tú?

—Pasaba por casualidad, vengo de Campanario, al llegar a la rotonda he oído el jaleo y me he acercado a ver que pasaba.

—Pues gracias, porque de no ser por tu ayuda, posiblemente sería uno de ellos ahora.

—Es posible, aunque te he visto muy desenvuelto, pero no podía quedarme esperando a ver que ocurría.

—Gracias de nuevo, una mano nunca viene mal y me alegro de poder hablar con una persona, hacía mucho que no me topaba con una persona viva.

—La verdad que es agradable ver a alguien que no sea un zombi —dijo Diego.

—¿Hacía donde vas? —le pregunte.

—No lo se. Pensé que por aquí las cosas estarían algo mejor.

—Que va, esto esta hecho una mierda. —le dije.

—¿No hay nadie vivo?

—Yo no he visto a nadie y llevo, ummm...… como cuatro meses buscando por casas, locales etc. Buscando comida, si los había, o sean convertido o se han largado. Todo fue muy rápido. Empezó en noviembre como una epidemia de gripe y para navidades todo era un caos, caían como moscas en la azucar, para enero no quedamos más de unos cientos vivos de los que la mayoría decidieron marcharse.

—¿Y tú, porqué no te fuiste? —le pregunto.

—No lo se. Al principio por miedo, luego porque no sabía a donde ir, el invierno es muy duro y no tenia claro que pudiera pasarlo, sin acabar como estos —le dije haciendo un gesto hacía el civil que había en el suelo.

—Bueno dejémonos de charla y acabemos con esto.

—¿Acabemos? —pregunte dudoso.

—Claro ya que estoy aquí, no me voy a ir sin echar un vistazo, no he entrado nunca en un cuartel de los civiles, este puede ser un buen momento. —me contesto.

—Hay dentro al menos seis u ocho, no va a ser fácil.

—La vida no es fácil amigo mío, ni lo era antes, y mucho menos ahora.

Nos dispusimos a entrar,  abrimos la puerta con cuidado, uno que tenía galones en el uniforme se vino hacía nosotros nos echamos hacía atrás pillándole en el quicio de la puerta donde le clave la barra en un ojo, mientras Manu sujetaba la puerta para que no pudiera pasar y se abalanzara encima nuestro. Pasamos el interior donde había dos en un cuartito a la izquierda de la puerta intentando salir por la ventana, al sentirnos se dieron la vuelta, pero mano estuvo rápido y les cerro la puerta encerrándolos en su interior. Echamos un vistazo por la planta baja y encima de una de las puertas había un cartel que ponía “Armería” le hice un gesto a mi nuevo compañero y nos dirigimos hacía la puerta, paramos y nos quedamos escuchando tras la puerta, parecía que no había nadie en su interior. Manu abrió despacio y pasamos cerrando tras de si. Dentro había bastantes armas recogidas y clasificadas y otras listas para subastas la habitación era grande con muchos armeros la mayoría completos de armas y cerrados con una cadena que abarcaba cada armero, pasada por los gatillos de las armas largas, pero de cortas no se veían por allí, debían de estar en los armarios que había a lo largo de la pared de la izquierda. A mitad de la pared de la derecha había una puerta, nos dirigimos hacía ella, abrimos la puerta con cuidado, estaba a oscuras, no se veía nada, la abrimos de par en par y un ser se no echo encima sin tiempo a reaccionar. Me tiro al suelo cayendo encima de mí. Manu le clavo un cuchillo en la nuca, me lo quito de encima.

—Gracias, ya van dos — le dije.

—Eso apúntalos para cuando te pase la cuenta — me dijo sonriendo.

En aquella habitación estaban las llaves de los armeros, estaban colgadas de un cuadro en la pared, bien clasificadas y enumeradas la de los armarios estaban en un llavero con su correspondiente etiqueta.

—Coge tú la de los armarios y yo cogeré la de los armeros, nos llevaremos las que podamos — me dijo Manu.

—De acuerdo, coge las que sean más ligeras y manejables —le pedí.

—¿Has usado armas antes? —me pregunto.

—Desde que hice la mili hace ya muchos años, cuando todavía era obligatoria, no he vuelto a disparar otra cosa que una escopetilla de balines. ¿Y tu?

—Yo he sido cazador, tenía una paralela para salir a cazar, pero hubo un accidente de caza en el coto en el que cazábamos y me entro miedo, la vendí hace un par de años y deje de ir a cazar.

Recogimos tres rifles de caza y una escopeta que tenía los cañones cortados, varias pistolas y salimos de allí justo a tiempo, los dos que encerramos en el cuarto de la entrada acababan de hacer trozos la puerta, uno se dejo atrás parte del brazo, se le veía todo el hueso y la piel hecha jirones le colgaba como flecos.

Cuando salimos del cuartel fuimos a la casa de la cultura, donde tenía mis pertenencias y decidimos descansar, mañana será otro día, pensaremos como y cuando saldremos de aquí, ahora tenía alguien con el que compartir mis esperanzas e inquietudes.

Publicado la semana 4. 25/01/2018
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