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ALBATROS 2705

SIEMPRE DEBERÍA SER NAVIDAD

Tras la muerte de su anciano abuelo, Nelly se había refugiado en la casa que había heredado de su madre, en la ciudad de Orleans. Sentía una profunda pena por su pérdida, a la que se añadía la de su madre en fechas muy recientes. Se había quedado sola, ya que con el resto de la familia no tenía trato alguno.

Pocos días después del entierro, recibió un correo urgente del notario en el que además de darle el pésame, la citaba para una semana después en su despacho de Montmatre en la capital.

Desde que acabara la guerra, ella y su madre se habían trasladado a vivir a París, queriendo poner tierra de por medio ante el sufrimiento vivido durante el conflicto. Allí habían vivido junto a sus abuelos, hasta que su madre pudo encontrar un trabajo en Orleans y se desplazaron hasta esta ciudad.

Llegado el día señalado por el notario, se personó al igual de cómo lo hicieran el resto de primos a los que también les había citado monsieur Bonfils. Éste les saludó amablemente y les indicó que se sentaran. Abrió un sobre y después de un breve repaso de su contenido, se dispuso a dar lectura al testamento.

Nelly se perdió las primeras palabras del notario al estar distraída mientras miraba a sus primos. Se habían saludado bastante fríamente ya que a la mayoría de ellos ni les recordaba. El notario les fue dando cuenta de los deseos del anciano a los que acompañaba la parte económica que correspondía a cada uno de ellos.

El dinero, las acciones y algún que otro negocio de la familia, fueron pasando a manos de sus primos. Ella, que no había pensado en ningún momento recibir nada, dio por sentado que el notario daba por finalizada la lectura. Sin embargo, éste prosiguió.

Y sí se había cordado. A ella le correspondía el piso donde, hasta el momento de su ingreso en la residencia había vivido junto a su mujer. Además afirmó el notario, que todo el contenido pasaba a ser de su propiedad, pudiendo disponer de este como considerase mejor.

Al finalizar la lectura y después de que cada uno de ellos firmaran la conformidad del testamento, emprendieron el regreso a sus domicilios.

La despedida, resultó tan fría como la llegada.

Nelly tardó cerca de un mes, en decidirse a visitar su heredad. Este era un piso de noventa metros cuadrados ubicado en uno de los barrios más selectos de París. Lo recorrió con emoción puesto que allí habían vivido sus abuelos y su madre y ella cuando se trasladaron a Francia y mientras no encontraban un piso.

Se detuvo en lo que antiguamente había sido el lugar de trabajo de su abuelo. Sobre la mesa encontró un sobre que iba dirigido a ella y junto al mismo una nota y una llave. El escrito contenía una serie de instrucciones que la dejaron anonadada.

Querida Nelly: Te habrás llevado una sorpresa al ver que a ti solamente te ha correspondido el piso en el que ahora te encuentras. Pero te aseguro, que me lo agradecerás a medida que vayas encontrando todo lo que encierra el mismo. De todos nuestros nietos eres la más despierta y la que reúne más condiciones para cuidar del largo legado de tu abuelo.

Cuando te encuentres dispuesta, puedes abrir la caja de seguridad en el Case Bank y cuya llave ya habrás encontrado. A partir de ese momento estarás en disposición de hacerte con el mayor tesoro que te puedas imaginar. Sé feliz mi niña.

Reponerse de la sorpresa le costó unos cuantos días, pero decidió que cuanto antes le dedicara tiempo saldría de las dudas que la atenazaban.

Se personó en el Case Bank y acompañado del responsable de las cajas de seguridad,

bajó a la cámara principal. Allí, después de que introdujeran sus llaves ella y su acompañante, tuvo en sus manos el tesoro anunciado.

Una vez sola en una pequeña sala, abrió la caja. Los ojos parecían querer salir de sus cuencas. En pequeñas bolsas había cantidad de diamantes que brillaban cual luz del lucero.

Pero, además de todo ello, había cantidad de documentación que en ese momento no podía absorber. Así que decidió hacerse con aquel material, para irlos leyendo mientras que los diamantes quedaban en la caja de seguridad.

Antes de abandonar la sede bancaria, efectuó las gestiones pertinentes para que, a partir de aquel momento, ella fuese la única que podía disponer de la caja. Luego regresó a su domicilio.

Después de comer tomó los documentos y los fue separando en función a lo que parecía ser cada uno de ellos. Contratos de compra venta, fincas, una mina en Sudáfrica, y un conjunto de escritos que su abuelo había titulado “Navidad del 14”, al que acompañaban una foto.

En ella había dos hombres. Uno de ellos con uniforme del ejército inglés un joven que ella interpretó era su abuelo. El otro hombre llevaba uniforme alemán. Y fue este el primer documento que quiso leer.

A todo aquel que quiera leerlo:

Ha pasado ya mucho tiempo y durante el recorrido por esta vida, no he podido ni querido borrar las sensaciones que en aquellas fechas sentimos todos nosotros, tanto mis compañeros de armas como los enemigos a los que combatíamos. Se acercaba la medianoche del veinticuatro de diciembre de 1914, cuando como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo, las armas enmudecieron.

El propio silencio, que se extendía por las trincheras de uno y otro lado, producía un miedo que nos mantenía a todos encogidos. Pero aquel silencio angustioso se vio de pronto interrumpido cuando la voz de unos de mis compañeros comenzó a cantar un villancico de su tierra al que poco a poco fuimos añadiendo nuestras voces a la suya.

Sin embargo, lo que más nos impresionó fue, que como si fuera un eco otros cantos partían del resto de las trincheras. Voces en inglés llegaban a nuestros oídos, pero también en alemán.

Luego, una imagen surgiendo de la nada se comenzó a recortar entre las sombras. Era un soldado alemán que avanzaba hacia nosotros. Al verlo desarmado, yo me dejé llevar por el estado de ánimo que me invadía y salté de la trinchera, para acercarme a darle la mano. Sin embargo, acabamos dándonos un abrazo a pesar de que ambos no entendíamos lo que el otro le expresaba.

Aquel gesto llevó a que otros compañeros de pelotón y soldados alemanes se fundiesen en abrazos y hasta se intercambiaran regalos. Paquetes de cigarrillos, algún licor, chocolatinas…

Con el nerviosismo del momento y en la penumbra de la noche, (sólo iluminada por las fogatas encendidas para calentarnos) le entregué a aquel soldado un paquete con turrón del que había sobrado en nuestra cena y junto al que guardaba una foto en la que estabas tú junto a tu abuela y madre.  

Fue al día siguiente, al intentar mirar vuestros rostros antes de entrar nuevamente en combate, cuando me di cuenta de que había perdido lo único que tenía de vosotras y que me ayudaba a superar la crudeza de la guerra. Me resultó doloroso, pero no había marcha atrás. Al mirar hacia las trincheras de los alemanes, comprobamos que éstos habían decorado las mismas y seguían su celebración, entonando el “Stille Natcha”

(Noche de Paz).

Años más tarde ya acabada la contienda, me encontraba trabajando como periodista a tiempo parcial en un periódico local, cuando como consecuencia de un trabajo mío sobre la crueldad de las guerras (que obtuvo cierta resonancia), hizo que aquel soldado desconocido, que se encontraba de viaje por Francia, lograse localizarme.

Erik, que así se llamaba, contactó conmigo con la idea de devolverme la foto. Fruto de aquel nuevo encuentro, surgió una fuerte amistad entre nosotros. Como consecuencia de aquella relación, es la propiedad de la pequeña mina que hay en Sudáfrica. Erik, me cedió la administración de la misma al fallecer, ya que no tenía familiar alguno.

La única condición que me impuso fue, de que los beneficios debían ser repartidos anualmente, entre una serie de personas que sufrieron las graves heridas que les impidieron una vida normal (en la relación puede verse, que éstos pertenecían a ambos ejércitos).

Nelly no se lo podía creer. Su abuelo había intimado con un alemán y éste le había dejado una fortuna. Ella respetaría aquel acuerdo establecido por su antepasado. ¡Faltaría más!

Se sintió una afortunada. Pero una y otra vez las imágenes de su abuelo y Erik en medio de la noche saliendo de las trincheras y abrazándose, le harían derramar durante mucho tiempo lágrimas vivas.

Sólo el amor y la amistad entre los hombres, puede llevar a éstos a producir escenas como aquellas en medio de la nada. Sin hacer esfuerzo alguno, la melodía de uno de los villancicos internacionales, se coló entre sus pensamientos.

Se sentó en el balancín que su madre hacía servir en la terraza y dejó su mente vagar.   No había prisa por leer el resto de los documento, hoy era mejor recrear el sentimiento de bondad destilado por dos hombres, que a pesar de las penurias en las que se encontraban, supieron dar lo mejor de sí mismos, en una noche de amor y paz.

 

* Texto seleccionado para la Antología Cuentos de Navidad III Certamen Ángeles Palazón

Publicado la semana 5. 29/01/2018
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Relatos , En cualquier momento
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