Semana
42
ALBATROS 2705

HISTORIAS DE CAMPAMENTO

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Relato
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El campamento se había montado en las cercanías de una riera. Los jóvenes se encontraban terminando de montar las tiendas, antes de que la noche se echara encima.

Finalizado el trabajo, algunos se dedicaron a reposar tras la larga caminata a la que se habían visto sometidos. El resto, alrededor de la fogata comenzaron a contar cuentos que en su día les habían contado a ellos.

Inclusive los que estaban en las tiendas podían oírlos. Sandra, una de las monitoras tomó la palabra para relatarles un suceso, que había oído contar a su abuela.

Poniendo una voz distorsionada comenzó su relato.

“Hacia pocos días, que Eulalia había fallecido. Sentados alrededor de una camilla, se encontraban todos sus familiares haciendo compañía al esposo, cuando oyeron una llamada en la puerta de entrada a la casa.

—Sí, ¿quién va? —contestó Jacinto

Una voz gangosa contestó:

—Soy yo, Eulalia.

La vela que había sobre la mesa perdió energía y casi se quedan a oscuras. Nadie quería moverse.

Nuevamente se oyó un ruido, pero ahora ya en la escalera.

—¿Qué quieres? —contestó su marido, un tanto sorprendido.

—Estoy subiendo al piso, vengo a por ti.

Jacinto y todos los que le acompañaban, estaban petrificados. Como podía ser, si habían colocado una losa de más de cincuenta kilos sobre la sepultura.

Pero, el ruido que hacía quien fuese, cada vez sonaba más cercano.

Jacinto armándose de valor se levantó y acudió a la puerta de la sala, donde estaban reunidos. Una sombra avanzaba lentamente hacia él…

De pronto, la propietaria de aquella voz se paró, levantó el velo negro que la cubría y todos reconocieron en ella a Eulalia.

Jacinto cayó desmayado al suelo y su familia acudió a prestarle auxilio.

Pero ¿Qué había pasado? Durante unos momentos todos se olvidaron de la sombra, para cuidar a Jacinto.

Eulalia, sentada en uno de los sillones de la sala, contemplaba expectante a todos. Cuando reaccionaron y volvieron su mirada a ella, les gritó.

—Palurdos. ¿Se puede saber a quien habéis enterrado?

—Pero, si el médico te dio por fallecida, ¿Cómo puedes estar aquí?

—La cosa es bien sencilla. Confundieron las etiquetas, que nos pusieron en los pies a mí y a la vecina de la habitación. Cuando me han dado de alta, la familia de la difunta que venía a recogerla, se han llevado una sorpresa. Y yo no me he querido estar de daros otra a vosotros.

* Seleccionado para la Antología “Historias a la luz de la fogata” Letras con Arte

Publicado la semana 42. 15/10/2018
Etiquetas
Relatos , En cualquier momento
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