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ALBATROS 2705

EL REY LOCO Y SU MEDALLÓN

Después de varios días recorriendo las calles y alrededores de aquella histórica ciudad, por fin tenía ante sus ojos el monumento que necesitaba, para el rodaje de la película que tenía en proyecto.

Se trataba de una historia real, que él pretendía contar y recrear no en el lugar exacto donde habían tenido lugar los hechos, pero si en un palacete de características aproximadas a las que el guionista había descrito.

La verja se encontraba cerrada y no había ningún sitio por el que entrar. Así que hizo sonar el claxon del coche, y esperó. Al cabo de un rato apareció el jardinero.

—Hola —dijo Karel Hoffman cuando aquel llegó a su lado —soy director artístico y fotógrafo. Me gustaría poder hacer un reportaje sobre este edificio.

—Lo siento, pero necesitará el permiso de sus dueños.

— ¿Cómo podría contactar con ellos?

Como si esa pregunta fuese habitual cada día, el jardinero sacó del bolsillo del mono de trabajo, una tarjeta y se la entregó. En ella figuraba el nombre de un administrador y su teléfono. Karel vio que aquel hombre estaba acostumbrado a no dar más explicaciones de las necesarias, así que renunció a intentar mediante una propina, obtener el acceso al lugar.

Ya en el hotel y después de varias llamadas, consiguió contactar con el señor Josef Dostál, nombre que figuraba en la nota. Este no dudó en aceptar la visita, fijándola para el día siguiente en la puerta del palacio.

A primera hora de la mañana, Karel ya se encontraba al pie de la verja. No tuvo

que esperar mucho tiempo. Pronto, vio salir de la mansión al jardinero del día anterior, al que acompañaba un caballero. Por su porte, dio por supuesto que se trataba del administrador. Ambos al verle, se dirigieron hacia donde él se encontraba.

Una vez abierta la puerta para darle paso, se saludaron. Karel Hoffman era un profesional y como tal, estaba habituado a visitar las localizaciones para sus películas, así que no dudó en presentarse al señor Dostál, como un director con gran experiencia en estos temas, asegurándole que sería muy cuidadoso con el mobiliario.

—Señor Hoffman, acompáñeme.

Fueron hablando cordialmente por el camino asfaltado, que conducía a la entrada principal de la mansión. A ambos lados del edificio, un hermoso y cuidado jardín. Hoffman observó que, a la derecha del palacete y separado por un conjunto de setos, se encontraban las caballerizas, mientras que a su izquierda había una pérgola rodeada de pequeñas fuentes, que cubrían su perímetro salvo en las entradas. El chorro ascendente de sus aguas servía en los momentos de más calor, para refrescar el ambiente.

Cuando llegaron a la puerta del edificio, el señor Dostál le indicó, que él estaría con el jardinero en el invernadero, donde le podría localizar en el caso de necesitarlo.

El edificio era muy antiguo y el paso del tiempo, había dejado huellas de un acusado deterioro en parte de su fachada. Sin embargo, su trabajo consistía en dar realce a las imágenes de tal manera, que esto no se pudiese detectar salvo que así le conviniese.

Después de numerosas fotos en el exterior, salvó la puerta y entró. Se quedó mudo de asombro, al contemplar la espléndida escalera de mármol. Esta ascendía desde el fondo de una gran sala hasta el piso superior.

El administrador había hecho encender las luces para la visita, por lo que la iluminación era perfecta. ¡Qué maravilla! Por un momento se sintió transportado a otra época. Le pareció ver bajar por las escaleras, bellas cortesanas cuyos vestidos con sus salva infantes, reducían prácticamente la anchura de esta.

Llevado por la magia del momento, le pareció percibir el sonido de un minueto, al tiempo que los ojos de su imaginación le permitían contemplar las damas y caballeros que, en perfectas hileras, danzaban en el salón al compás de la música. Mientras, que otros invitados situados en unos palcos, observaban el ir y venir de las parejas por la pista de baile.

En ambos lados del salón, las paredes estaban recubiertas de lujosos adornos de la época y grandes espejos. Estos producían una sensación de amplitud a la sala, a la vez que permitía desde todos los ángulos de esta, contemplar el suave desplazamiento de los bailarines.

Comenzó su trabajo e intentó plasmar no solo las imágenes que veía, sino reflejar el espíritu de aquellos tiempos. Traiciones, amoríos, crímenes, conjuras y un sinfín de hechos que conformaban toda una historia.

Mentalmente, Karel fue incorporando las imágenes que veía a la historia que él pretendía contar. Un noble, con gran poder, se veía enfrentado a una situación comprometida, ya que en su palacio se había producido la muerte de la amante del “rey Loco”. Hacía poco tiempo, que esa historia había caído en sus manos, aunque desconocía la procedencia. Sin embargo, ahora lo que debía hacer, era proveerse de las imágenes de aquel lugar.

Luego, su labor consistiría en valorarlas, para sugerir el mejor emplazamiento de las acciones de su relato. Terminado el recorrido por las habitaciones de la planta baja, decidió que era el momento de entrar en la zona privada del palacio.

Subió al piso superior y mientras ascendía, se preguntó que sensaciones habrían percibido las personas que habían estado en aquel lugar. La primera puerta que abrió, le introdujo de lleno en la biblioteca.

La inmensa sala estaba forrada de madera labrada, y sus estantes repletos de libros. Con la cámara fue tomando imágenes de diferentes lugares de la mansión. De pronto quedó sorprendido, cuando a través del objetivo de esta, vio de manera algo velada a un hombre y una mujer en actitud amorosa. Separó sus ojos del visor y comprobó que allí no había nadie más que él. Repitió la acción y nuevamente apareció la pareja ante él. Ahora ambos estaban desnudos y se acariciaban con vehemencia.

Karel comenzó a sudar. No era supersticioso, pero las imágenes le habían puesto nervioso. Continuó su trabajo y aquella visión desapareció. Siguió recorriendo todo el pasillo, haciendo el minucioso trabajo que se requería.

Finalmente, entró en el dormitorio del noble. Al fondo de la habitación, una cama bajo un lujoso dosel; cuadros y tapices, llenaban los suelos y paredes. Observó que en un cuarto contiguo se hallaba el vestidor y un servicio.

Comenzó fotografiando la cama, y nuevamente en el objetivo de la cámara, apareció la imagen de un noble con la misma dama que viera durante su estancia en la biblioteca. Karel sacudió la cabeza para apartar de sí aquellas imágenes.

Sin embargo, estas parecían tener vida propia, así que se detuvo durante un rato contemplando la escena, sin hacer ninguna fotografía. Ya a punto de abandonar la habitación se fijó que, en el lateral izquierdo de esta, según su posición, sobresalía de la pared un pequeño hilo de oro. La curiosidad le llevó hasta él.

Pensó en su compromiso con el administrador, pero también, que debía empaparse de la historia que encerraba aquel palacio, para dar fuerza a su propia historia. Así que con cuidado estiró del hilo y… ¡Oh sorpresa!, se abrió un pequeño cajetín.

Una vez abierto, introdujo dos de sus dedos en el agujero y extrajo unos papeles junto a un medallón. Le pareció, que aquellos papeles no habían sido nunca leídos por nadie, por lo que tenía que tomar una decisión rápida.

O leerlos allí y exponerse a la llegada del administrador, o conseguir una segunda visita para una vez leídos, volverlos a colocar otra vez en su lugar. Podrían no contener nada importante, pero tal como estaban guardados, indicaba la necesidad del que los escondió, de que no fueran descubiertos.

Rápidamente los ocultó bajo la camisa, para así poder leerlos más tarde con tranquilidad. Fue hacia el invernadero en busca del administrador.

—Señor Dostál, seguramente necesitaré efectuar una segunda visita dentro de unos días. Podría concedérmela.

—Cuando la necesite, llámeme al despacho y quedaremos.

—Muchas gracias por su atención.

Se despidió amablemente del apoderado, y regresó directamente al hotel. Una vez en la habitación extrajo de la camisa los documentos encontrados. A medida que avanzaba en la lectura, la ansiedad se apoderó de él.

El palacio que había visitado se correspondía con el del noble de su historia: el conde Baluart. Todo le hizo pensar que “El rey Loco”, del que se decía en la Corte que tenía como amante al principal caballerizo real, Richard Horning, también se había enamorado de la mujer del noble.

Según decía el propio Baluart en el escrito, todo parecía indicar que en cada ocasión que él salía de caza o de viaje, el monarca se acercaba al palacio y mantenía relaciones amorosas con su esposa.

Durante una jornada de caza, Baluart cayó del caballo y tuvo que regresar antes de tiempo al palacete, siendo conducido en una parihuela por sus criados. Al llegar a la mansión, vio oculta tras unos setos la montura del soberano y se sorprendió. Entró en el edificio y pidió ser trasladado directamente al dormitorio. Pero tal vez, por el ruido que hicieron los criados al subirle, resultó que al entrar en la habitación encontró sola en la cama a su esposa.

Cuando se acercó, vio a esta herida de muerte con un puñal clavado en el pecho. Gritó con todas sus fuerzas. Sin embargo, antes de que llegaran los criados, al conde le atrajo la atención un objeto al borde de la cama.

Era el medallón que, en numerosas ocasiones, él había visto colgado al cuello del rey. Se sintió enfermo de rabia y dolor. Su esposa le traicionaba con el monarca al que él había jurado lealtad.

Luego pensó en cómo poner en evidencia al déspota del rey, que abusaba de su poder. Envió emisarios al palacio de este, notificando al rey la muerte de su amante. Sin embargo, la reacción del soberano fue hacer cumplir la justicia.

El noble fue detenido por asesinato, ya que era su puñal el que estaba en el cuerpo de la víctima. Una vez juzgado y dictada la sentencia, fue ejecutado.

Tal vez en previsión de lo que pudiese ocurrir, el conde había ocultado aquel escrito y el medallón, donde explicaba su versión de lo ocurrido, en aquel artilugio oculto a la vista de todo el mundo. Karel, ahora al cabo de doscientos cincuenta años, creía tener en sus manos la verdad de lo ocurrido.

Al día siguiente con su pequeña máquina de microfilmar, obtuvo los negativos de los documentos y el medallón, que le servirían para conservar las pruebas. Pero, los originales, debía ponerlos en su lugar.

Pidió hora al señor Dostál y días más tarde, devolvió los objetos al cajetín. Luego, fotografió el lugar donde quedaban escondidos los originales.

Cuando regresó al hotel, se encontraba preparado para modificar su historia. Sin embargo, decidió que antes de cerrar el guion, debía ampliar la información. No siempre todo lo visto y leído, se corresponde con la realidad.

Al día siguiente se dirigió a la Biblioteca Nacional, para consultar libros de la época. La familia del “rey Loco” fue numerosa. Uno a uno desgranó la relación de los familiares con el rey.

Lo curioso era que todos llevaban al cuello un medallón, que parecía idéntico al encontrado por el conde Baluart. Lo primero que hizo fue examinar el medallón del rey, puesto que este había sido acusado por el conde. No, su leyenda “Victoria o muerte”, era diferente a la que figuraba en el encontrado dentro de la habitación por Baluart.

Así que fue observando cada uno de ellos. Le quedaban aún tres medallones, cuando percibió que su vello se erizaba. Allí ante su vista, tenía al causante de la muerte de Kristýna de Baluart. El medallón se correspondía con el de la duquesa Nora, prima del rey.

A partir de aquel hecho, dedujo una teoría sobre lo sucedido. “Nora debía estar enamorada de su primo o haber sido su amante anteriormente. Despechada, usó el caballo del rey para inclinar todas las sospechas sobre él.

Cuando esta llegó a la mansión de los Baluart, dejó el caballo del rey cerca de las caballerizas. En la entrada de la mansión, tal como él había visto, existía un cuadro de armas de donde Nora debió coger un puñal, subió al piso superior y se adentró en la habitación del matrimonio. Allí encontró a la dama sobre el lecho. Con el arma fuertemente cogida entre sus manos, se abalanzó sobre la mujer y la apuñaló varias veces. Kristýna, al quedar herida de muerte, no tuvo fuerzas para alertar a los sirvientes.

Todo ello coincidió, con el momento en que Baluart regresaba a su casa, herido de la cacería. Nora escapó y al hacerlo, no solo se dejó olvidado el medallón en la habitación, sino que, en su huida, abandonó el caballo del rey. El conde por su parte, no se molestó en leer la leyenda y dio por supuesto, no solo la infidelidad de su esposa con el rey, sino que este era su asesino.

El monarca, ante la acusación pública que le hizo Baluart, de que él era el artífice de la muerte de la mujer (puesto que de sus relaciones con Kristýna mejor no decir nada) reunió las pruebas suficientes para acusarlo. La sentencia que dictó el tribunal presidido por el rey fue de muerte”. Acabada su teoría, Karel no pudo por menos de frotarse las manos, ya que ahora su historia adquiría tintes reales.

Publicado la semana 69. 22/04/2019
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