Semana
18
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Sara, la araña que se alimentaba de faltas

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Aquella mañana de primavera había salido un sol grande y luminoso. Era el primer día, después de un intenso y duro invierno. La vida comenzaba a despertar de su letargo; algunos animales salían de sus madrigueras, otros de sus capullos... Entre ellos acababa de nacer una arañita muy pequeña, que con sus ocho ojos lo miraba todo y con sus ocho patitas todo lo quería tocar.

Era una araña muy pequeña y curiosa, a pesar de ello su madre la dejaba que se moviera libremente por el árbol donde tenía su tela instalada.

Una mañana de abril salió la arañita, a la que su mamá le puso de nombre Sara; pero le llamaba cariñosamente Sari.  Salió a dar un paseo y curiosear como solía hacer. Al llegar a un edificio muy grande, donde había muchos humanos, pero de los pequeños, los llamados niños, los había por cientos, como si de una colmena se tratara. La curiosidad pudo más que ella y se acercó sigilosa, como solo una araña puede hacerlo. Entró por una ventana y se escondió entre las láminas de la persiana de madera. Su madre le había enseñado que aquellos seres podían ser peores que cualquier otro animal que ella hubiera conocido, y llevaba conocidos unos cuantos.

Así que, se escondió y quedó atenta a lo que ocurría allí. A pesar de tener ocho ojos su vista no era muy buena; pero su oído era maravilloso: oía el vuelo de una mosca a dos kilómetros, bueno, no tanto, pero la oía desde muy lejos.

Se enteró de que a aquel lugar lo llamaban escuela; que allí iban los humanos a aprender cosas, como leer y escribir; también salían a jugar a la calle, pero siempre tras un cercado de alambre. Sari, se embelesaba escuchando cómo un humano adulto, que unas veces era un humano macho y en otras una hembra, enseñaban a los pequeños.

Un día le preguntó a su mamá por qué tenían que ir los humanos a la escuela, ¿o es que sus padres no sabían enseñarlos, como ella la enseñaba?

Su mamá, al oír aquello, le preguntó cómo sabía ella todo eso y Sari le contó que había ido a la escuela y había visto lo que allí hacían.

La mamá, preocupada por la osadía de su hija, le prohibió que se acercara a aquel sitio, que era muy peligroso rondar por donde había tantos humanos juntos.

Sari le dijo que se escondía bien y que los humanos eran pequeños.

Su mamá enfadada le dijo que esos, los pequeños, eran los peores, si la cogían, le arrancarían las patas o la matarían de un pisotón o con lo primero que tuvieran a mano. La mamá hizo prometer a Sari que no volvería allí y ella accedió.

Estuvo unos pocos días aprendiendo a tejer una tela bonita, donde las moscas y otros insectos cayeran, para poder comer.

Pero aquello aburría a Sari, su interés era otro y su curiosidad por aprender la estaba consumiendo. Así que, un día, no pudo más y rompió su promesa, volviendo a la escuela. Allí tejió una tela en una esquina apartada y se quedó a vivir en ella. Así podría aprender día y noche sin preocuparse de la comida.

Una noche, que se encontraba sola en aquel lugar, bajó a curiosear y encontró un sitio en el que había muchas hojas de papel escritas. Ella ya sabía lo que eran, porque había oído miles de veces a los humanos llamarlos folios o deberes, dependía de si estaban escritos o no; si no lo estaban eran folios y si lo estaban eran deberes.

Se metió entre los deberes y comenzó a leer; leer era algo que le gustaba mucho. Había aprendido rápido, gracias a que el humano adulto escribía en ese lugar que llamaban pizarra y lo hacía con letras tan grandes, que hasta ella con su corta vista era capaz de verlo desde su tela. Eso la ayudó a comprender los signos y garabatos que veía al principio; pero que pronto supo que eran números y letras y que los humanos las utilizaban para comunicarse. Se ve que no tenían bastante con el vocabulario, aunque a algunos de los pequeños apenas si les entendía.

Fue cuando comprendió que las letras y los números eran para enseñar a los humanos más pequeños a hablar bien y a contar. Le pareció divertido, porque las arañas eso lo sabían sin más, no tenían que ir a la escuela para aprender a leer, ni a escribir, no les preocupaba, ellas se entendían. Desde que nacían sus mamás les enseñaban todo lo que debían saber: a tejer las telas, a cazar a las presas que caían en ellas, cuáles animales eran más o menos peligrosos y todas esas cosas que deben saber las arañas.

Una vez abajo, se metió entre los folios, se dio cuenta que olían bien, no exactamente como los árboles, pero era un olor muy similar; aquello no eran folios sin más, eran deberes. Vio que estaban escritos y se paseó por ellos leyendo despacio lo que en ellos había. Fue cuando descubrió algo que la sorprendió mucho. Mientras leía vio una palabra que ella ya conocía era, “habríamos” le faltaba un acento en la i porque era una palabra esdrújula y porque tiene cuatro sílabas.

Aquella falta la hizo enfadar y se comió la palabra. Resultó que le gustó su sabor, así que siguió buscando palabras con errores y “encontro” que le faltaba el acento en la ó. Se la tragó, no sabía igual que la otra, pero no le disgustó; así que siguió buscando y comiendo faltas de ortografía.

Con el paso de los días dejó de comer moscas y otros animalitos que caían en su tela, con las faltas se encontraba satisfecha.

Además había crecido y engordado, más que con las moscas y encima se dio cuenta que era más cauta e inteligente que antes.

Las moscas no tardaron en dar la noticia, ya que Sari las liberaba cuando alguna caía en su red, al igual que los mosquitos y mariquitas que se despistaban en su ruta e iban a caer en su tela.

Se dio cuenta que algunos lo hacían aposta, para ver si era verdad lo que les contaban, aún a riesgo de que no lo fuera y sirvieran de plato para Sara la araña traga faltas, como ya la habían bautizado.

Tentada estuvo más de una vez a comerse alguno para que así la dejaran tranquila; pero fue incapaz, se sentía tan satisfecha, tan saciada de alimento, como de conocimiento, que para ella sería ya aberrante comerse a un ser vivo.

La mama de Sari oía lo que decían de su niña y al final se tragó su orgullo y se dispuso a visitarla y a comprobar todo lo que decían de ella —¿Será posible todo lo que dicen?— pensaba una y otra vez.

Cuando Sari vio aparecer a su madre se puso muy contenta, no la esperaba. Cuando se marchó de casa se quedó muy dolida porque había roto su promesa, tanto que la vergüenza de mirar a la cara de su madre era inmensa.

Sari puso la al día de todo lo que le había sucedido, de cómo el alimentarse de faltas de ortografía, la había ayudado a evolucionar mentalmente, había aprendido muchas, muchas cosas nuevas, que jamás hubiera conocido de haberse quedado en el árbol.

La mamá vio que su hija había crecido tanto física como intelectualmente, por lo que se sintió muy satisfecha y orgullosa de ella; así que volvió a casa contenta y con la promesa de volver a visitarla más a menudo.

Al igual que Sari quedó en visitarla a ella cuando no hubiera escuela y no tuviera tanto que hacer.

Atrás quedaron las promesas rotas y los viejos rencores.

Y por delante, la fama de Sara, la araña que se alimentaba de faltas, fue creciendo al mismo ritmo que el conocimiento de ella.

 

Y colorín colorado este cuento se ha acabado.

Publicado la semana 18. 05/05/2018
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