Semana
36
ALBATROS 2705

HISTORIAS DEL AYER

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Relato
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Andrés se encontraba sentado en la terraza del restaurante “El Paraíso”, que daba a las cálidas arenas de la playa de la Barceloneta. Desde allí contemplaba el romper de las tranquilas olas sobre su orilla. En ese momento de sosiego, sus pensamientos recuperaron recuerdos de su vida, que creía tener olvidados.

Al quedar huérfano de padres con tan sólo diez años, tuvo que abandonar Barcelona para trasladarse a Madrid. Allí viviría con los únicos familiares que tenía: la abuela Eugenia y su tía Teresina. La ausencia de sus progenitores a tan temprana edad, dieron un aire tristón a su carácter, aunque cuando recordaba los momentos de felicidad vividos con ellos, emergía en su rostro una franca sonrisa.

En Madrid no le fue difícil adaptarse a un nuevo ritmo de vida. Sin embargo, siempre echó de menos a sus amigos y como no, al mar del que siempre había estado enamorado.

Fue tres años más tarde de su llegada a la capital, cuando recuperó su alegría al conocer a Laura. La chica, que era algo mayor que él, entró en su vida una tarde mientras él jugaba con otros chicos. Laura quiso participar como uno más del juego, que consistía en esconderse de los otros y ver la capacidad de los buscadores para encontrarlos.

No supo cómo, pero esta consiguió que le tocase ser su pareja en el juego. La chica decidió, como si lo tuviese previsto, el lugar donde se esconderían. Este resultó ser los bajos de una casa que estaba en ruinas. Allí esperarían ocultos a que los otros chicos los localizasen.

En la seguridad de no ser descubiertos, lo besó y hasta permitió que él introdujese la mano debajo de su falda. Andrés emocionado, fue recorriendo los muslos de su joven amiga hasta el final de estos.

Nunca, en el pasado, había estado con una chica, así que la dejó dirigiera el juego al que le sometía. Los días transcurrían y Laura avanzaba en la instrucción de su amigo en la sexualidad. Un día jugueteando hizo que el chico se recostará sobre ella. El joven no tardó en notar una sensación nueva y como se humedecían sus pantalones.

Vergonzoso como era, salió corriendo del lugar para refugiarse en su casa, de la que en varios días no se atrevió a salir. Sin embargo, Laura que se sentía enamorada de Andrés, acudió al piso de la abuela de este, para que la permitiera verlo.   

La vida continuó, pero la diversión fue perdiendo intensidad ante los cambios que se produjeron en sus vidas. Dispuesto a ser el dueño de su futuro, Andrés decidió regresar a Barcelona, para estudiar náutica.

Una vez convencida su tía, esta contactó con una sobrina que tenía en la ciudad, para que cuidaran de él. Ya instalado en la ciudad, cada atardecer se sentaba en los espigones del puerto, desde donde observaba las maniobras de atraque de los barcos.

Con el tiempo supo por su familia, que Laura se había casado por poderes con un brasileño.

Acabados los estudios emprendió el viaje de prácticas, que duró algo más de nueve meses. Cuando regresó de su periplo, se encontró con una sorpresa. Laura, que a través de la abuela de Andrés había conseguido su dirección, estaba en Barcelona camino de Brasil. Según le explicó, su visita se debía al deseo de despedirse de él.

Pero Andrés no podía sospechar, las consecuencias de aquel encuentro. Laura volvió a jugar y él se vio de nuevo atrapado en su juego.

Desnuda ante él le ofreció su cuerpo y su virginidad, ya que todavía no había consumado el matrimonio.

Tras cuarenta y ocho horas de placer, él la acompañó hasta la estación portuaria, donde embarcaría rumbo a Brasil. Fue en el momento de la despedida, en el que los dos se abrazaron y besaron cuando Andrés comprendió, que estaba enamorado de ella. Sin embargo, no había marcha atrás.

Aquel suceso le dejó marcado para siempre. Si hasta aquel instante, Laura había dado un color a su vida, ahora todo se tornaba sombrío…

A pesar de todo, la vida seguía su curso. Dispuesto a rehacerse, se embarcó en El Virgen del Rosario, como segundo oficial en puente.

Llevaban más de cinco meses viajando cuando se produjo el fatal accidente, que le cambiaría la vida. Se encontraban navegando por aguas del Atlántico, cuando se vieron sorprendidos por una rara galerna. Mientras buscaban la manera de escapar de ella, una ola gigante provocó una vía de agua que hizo zozobrar al barco.

Durante su lucha por evitar verse arrastrado a las profundas aguas del Océano, su pierna izquierda se vio aplastada por un bote salvavidas que se había soltado. Sus escasas fuerzas le impidieron quitárselo de encima.

A la pérdida de compañeros y amigos, tuvo que añadir una secuela permanente en su pierna izquierda. Aquello le supuso la baja definitiva como navegante y la angustia de tener que encontrar un trabajo compatible con su incapacidad física. Todo ello le condujo a una profunda depresión.

En su desesperación, recurrió a escribir su historia y consiguió que resultase un guion auténtico. Ahora se sentía abrumado por el éxito de un hecho doloroso, y al tiempo feliz por recuperar su autoestima. Pero, sobre todo, porque con el éxito de la obra y su difusión, aquella tarde tras recibir el premio, posiblemente podría volver a tener entre sus brazos a Laura.

Según decía su mensaje, había enviudado hacía tres años. Dado que Isabel, su hija era miembro del jurado del Premio, había sabido de aquel relato que también formaba parte de su vida. Así que había decidido acudir a la entrega del premio y de paso poder abrazarlo. Ella también tenía algo que entregarle.

Fruto de aquella última tarde en Barcelona, nueve meses más tarde había nacido la hija de ambos: Isabel. Deseaba que la conociera ya que nunca era tarde, para recuperar las ilusiones perdidas. Volverían a estar juntos…

Al levantar la vista, se encontró frente a dos mujeres que le observaban. Pese a la diferencia de edad que tenían, las dos eran hermosas. Se abrazó a ellas y juntos derramaron lágrimas de felicidad, largamente olvidadas.

 

Andrés se encontraba sentado en la terraza del restaurante “El Paraíso”, que daba a las cálidas arenas de la playa de la Barceloneta. Desde allí contemplaba el romper de las tranquilas olas sobre su orilla. En ese momento de sosiego, sus pensamientos recuperaron recuerdos de su vida, que creía tener olvidados.

Al quedar huérfano de padres con tan sólo diez años, tuvo que abandonar Barcelona para trasladarse a Madrid. Allí viviría con los únicos familiares que tenía: la abuela Eugenia y su tía Teresina. La ausencia de sus progenitores a tan temprana edad, dieron un aire tristón a su carácter, aunque cuando recordaba los momentos de felicidad vividos con ellos, emergía en su rostro una franca sonrisa.

En Madrid no le fue difícil adaptarse a un nuevo ritmo de vida. Sin embargo, siempre echó de menos a sus amigos y como no, al mar del que siempre había estado enamorado.

Fue tres años más tarde de su llegada a la capital, cuando recuperó su alegría al conocer a Laura. La chica, que era algo mayor que él, entró en su vida una tarde mientras él jugaba con otros chicos. Laura quiso participar como uno más del juego, que consistía en esconderse de los otros y ver la capacidad de los buscadores para encontrarlos.

No supo cómo, pero ésta consiguió que le tocase ser su pareja en el juego. La chica decidió, como si lo tuviese previsto, el lugar donde se esconderían. Éste resultó ser los bajos de una casa que estaba en ruinas. Allí esperarían ocultos a que los otros chicos los localizasen.

En la seguridad de no ser descubiertos, lo besó y hasta permitió que él introdujese la mano debajo de su falda. Andrés emocionado, fue recorriendo los muslos de su joven amiga hasta el final de estos.

Nunca, en el pasado, había estado con una chica, así que la dejó dirigiera el juego al que le sometía. Los días transcurrían y Laura avanzaba en la instrucción de su amigo en la sexualidad. Un día jugueteando hizo que el chico se recostará sobre ella. El joven no tardó en notar una sensación nueva y como se humedecían sus pantalones.

Vergonzoso como era, salió corriendo del lugar para refugiarse en su casa, de la que en varios días no se atrevió a salir. Sin embargo, Laura que se sentía enamorada de Andrés, acudió al piso de la abuela de este, para que la permitiera verlo.   

La vida continuó, pero la diversión fue perdiendo intensidad ante los cambios que se produjeron en sus vidas. Dispuesto a ser el dueño de su futuro, Andrés decidió regresar a Barcelona, para estudiar náutica.

Una vez convencida su tía, ésta contactó con una sobrina que tenía en la ciudad, para que cuidaran de él. Ya instalado en la ciudad, cada atardecer se sentaba en los espigones del puerto, desde donde observaba las maniobras de atraque de los barcos.

Con el tiempo supo por su familia que Laura se había casado por poderes con un brasileño.

Acabados los estudios emprendió el viaje de prácticas, que duró algo más de nueve meses. Cuando regresó de su periplo, se encontró con una sorpresa. Laura, que a través de la abuela de Andrés había conseguido su dirección, estaba en Barcelona camino de Brasil. Según le explicó, su visita se debía al deseo de despedirse de él.

Pero Andrés no podía sospechar, las consecuencias de aquel encuentro. Laura volvió a jugar y él se vio de nuevo atrapado en su juego.

Desnuda ante él le ofreció su cuerpo y su virginidad, ya que todavía no había consumado el matrimonio.

Tras cuarenta y ocho horas de placer, él la acompañó hasta la estación portuaria, donde embarcaría rumbo a Brasil. Fue en el momento de la despedida, en el que los dos se abrazaron y besaron cuando Andrés comprendió, que estaba enamorado de ella. Sin embargo, no había marcha atrás.

Aquel suceso le dejó marcado para siempre. Si hasta aquel instante, Laura había dado un color a su vida, ahora todo se tornaba sombrío…

A pesar de todo, la vida seguía su curso. Dispuesto a rehacerse, se embarcó en El Virgen del Rosario, como segundo oficial en puente.

Llevaban más de cinco meses viajando cuando se produjo el fatal accidente, que le cambiaría la vida. Se encontraban navegando por aguas del Atlántico, cuando se vieron sorprendidos por una rara galerna. Mientras buscaban la manera de escapar de ella, una ola gigante provocó una vía de agua que hizo zozobrar al barco.

Durante su lucha por evitar verse arrastrado a las profundas aguas del Océano, su pierna izquierda se vio aplastada por un bote salvavidas que se había soltado. Sus escasas fuerzas le impidieron quitárselo de encima.

A la pérdida de compañeros y amigos, tuvo que añadir una secuela permanente en su pierna izquierda. Aquello le supuso la baja definitiva como navegante y la angustia de tener que encontrar un trabajo compatible con su incapacidad física. Todo ello le condujo a una profunda depresión.

En su desesperación, recurrió a escribir su historia y consiguió que resultase un guion auténtico. Ahora se sentía abrumado por el éxito de un hecho doloroso, y al tiempo feliz por recuperar su autoestima. Pero, sobre todo, porque con el éxito de la obra y su difusión, aquella tarde tras recibir el premio, posiblemente podría volver a tener entre sus brazos a Laura.

Según decía su mensaje, había enviudado hacía tres años. Dado que Isabel, su hija era miembro del jurado del Premio, había sabido de aquel relato que también formaba parte de su vida. Así que había decidido acudir a la entrega del premio y de paso poder abrazarlo. Ella también tenía algo que entregarle.

Fruto de aquella última tarde en Barcelona, nueve meses más tarde había nacido la hija de ambos: Isabel. Deseaba que la conociera ya que nunca era tarde, para recuperar las ilusiones perdidas. Volverían a estar juntos…

Al levantar la vista, se encontró frente a dos mujeres que le observaban. Pese a la diferencia de edad que tenían, las dos eran hermosas. Se abrazó a ellas y juntos derramaron lágrimas de felicidad, largamente olvidadas.

 

 

Andrés se encontraba sentado en la terraza del restaurante “El Paraíso”, que daba a las cálidas arenas de la playa de la Barceloneta. Desde allí contemplaba el romper de las tranquilas olas sobre su orilla. En ese momento de sosiego, sus pensamientos recuperaron recuerdos de su vida, que creía tener olvidados.

Al quedar huérfano de padres con tan sólo diez años, tuvo que abandonar Barcelona para trasladarse a Madrid. Allí viviría con los únicos familiares que tenía: la abuela Eugenia y su tía Teresina. La ausencia de sus progenitores a tan temprana edad, dieron un aire tristón a su carácter, aunque cuando recordaba los momentos de felicidad vividos con ellos, emergía en su rostro una franca sonrisa.

En Madrid no le fue difícil adaptarse a un nuevo ritmo de vida. Sin embargo, siempre echó de menos a sus amigos y como no, al mar del que siempre había estado enamorado.

Fue tres años más tarde de su llegada a la capital, cuando recuperó su alegría al conocer a Laura. La chica, que era algo mayor que él, entró en su vida una tarde mientras él jugaba con otros chicos. Laura quiso participar como uno más del juego, que consistía en esconderse de los otros y ver la capacidad de los buscadores para encontrarlos.

No supo cómo, pero ésta consiguió que le tocase ser su pareja en el juego. La chica decidió, como si lo tuviese previsto, el lugar donde se esconderían. Éste resultó ser los bajos de una casa que estaba en ruinas. Allí esperarían ocultos a que los otros chicos los localizasen.

En la seguridad de no ser descubiertos, lo besó y hasta permitió que él introdujese la mano debajo de su falda. Andrés emocionado, fue recorriendo los muslos de su joven amiga hasta el final de estos.

Nunca, en el pasado, había estado con una chica, así que la dejó dirigiera el juego al que le sometía. Los días transcurrían y Laura avanzaba en la instrucción de su amigo en la sexualidad. Un día jugueteando hizo que el chico se recostará sobre ella. El joven no tardó en notar una sensación nueva y como se humedecían sus pantalones.

Vergonzoso como era, salió corriendo del lugar para refugiarse en su casa, de la que en varios días no se atrevió a salir. Sin embargo, Laura que se sentía enamorada de Andrés, acudió al piso de la abuela de este, para que la permitiera verlo.   

La vida continuó, pero la diversión fue perdiendo intensidad ante los cambios que se produjeron en sus vidas. Dispuesto a ser el dueño de su futuro, Andrés decidió regresar a Barcelona, para estudiar náutica.

Una vez convencida su tía, ésta contactó con una sobrina que tenía en la ciudad, para que cuidaran de él. Ya instalado en la ciudad, cada atardecer se sentaba en los espigones del puerto, desde donde observaba las maniobras de atraque de los barcos.

Con el tiempo supo por su familia que Laura se había casado por poderes con un brasileño.

Acabados los estudios emprendió el viaje de prácticas, que duró algo más de nueve meses. Cuando regresó de su periplo, se encontró con una sorpresa. Laura, que a través de la abuela de Andrés había conseguido su dirección, estaba en Barcelona camino de Brasil. Según le explicó, su visita se debía al deseo de despedirse de él.

Pero Andrés no podía sospechar, las consecuencias de aquel encuentro. Laura volvió a jugar y él se vio de nuevo atrapado en su juego.

Desnuda ante él le ofreció su cuerpo y su virginidad, ya que todavía no había consumado el matrimonio.

Tras cuarenta y ocho horas de placer, él la acompañó hasta la estación portuaria, donde embarcaría rumbo a Brasil. Fue en el momento de la despedida, en el que los dos se abrazaron y besaron cuando Andrés comprendió, que estaba enamorado de ella. Sin embargo, no había marcha atrás.

Aquel suceso le dejó marcado para siempre. Si hasta aquel instante, Laura había dado un color a su vida, ahora todo se tornaba sombrío…

A pesar de todo, la vida seguía su curso. Dispuesto a rehacerse, se embarcó en El Virgen del Rosario, como segundo oficial en puente.

Llevaban más de cinco meses viajando cuando se produjo el fatal accidente, que le cambiaría la vida. Se encontraban navegando por aguas del Atlántico, cuando se vieron sorprendidos por una rara galerna. Mientras buscaban la manera de escapar de ella, una ola gigante provocó una vía de agua que hizo zozobrar al barco.

Durante su lucha por evitar verse arrastrado a las profundas aguas del Océano, su pierna izquierda se vio aplastada por un bote salvavidas que se había soltado. Sus escasas fuerzas le impidieron quitárselo de encima.

A la pérdida de compañeros y amigos, tuvo que añadir una secuela permanente en su pierna izquierda. Aquello le supuso la baja definitiva como navegante y la angustia de tener que encontrar un trabajo compatible con su incapacidad física. Todo ello le condujo a una profunda depresión.

En su desesperación, recurrió a escribir su historia y consiguió que resultase un guion auténtico. Ahora se sentía abrumado por el éxito de un hecho doloroso, y al tiempo feliz por recuperar su autoestima. Pero, sobre todo, porque con el éxito de la obra y su difusión, aquella tarde tras recibir el premio, posiblemente podría volver a tener entre sus brazos a Laura.

Según decía su mensaje, había enviudado hacía tres años. Dado que Isabel, su hija era miembro del jurado del Premio, había sabido de aquel relato que también formaba parte de su vida. Así que había decidido acudir a la entrega del premio y de paso poder abrazarlo. Ella también tenía algo que entregarle.

Fruto de aquella última tarde en Barcelona, nueve meses más tarde había nacido la hija de ambos: Isabel. Deseaba que la conociera ya que nunca era tarde, para recuperar las ilusiones perdidas. Volverían a estar juntos…

Al levantar la vista, se encontró frente a dos mujeres que le observaban. Pese a la diferencia de edad que tenían, las dos eran hermosas. Se abrazó a ellas y juntos derramaron lágrimas de felicidad, largamente olvidadas.

 

 

Andrés se encontraba sentado en la terraza del restaurante “El Paraíso”, que daba a las cálidas arenas de la playa de la Barceloneta. Desde allí contemplaba el romper de las tranquilas olas sobre su orilla. En ese momento de sosiego, sus pensamientos recuperaron recuerdos de su vida, que creía tener olvidados. 
Al quedar huérfano de padres con tan sólo diez años, tuvo que abandonar Barcelona para trasladarse a Madrid. Allí viviría con los únicos familiares que tenía: la abuela Eugenia y su tía Teresina. La ausencia de sus progenitores a tan temprana edad, dieron un aire tristón a su carácter, aunque cuando recordaba los momentos de felicidad vividos con ellos, emergía en su rostro una franca sonrisa.
En Madrid no le fue difícil adaptarse a un nuevo ritmo de vida. Sin embargo, siempre echó de menos a sus amigos y como no, al mar del que siempre había estado enamorado.
Fue tres años más tarde de su llegada a la capital, cuando recuperó su alegría al conocer a Laura. La chica, que era algo mayor que él, entró en su vida una tarde mientras él jugaba con otros chicos. Laura quiso participar como uno más del juego, que consistía en esconderse de los otros y ver la capacidad de los buscadores para encontrarlos. 
No supo cómo, pero ésta consiguió que le tocase ser su pareja en el juego. La chica decidió, como si lo tuviese previsto, el lugar donde se esconderían. Éste resultó ser los bajos de una casa que estaba en ruinas. Allí esperarían ocultos a que los otros chicos los localizasen. 
En la seguridad de no ser descubiertos, lo besó y hasta permitió que él introdujese la mano debajo de su falda. Andrés emocionado, fue recorriendo los muslos de su joven amiga hasta el final de estos.
Nunca, en el pasado, había estado con una chica, así que la dejó dirigiera el juego al que le sometía. Los días transcurrían y Laura avanzaba en la instrucción de su amigo en la sexualidad. Un día jugueteando hizo que el chico se recostará sobre ella. El joven no tardó en notar una sensación nueva y como se humedecían sus pantalones. 
Vergonzoso como era, salió corriendo del lugar para refugiarse en su casa, de la que en varios días no se atrevió a salir. Sin embargo, Laura que se sentía enamorada de Andrés, acudió al piso de la abuela de este, para que la permitiera verlo.    
La vida continuó, pero la diversión fue perdiendo intensidad ante los cambios que se produjeron en sus vidas. Dispuesto a ser el dueño de su futuro, Andrés decidió regresar a Barcelona, para estudiar náutica. 
Una vez convencida su tía, ésta contactó con una sobrina que tenía en la ciudad, para que cuidaran de él. Ya instalado en la ciudad, cada atardecer se sentaba en los espigones del puerto, desde donde observaba las maniobras de atraque de los barcos.
Con el tiempo supo por su familia que Laura se había casado por poderes con un brasileño. 
Acabados los estudios emprendió el viaje de prácticas, que duró algo más de nueve meses. Cuando regresó de su periplo, se encontró con una sorpresa. Laura, que a través de la abuela de Andrés había conseguido su dirección, estaba en Barcelona camino de Brasil. Según le explicó, su visita se debía al deseo de despedirse de él. 
Pero Andrés no podía sospechar, las consecuencias de aquel encuentro. Laura volvió a jugar y él se vio de nuevo atrapado en su juego. 
Desnuda ante él le ofreció su cuerpo y su virginidad, ya que todavía no había consumado el matrimonio. 
Tras cuarenta y ocho horas de placer, él la acompañó hasta la estación portuaria, donde embarcaría rumbo a Brasil. Fue en el momento de la despedida, en el que los dos se abrazaron y besaron cuando Andrés comprendió, que estaba enamorado de ella. Sin embargo, no había marcha atrás. 
Aquel suceso le dejó marcado para siempre. Si hasta aquel instante, Laura había dado un color a su vida, ahora todo se tornaba sombrío… 
A pesar de todo, la vida seguía su curso. Dispuesto a rehacerse, se embarcó en El Virgen del Rosario, como segundo oficial en puente.
Llevaban más de cinco meses viajando cuando se produjo el fatal accidente, que le cambiaría la vida. Se encontraban navegando por aguas del Atlántico, cuando se vieron sorprendidos por una rara galerna. Mientras buscaban la manera de escapar de ella, una ola gigante provocó una vía de agua que hizo zozobrar al barco.
Durante su lucha por evitar verse arrastrado a las profundas aguas del Océano, su pierna izquierda se vio aplastada por un bote salvavidas que se había soltado. Sus escasas fuerzas le impidieron quitárselo de encima.
A la pérdida de compañeros y amigos, tuvo que añadir una secuela permanente en su pierna izquierda. Aquello le supuso la baja definitiva como navegante y la angustia de tener que encontrar un trabajo compatible con su incapacidad física. Todo ello le condujo a una profunda depresión. 
En su desesperación, recurrió a escribir su historia y consiguió que resultase un guion auténtico. Ahora se sentía abrumado por el éxito de un hecho doloroso, y al tiempo feliz por recuperar su autoestima. Pero, sobre todo, porque con el éxito de la obra y su difusión, aquella tarde tras recibir el premio, posiblemente podría volver a tener entre sus brazos a Laura. 
Según decía su mensaje, había enviudado hacía tres años. Dado que Isabel, su hija era miembro del jurado del Premio, había sabido de aquel relato que también formaba parte de su vida. Así que había decidido acudir a la entrega del premio y de paso poder abrazarlo. Ella también tenía algo que entregarle. 
Fruto de aquella última tarde en Barcelona, nueve meses más tarde había nacido la hija de ambos: Isabel. Deseaba que la conociera ya que nunca era tarde, para recuperar las ilusiones perdidas. Volverían a estar juntos… 
Al levantar la vista, se encontró frente a dos mujeres que le observaban. Pese a la diferencia de edad que tenían, las dos eran hermosas. Se abrazó a ellas y juntos derramaron lágrimas de felicidad, largamente olvidadas. 

 

 

 

 

 

 

Publicado la semana 36. 03/09/2018
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Relatos , En cualquier momento
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