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Cándido, es un hombre gris al que la vida no le muestra ninguna clase de compasión.  Pobre por excelencia, tiene por única fortuna el haber heredado la humilde barraca donde vive junto a Adela. Eso sí, es un hombre bueno.

 

 

 

Aquella mañana, Cándido se había dirigido a la oficina bancaria del barrio, con la intención de proponer al director, que le dejasen limpiar los cristales de las puertas a cambio de algo de dinero, que llevar a casa.

Sin embargo, tan pronto hubo entrado en la oficina, escuchó el clic de como cerraban las puertas de golpe y a alguien que gritaba:

—¡Manos arriba! ¡Esto es un atraco!

A continuación, los atracadores les hicieron tumbar en el suelo, indicándoles que permaneciesen quietos así.

Cándido se fijó, que solo eran dos los atracadores. Tiembla, solo de pensar, que si algo le ocurre a él Adela quedaría desamparada y con una pequeña. Decide, que debe pasar lo más desapercibido posible.

Los atracadores, que parecían conocer muy bien la oficina, actúan rápido y consiguen que el cajero les dé su botín.

—Que nadie se mueva en diez minutos. Si lo hacen se pueden encontrar con una bala. Grita uno de los atracadores.

El primero de ellos ya había alcanzado el pomo de la puerta para salir, mientras él otro, le está cubriendo la retirada. Cuando este último pasa a la altura de Cándido, camino de la puerta, este reacciona y le coge por los pies haciéndole caer. Su secuaz, al ver la acción, escapa a la carrera. Mientras, que la gente al ver al atracador retenido por Cándido, se abalanzan sobre este.

La llegada de la policía y la detención del huido, acaban con el atraco. El director de la oficina, que había visto la acción de Cándido, le llama a su despacho.

—Hombre de Dios, como se ha expuesto así, podían haberle matado. Pero, le agradecemos el gesto.

Al ver el silencio del hombre, no le quedó otra que preguntarle.

—¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo?

—Verá, señor director. Yo había entrado en su oficina con el fin de pedirle, si podría limpiar los cristales del local a cambio de algo de dinero para poder comer.

El director se quedó boquiabierto. Aquel hombre había arriesgado su vida, no por su dinero sino por el de los clientes.

—Mire, vamos a hacer una cosa. Ahora le entrego estos cien euros y me comprometo a hablar con la central, para ver de qué manera podemos ayudarle. Sabe, lo que usted me propone, ya lo tenemos contratado a través de la central. Pero, pásese en unos días, haber que le puedo decir.

La noticia de lo ocurrido fue publicada en los diversos medios de la ciudad. Y eso ayudó a que personas que habitualmente poseen una economía saneada, decidieran a ayudar a Cándido a que su vida no fuera la de un desheredado.

Entre la ayuda, que el banco le ofreció, más el puesto de trabajo en una finca en las afueras de la ciudad con vivienda incluida, dieron un vuelco a su vida.

En este caso, su generosidad al arriesgarse le estaba siendo compensada. Aunque por desgracia no siempre es así.

 

 

Publicado la semana 45. 05/11/2018
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