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02
antoncaes

El bingo

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Estaba esperando debajo de aquel paso subterráneo; sabía que su presa debía pasar por allí. Lo había seguido durante tres noches, desde que abandonaba aquel salón de bingo hasta la misma puerta de su casa. Esa noche tuvo la osadía de entrar en el establecimiento para ver a su víctima. Se sentó en una mesa apartada, desde la que podía vigilar pasando desapercibido; se pidió una copa y compró dos cartones para no dar la nota.

Apenas estaba pendiente de sus cartones vio cómo su víctima cantaba un sustancioso bingo y cómo guardaba el dinero en un sobre. Al cabo de media hora se levantó y se fue a aquel paso donde lo acecharía. Eran casi la dos de la mañana, faltaba poco para que su presa bajara la escalera y entrara en la oscuridad de aquel agujero. Él se había encargado de que así fuera, rompiendo las bombillas y ocultándose en lo más oscuro del pasadizo.

Aquel incauto bajaba por las escaleras que atravesaban la calzada por aquel pasaje; acostumbraba a hacerlo en vez de pasar por arriba, aún a sabiendas que a aquella hora había poco tránsito de vehículos; era un hombre de rutinas y no podía evitarlo. Entró en el pasadizo y se paró un segundo. No había luces en todo el trayecto; algo que le sorprendió mucho, pues era la primera vez que aquello le sucedía. Pasado el momento de sorpresa, se encogió de hombros y reanudó su camino. ¿Se habrá estropeado el conmutador que da corriente a la línea? _pensó.

El cazador estaba agazapado en las sombras esperando a su presa, cuando vio que se paraba al principio del pasaje. Se puso un poco nervioso, temió que se diera la vuelta sobre sus pasos, _debí dejar la última luz del otro lado, le hubiera dado algo más de confianza para pasar _pensó. Al ver que su víctima reanudaba su andar, se relajó un poco, sacó una navaja de grandes dimensiones y esperó a que estuviera a su altura.

Este hombre iba confiado, estaba contento, hacía ya tiempo que no cantaba un bingo tan sustancioso. Es verdad que había cantado algunos, pero todos de una cuantía muy pequeña; pero hoy había sido muy bueno, nada más y nada menos que casi cuatro mil euros. Solo de recordarlo, se le dibujaba una sonrisa bobalicona en la cara.

El ladrón le dejó pasar por su lado. Cuando estaba a su altura, mantuvo la respiración y la adrenalina se le disparó como un obús. Aún así se mantuvo a la espera. Cuando pasó le salió por detrás y le puso la navaja en el costado.

_No te muevas _le dijo. Dame todo lo que llevas.

 

_Tranquilo _le pidió la víctima. No hagas nada de lo que tengas que arrepentirte.

 

_Cállate y entrégame todo el dinero, deprisa _le apremió.

 

_No tengo nada, no me hagas daño _le suplicó la víctima.

 

_¡No me mientas! He visto cómo cantabas un bingo y sé que era una buena suma _le dijo el atracador.

 

_¡Me vigilabas! Joder, parece ser que no tengo escapatoria, no te pongas nervioso _le dijo, muy tranquilo.

 

_¡Deja ya de hablar y entrégame el dinero, no tengo toda la noche! _le calló de golpe.

 

_Está bien, tú ganas. ¿Puedes soltarme para que me saque el dinero? Por favor _le pidió.

_No intentes nada o te rajo; no te miento.

 

_Vale, vale. ¡Uf!, qué mal trago, y yo que creí que esta era mi noche de suerte.

 

_Que te calles, y dame la pasta deprisa; no te lo vuelvo a repetir _le dijo ya nervioso.

 

Apretando la hoja de la navaja contra el costado de su víctima, notó cómo se hundía en la ropa rasgando la tela con el filo.

_Tranquilo, tranquilo, toma el dinero _. Le dio un sobre con el dinero.

 

El atracador le soltó para coger el paquete que su víctima le entregaba, y este daba a su vez unos pasos hacia adelante girándose para ver la cara de su atracador. Se miraron a los ojos y el cazador vio en aquellos ojos algo que no comprendió. Se oyó un ruido atronador en aquel pasadizo y un fogonazo de luz cegó al atracador, a la vez que notaba que algo le quemaba el pecho como un pinchazo ardiente que le penetraba y algo, caliente y viscoso, se le pegaba a la ropa.

Cuando quiso comprender lo que ocurría, ya estaba muerto.

El cazador fue cazado sin saber cómo.

Cuando cayó al suelo, aquel hombre se adelantó. Agarró el sobre que seguía en manos de atracador y le dijo:

_Lástima, si te hubieras quedado un poco más dentro del salón habrías visto que llevaba una pistola y que como tú, me veo obligado a robar para sobrevivir. De haberlo hecho, ahora estarías en tu casa y no tirado en un sucio y oscuro pasadizo.

 

Se dio la vuelta y se marchó tranquilamente sonriendo, pensando de nuevo en los números de aquel bingo de casi cuatro mil euros que había cantado esa noche.

Publicado la semana 2. 09/01/2018
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