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Bienvenidos a Megaluz. La ciudad de los iluminados

Éste, era el cartel que rezaba a la entrada de una ciudad costera de una pequeña isla de mar mediterráneo.

Desde hacía unos poco años se había convertido en una de las ciudades con mas afluencia de turistas de toda la costa Española.

Por su clima, sus playas, sus noches de diversión, pero sobre todo, por la cantidad de gurús y nuevos profetas, que habían empezado a instalarse en aquella pequeña ciudad, alabando a sus deidades, enseñando sus doctrinas.

Habían ido llegando de distintos lugares, se habían asentado allí, como moscas atraídas por el azúcar.

El primero en llegar fue un tal Scotch, al parecer era oriundo de una isla muy al norte y adoraban al Dios Cebada.

Un poco mas tarde, atraída por los comentarios que llegaban desde aquella isla; llego una mujer llamada Gin que adoraba a la deidad dorada Maíz.

Algo más tarde llegó un tal Stolichnaya su religión era más insignificante que las otras, pero aún así, hay devotos para todas, Stoli veneraba a los dioses vodka que eran fríos como el témpano, pero cuando se te metían dentro ardían como llamaradas de fuegos salidos del mismísimo infierno.

Cuando todos lo gurús de las distintas religiones se las veían felices, creyendo que habían adoctrinado a sus adeptos y que ya nada podría hacerlos renegar de sus dioses, llegó él. Venia de las ardientes y caribeñas playas del mar del mismo nombre.

El nombre de este gurú era Barceló, era tostado de piel, de suave aroma y dulce como la miel, el que se dejaba engatusar por él, caía rendido a sus pies.

Su deidad era Caña de azúcar, quizás por eso la dulzura de sus sacerdotes. Como en cada religión, había distintas ramas, pero estos que os he nombrado, quizás son los más importantes de cada una de ellas.

Como os decía, estos gurús, fueron llegando a aquella ciudad llamada, Megaluz, habían ganado miles de adeptos en los distintos lugares de oración, donde su palabra se dejaba oír, y sus deidades se dejaban adular, les daban lo que ellos pedían, felicidad, un éxtasis de bienestar, que los volvían idos, aunque dicho así, pueda parecer una incoherencia.

Cuando los ritos empezaban —estos podían hacerse a cualquier hora del día, pero la noche era el momento álgido—.

Era a partir de la media noche cuando se hacía notar el fervor que los acólitos tenían hacía sus respectivos dioses.

Estos dioses no eran estrictos como en otras religiones; en cuanto a la castidad. Por lo que las noches se podían volver verdaderas orgías sexuales, en las que todo valía, relaciones lésbicas, homosexuales, heterosexuales, tríos, cualquier forma imaginable de placer estaba permitido sin coto alguno, tan solo el que los adeptos se marcaran.

Otro de los ritos que se celebraban en los momentos más álgidos del éxtasis, siempre dejándose llevar por el amor y el ardor hacía sus dioses, eran sin duda las inmolaciones.

Este tipo de sacrificio solo lo realizaban los más fieles adeptos, iluminados.

Cuando sus dioses se aparecían ante ellos —esto lo sabemos por algunos de estos fieles que sobrevivieron de forma milagrosa, o como dicen ellos. —en el último momento sus dioses se dieron cuenta que no estaban aún preparados para estar a su lado—.

Les pedían que mostraran su verdadera idolatría hacía ellos, inmolándose, para ello debían de subir a lo alto de un edificio y lanzarse al vacío. A cambio les prometían un lugar a su lado en su reino.

Acto, que como ya hemos comentado muchos son los iluminados que se dejan llevar por esta pasión y se lanzan desde los balcones de sus habitaciones, de hoteles, apartamentos o viviendas en general en honor a su dios particular. Ya sea Scotch, Gin Stoli o Barcelo.

Al final son enviados en un saco de plástico a sus familias para que sepan que veneró a su correspondiente dios hasta el final.

Esta son bodas totalmente eternas, ya que ni la muerte los separa. O al menos así lo creemos todos, ya que sus acólitos cada día son más, llegan de más países.

A esta ciudad de iluminados.

Llamada Megaluz.

Publicado la semana 25. 20/06/2018
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