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ALBATROS 2705

LA CARGA DE LA ENEMISTAD

A nadie se le escapaba, que unos sucesos de aquella índole pudiesen ocurrir, ya que eran una secuencia prevista por casi todos. La familia Carreño, que era la principal del lugar, mantenía un enfrentamiento con el clan de los Morros, que era del todo conocido por los lugareños.

Estos últimos, a raíz de la pérdida de unos campos de cultivo, al ser estos reclamados ante el juzgado por los Carreño, puso en evidencia de que los Morros no iban a quedarse quietos, ante lo que ellos consideraban un atraco a mano armada. Y por si esto fuera poco, armados estaban ambas familias.

Cuando todos los vecinos ya se habían olvidado del asunto, para dedicarse cada uno a lo suyo, ocurrió el desastre.

Aquella mañana había amanecido con una niebla a ras de tierra, que no permitía ver más allá de veinticinco metros. Aurelio, capataz de los Carreño se dirigía hacia los campos, que les habían sido entregados por el juzgado.

No había penetrado aun en ellos, cuando el ruido de un disparo le obligó a tirarse a tierra. Los Morros, pensó. Pero, un segundo disparo fue suficiente aviso, para que no intentara nada más.

Así como tan pronto dio por hecho, que el atacante había decidido huir, se volvió hacia la finca.

Jacinto recibió de Aurelio, las noticias de que no le había sido posible acceder a las tierras debido a los disparos. Este enojado porque sus vecinos no aceptaran la sentencia, se dirigió hacia la casa de los Morros, con ánimo de echarles en cara tal acción.

El gesto de rabia que llevaba Jacinto, en el momento de enfrentarse con el patriarca de los Morros, fue suficiente para que ambos se enzarzaran en una discusión, que fue subiendo por momentos de tono.

Sin embargo, no fue a más debido a que, una patrulla de la policía local pasó cerca de ellos y escuchó la discusión. A la denuncia de Jacinto se unió la de Los Morros, que manifestó no haber sido el causante de tal atentado.

Los días fueron pasando, pero los resquemores entre ambas familias perduraban y así lo sería por todos los tiempos. Pero, la verdad es que no hay problema, que cien años dure. Eso dice el refrán y en parte eso fue lo que ocurrió.

Cuando parecía que las aguas se habían calmado entre ambas familias, fueron de nuevo los disparos los que provocaron un nuevo enfrentamiento entre ellos.

Jacinto acompañado por Aurelio, acudían a las tierras para estudiar los cultivos que harían en ellas. Y en eso estaban, cuando un nuevo disparo hirió de muerte a Jacinto.

Aurelio regresó a la finca. Enseguida, reclutó a varios de los hombres, para acudir a la casa de los Morros. Había que vengar la muerte del patrón.

Cuando llegaron al lugar donde estos vivían, la policía local que ya había sido avisada cubría el acceso a esta. Enfadados por no haber podido llevar a cabo su venganza, regresaron a la finca.

Pocos días después, tras una revisión de todas las armas de los Morros, la policía determinó, que los disparos no los había provocado ninguna de ellas. Así, que siguieron investigando a los poseedores de armas.

Un error del causante, al pretender huir de la población, aclaró de una vez para siempre, que los Morros no habían sido los ejecutores de tal acto. Un extrabajador de los Carreño, enfadado por causa de su despido, había sido el causante.   

La tarde siguiente a los hechos, el patriarca del clan de los Morros, que se encontraba sentado en una silla de mimbre, vio pasar el ataúd de Jacinto camino del cementerio. Aunque no sintiese alegría ninguna, se acordó de aquel dicho: “Siéntate a la puerta de tu casa y verás el cadáver de tu enemigo pasar”

 

 

 

 

 

 

 

Publicado la semana 26. 25/06/2018
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