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13
antoncaes

La charca del ahogado. capitulo 5

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El inspector y Juan llegaron a casa del difunto Roberto López, al llegar vieron un coche patrulla en la puerta, saludaron a los compañeros y llamaron al timbre. Abrió un hombre de unos cincuenta o sesenta años.

 

Sr. López? —pregunto

Sí, quien es usted —contesto el padre el difunto con un hilo de voz.

Soy el Inspector Donoso —se presento— le acompaño en el sentimiento. Estoy a cargo de la investigación de los asesinatos de su hijo y la señorita Natalia. Se que no es el mejor momento, pero quisiera hacerle unas preguntas que quizás puedan arrojar algo de luz a la investigación, si no le importa.

Importarme me importa, claro que me importa, han matado a mi hijo y a su novia, no se porqué, llevó todo el día respondiendo las mismas preguntas a los policías que vienen una y otra vez, ustedes son los cuartos o los quintos que vienen a hacerme unas preguntas para lo cual no tengo respuesta. Y todavía me dice que si no me importa. Pues si que me importa, pero quiero que cojan a quien haya asesinado a mis hijos de una forma tan cruel y los metan en la cárcel para el resto de sus vidas.

Le comprendo Sr López, se muy bien por lo que esta pasando y entiendo como se siente —le dijo el inspector.

No, no lo entiende, cree entenderlo, pero le aseguro que no es así. Es usted padre.

No señor.

Ve como no lo puede entender, y menos saber por lo que estamos pasando, si alguna vez tiene un hijo y lo pierde, Dios no lo quiera, entonces será cuando comprenda por lo que se pasa. Ojala no tenga que hacerlo nunca —le dijo muy compungido el padre— pasen ustedes, llámeme Mario por favor

Gracias Sr Mario. No le quitaremos mucho tiempo.

Ya me han quitado lo más importante de mi vida, el tiempo ya me da igual.

 

Entraron en casa de la familia del finado y pasaron al salón donde la madre de Roberto, vestida de negro riguroso lloraba desconsolada, junto a ella había amigos y vecinos de la familia.

Esperaban a que el juez les diera permiso para poder trasladar los cuerpos al tanatorio y allí velar a los chicos y su posterior entierro. Mario les llevo a una sala más pequeña en la que no había nadie, donde podrían hablar más tranquilos.

 

Siéntense donde gusten —les dijo.

Gracias, no tardaremos mucho —le dijo el inspector— ¿Sabría decirme si su hijo tenía algún enemigo?

Se que mi hijo no era un santo, que había tenido sus mas y sus menos con la justicia, pero no era mala persona, no para que lo mataran al menos —contesto.

¿Podría darme una lista de los amigos que usted conozca?

Él era muy conocido en el pueblo, puede preguntar a quien quiera, nunca hizo daño a nadie, si que es cierto que tonteaba con las drogas, pero nunca tuvo que robar o maltratar a nadie, cualquiera de los que lo conocían se lo podrá decir, le daré los nombres y los teléfonos de los amigos.

Gracias. ¿Y de Natalia? ¿Qué me puede decir?

Poca cosa. Quería mucho a mi hijo, llevaban juntos unos cinco o seis años, pero se conocían desde el colegio. Ella estuvo un tiempo en la cárcel por drogas, la cogieron con una cantidad algo más grande de lo que se podía declarar como consumo propio, o al menos eso nos contaron. Pero vaya usted a saber para que era. Todo el mundo decía que la droga era de mi hijo y que la obligaba a ella a pasarla, pero no es cierto, mi hijo juraba y perjuraba que esa droga no era suya. Y por más que le pregunto a ella, nunca le dijo de quien era, al menos que yo sepa. ¿Cree usted que eso tendrá que ver es sus muertes? —le pregunto el padre visiblemente preocupado.

 No sabría decirle, pero para eso estoy aquí, para averiguar quien y porqué los han matado.

¿Esta seguro que cogerán a quien lo ha hecho?

En ello estamos trabajando y podré todo mi empeño en que así sea.

Gracias inspector. ¿Me mantendrá informado?

Puede estar tranquilo en ese aspecto que le informare de todo lo que me sea posible, siempre que no perjudique a la investigación —le dijo con toda tranquilidad— ahora le dejamos, tenemos que ver a los padres de la chica.

Lo entiendo, gracias de nuevo inspector.

De nada, como ya le he dicho antes, mis mas sinceras condolencias para usted y su familia, se que no es un trago fácil.

 

Le fue diciendo a la vez que ambos agentes y el padre del chico salían hacía la calle de nuevo, una vez en la puerta el inspector estrecho la mano al hombre y se dirigieron al coche, a la vez que saludaban con un gesto de cabeza a los compañeros que seguían en su puesto, dentro del vehículo policial.

¿Y ahora?— pregunto Juan.

Ahora vamos a hablar con los padres de la chica —dijo el inspector.

Bien, como diga.

Los dos agentes se montaron en el coche y se dirigieron a casa de Natalia, estuvieron hablando con los padres, pero al igual que los de Roberto, poco pudieron aportar sobre la vida que llevaba su hija fuera de casa, era, según sus padres, una buena chica que quería a su novio. Cuando les preguntaron sobre todo lo ocurrido con los comentarios referente al trafico de drogas, lo desmintieron rotundamente, sabían que su hija fumaba marihuana, pero jamás había traficado y mucho menos que Roberto la usara para ello. Creían que era un bulo que alguien había hecho correr para manchar la reputación de su hija.

Al cabo de una hora se despidieron de los padres, y al igual que a los del chico, les aseguro que harían todo lo posible por encontrar al culpable o los culpables de su muerta. Al montarse en el coche le dijo a Juan que le llevara al hotel, que por hoy ya estaba bien, necesitaban descansar, pero antes de irse a casa le pidió.

 

Hágame el favor, averigüe quien llevo el caso de la chica, y que nos envíen una copia. Haber si para mañana por la mañana lo tenemos encima de la mesa.

Si señor, ahora hago las averiguaciones oportunas.

Gracias Juan.

Publicado la semana 13. 29/03/2018
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