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ALBATROS 2705

LA HISTORIA DE ANA Y MIGUEL

Esta es una más de esas historias, que a lo largo de la vida cada uno de nosotros, hemos ido encontrando. Una joven de muy buen ver y a la que la mayoría de los habitantes del pueblo, habíamos visto en más de una ocasión asomada a la ventana de su habitación, nos sorprendió a todos con una decisión que jamás hubiésemos previsto.

Pero permitidme, que me ciña al relato de lo ocurrido.

“A pesar del tiempo transcurrido, desde que el barco iniciase la travesía hasta que este desapareció de la vista de la joven, Ana permaneció asomada en una de las ventanas de la vivienda, que daba sobre el puerto pesquero.

Con los ojos vidriosos y haciendo grandes esfuerzos por contener el llanto, la joven se preguntaba cómo había podido llegar a tal situación. Desde aquel lugar había despedido a Miguel, que había embarcado en el catamarán Santa Cristina, para comenzar su vuelta alrededor del mundo junto con otros marinos.

A pesar de sus ruegos, él no había querido desistir de emprender aquel viaje, que ella consideraba un tanto incierto. Pero, esa era la vida de un marino, siempre aferrado a sus velas. Desplegadas estas, recorrería el mundo y gozaría de las aventuras que proporcionan los viajes… pero también, para enfrentarse en ocasiones a la soledad y la muerte.

Cuando su espíritu recobró cierta calma, comenzó a elucubrar que sería de sus vidas cuando él regresase. Ella no contaba con esta temprana separación y menos, que él hubiese antepuesto el viaje a su relación.

A pesar del desasosiego que la embargaba, contempló como la luna llena que brillaba en el firmamento, se reflejaba en las tranquilas aguas de aquel puerto. Sin embargo, una pequeña brisa unida al relente fruto de los vientos marinos, hizo que Ana comenzara a tener algo de frío.

Si, la oscuridad de la noche ya hacía rato había caído sobre el puerto, pero también había penetrado en la casa.

Una vez en la cama, la muchacha fue a encontrarse con los recuerdos del tal Miguel. El joven con sus veintitrés abriles era un curtido marinero tras años de oficio, pues era hijo y nieto de pescadores.

Se habían conocido durante la última noche de San Juan celebrada. Ana disfrutaba con unas amigas del alegre ambiente de la verbena, muy próxima a una de las hogueras, cuando de pronto un joven imprudente o atrevido, se dispuso a saltar las llamas de una serie de estas, intentando salir airoso y sin rasguño alguno.

Durante los días siguientes, la joven se fue encontrando con el muchacho hasta en la sopa. Y técnicamente así fue, puesto que al ser convidada a comer por su amiga Carmina, este también lo estaba por el hermano de la anfitriona.

Aquella artimaña, para estar cerca de ella, le supondría al joven un espaldarazo a sus intenciones de acompañarla, pues de aquel empeño salió la posibilidad de poderla invitar días después a merendar.

Lo que Ana no se imaginaba, eran las lágrimas que le costaría aquella relación. Miguel la quería tanto a ella como a su querida mar. A la hora de enfrentarse ante un dilema, era el mar o ella y en esa disputa, la joven perdía más que ganaba.

Pero la chica se sentía enamorada de él con todas sus fuerzas, a pesar de la ingratitud que para ella suponía ser la segunda opción. 

Los meses fueron transcurriendo y las noticias sobre la nave Santa Cristina no llegaban. Y así, un día tras otro, la joven acudía cada atardecer a la iglesia y ante la virgen del Carmen, imploraba porque su Miguel llegara en buen estado.  

Por fin a mediados de septiembre, comenzaron a circular noticias sobre el accidente de un catamarán, que se había hundido en las escarpadas costas escocesas.

Todo indicaba, que el temporal les había cogido desprevenidos y que en una costa tan dura como aquella, no habían podido resguardarse. Las notas de prensa afirmaban, que no había supervivientes de momento y que las autoridades ponían todos los medios disponibles, en su lucha por encontrar los cuerpos de los tripulantes y el capitán.

La noticia le llegó a Ana al abandonar la iglesia después de sus rezos. Las mujeres salieron al encuentro de esta y arremolinadas a su alrededor, le contaron la noticia. Luego, la acompañaron a su casa donde nada más llegar se desvaneció.

Avisado don Anselmo, único médico que ejercía en aquel pueblo, diagnosticó que la causa radicaba en el impacto de la noticia recibida. Más tarde, pediría a la madre de la joven, que se quedara con ella aquella noche.

El tiempo pasó y ante la falta de noticias, se celebraron las exequias por los fallecidos, a pesar de no encontrarse cadáver alguno. Pero la sorpresa estaba a punto de producirse.

Una soleada mañana hizo su entrada en el puerto, un precioso yate. Del mismo, una vez este atracado, desembarcaron dos personas. Una de ellas, era un joven que iba apoyado sobre unas muletas y al que acompañaba el piloto de la nave amarrada.

Ambos fueron caminando hasta el bar de Pedro, que era el único recinto lúdico que había en el lugar. Cuantos estaba en él se quedaron petrificados.

—Miguel… muchacho, estás vivo.  

—Sí, lo estoy. Os presento a mi salvador. Él me recogió lejos de donde se hundió el catamarán. Pero bueno, esto hay que celebrarlo ¡Pedro, sírvenos unas copas!

Mientras eso ocurría en el bar, la noticia de su aparición llegó hasta el salón de la peluquería donde trabajaba Ana. Esta al oír la noticia, abandonó a la clienta que estaba atendiendo y con paso rápido acudió en busca de Miguel.

Sin embargo, nadie podía sospechar cual sería la solución del conflicto, que había provocado la marcha de este en el pasado.

Tan pronto entró la joven en el bar, cesaron las conversaciones y todos los ojos se centraron en la pareja.

—¡Hola, Miguel! Me alegro de que estés bien. Sé bienvenido entre los tuyos.

Miguel, que no se esperaba aquel encuentro, se quedó sin saber qué hacer. Las palabras de ella sonaban diferentes a otras ocasiones. Ante el gesto que Miguel hizo, con intención de acercarse para abrazarla, ella retrocedió. Esto detuvo en seco, el movimiento del joven.

—Que tienes Aurora, ¿soy yo?

—Ya lo veo. Ahora, que no podrás disfrutar del mar, querrás tener una mujer cerca de ti… ¿Verdad?... ¿Hasta cuándo?... Por qué de lo que estoy segura, es que tan pronto como te vuelvas a encontrar en forma, acudirás a ella cual prostituta. Así pues, que te vaya bien.

Y dando media vuelta abandonó el local echa un basilisco.

Miguel se quedó mudo sin saber hacia dónde mirar. Todos tenían su mirada en él. Se sabía desnudo, ya que ella lo había dejado prácticamente en calzoncillos.

Pero la vida fue pasando y desde aquella misma ventana, que había sido su atalaya para seguir los acontecimientos de aquel pueblo, incluido el ver partir a Miguel, sería el lugar desde el que le vería por última vez tiempo más tarde, caminando hacia el altar el día de su boda.

Ana entendió, que su vida en aquel pueblo no tenía ningún futuro, así que decidió tomar otro rumbo. Pocos meses más tarde, emprendía viaje a Sevilla, donde embarcó en el mercante Santa Isabel.

Este con su carga de ayuda humanitaria, tenía como destino las comunidades indígenas del Pantanal en Brasil.  Las mujeres de la tribu “Tikuna” la esperaban con ilusión. Ella las enseñaría muchas cosas, que hasta ese momento nadie las había explicado”.

Publicado la semana 34. 20/08/2018
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