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ALBATROS 2705

REBELIÓN EN EL ACANTILADO

El fuerte viento que reinaba en el lugar, y el golpeo continuado de las olas sobre los altos y escarpados peñascos, habían conseguido a través del tiempo, agujerear las rocas de manera que, por efectos de la dura naturaleza, había creado oquedades en la superficie de estas.

Ahora, estos riscos, habían sido elegidos por una grandiosa colonia de gaviotas, que campaban a sus anchas por entre las rocas. Cada mañana, la gaviota instructor de vuelos, hacía subir a la plataforma superior a las más inexpertas, desde don­de se lanzaban al vacío, para aprender a volar. Sin embargo, esto no era fácil.

De manera rutinaria partían en vuelos cortos, de manera que siempre tuviesen capacidad para regresar a la base, en el caso de que las condiciones meteorológicas empeorasen.  

El Supremo jefe de aquella colonia, que desde los altos riscos contemplaba los vuelos, observó que, desde hacía algún tiempo, dentro de aquel grupo de gaviotas jóvenes, había elementos hostiles, que no deseaban obedecer al instructor.

Una mañana, Ansera la gaviota más rebelde, una vez que el instructor le dio permiso para partir, se lanzó en picado hacía las tormentosas aguas del Atlántico. Después inició un ascenso cual cohete, para nuevamente dejándose llevar por las corrientes de aire, pla­near lejos de la colonia.

Sus compañeros se quedaron atónitos. Se había rebelado contra las instrucciones del jefe de vuelos y emprendido un viaje, que podía resultar sin retorno.

Después de unos momentos de duda, salieron a su encuentro cinco gaviotas adultas. Los graznidos de estas, amonestándola por su comportamiento, llegó hasta la colonia.

Pero Ansera no desistió de su actitud, ni se rendía, sino que repetía una y otra vez, aquel ascenso y su posterior caída en picado.

Cuando regresó a los riscos, fue interrogada por el comité superior de la colonia.

—¿Se puede saber, por qué no has respetado las normas? —Le dijeron.

—Estoy harta de que no se respete mi libertad. Y lo volveré hacer, en cuanto tenga otra opor­tunidad.

—Es tu última palabra —La preguntó el Supremo

—Si —Respondió ella enérgicamente.

—Bien, pues durante cuatro lunas permanecerás en una oquedad, lejos de tus compañe­ros de vuelo. Esperamos que recapacites.

Una vez acabado el castigo, Ansera regresó a las prácticas de vuelo. Sin embargo, el castigo no le había hecho variar su posición.

Aprovechaba cualquier momento, para intentar influir entre sus compañeros. Deseaba que éstos la siguieran, y por eso les hablaba de la felicidad que suponía volar libre.

El tiempo fue pasando y sus graznidos llegaron a convencer a una veintena de gaviotas, que como ella ansiaban la libertad.

Un buen día, después de los ejercicios habituales, esta veintena de gaviotas capitaneados por Anse­ra, subieron a la plataforma de vuelos y desde allí siguiendo las instrucciones de ésta, emprendieron un vuelo peligroso.

El supremo de la colonia no se lo podía creer. ¡Cómo se atrevía aquella rebelde, a poner en riesgo la vida de sus compañeros! Sus actos tendrían que tener, duras consecuencias.

Desde la colonia vivieron las evoluciones del grupo, con cierto nerviosismo. No podía ser, que se arriesgasen de aquella manera, para comprobar los efectos de una cierta libertad.

Súbitamente, el viento, que soplaba mar adentro, cambió de dirección. Las ráfagas, ahora, empujaba a las gaviotas rebel­des hacia los peñascos. Algunas, viéndose desplazadas de manera tan brutal, intentaron bajar en picado hacia el mar. Al no poder controlar su fuerza, golpearon contra las frías aguas del océano, quedando para siempre en ellas. Otras, queriendo encontrar refugio entre los riscos, quedaron aplasta­das contra estos.

Cinco de aquellas rebeldes, entre las que se encontraba Ansera, siguieron luchando con­tra los elementos de manera continuada. En un momento, que la furia del viento amainó, cuatro de ellas regresaron a la colonia. Sin embargo, ella continuó de manera inconsciente, luchando por permanecer más allá de lo normal en lo alto del cielo.

Pero, con el transcurrir de las horas, su vuelo se fue haciendo cada vez más lento. El cansancio se apoderó de ella y quiso regresar. Sin embargo, el miedo al castigo, por su incapacidad de aceptar las reglas del Supremo, la llevaron a pretender elevar nuevamente el vuelo.

El momento no pudo ser más desafortunado. Sus alas se negaron a desplegarse y aunque intentó planear, tampoco le fue posible. El viento la empujó con brío sobre los peñascos y sus graznidos de dolor, subieron hasta lo alto del acantilado.

Algunos miembros de la colonia quisieron imputar su muerte a la naturaleza, sin embargo, el supremo cortó de raíz tal suposición. Ella, con su rebeldía, había sido la única culpable de su muerte y la de sus compañeros de sublevación.

La colonia, recuperó la tranquilidad y regresaron de nuevo a su trabajo. Habían aprendido la lección. La libertad real sólo se da, dentro del marco de convivencia aceptado por la mayoría.

Las cuatro únicas gaviotas, que lograron regresar, reconocieron ante los otros miembros de la colonia, que el miedo que habían pasado, no les compensaba el estrecho margen de libertad obtenido.

 

Publicado la semana 6. 05/02/2018
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