Semana
23
ALBATROS 2705

UN MONSTRUO EN CASA

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Relato
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Laura, tras largos años de ausencia, regresó a la que fuera su casa durante su infancia. Notó un nudo en la garganta, al pensar en los hechos que allí habían ocurrido. Se le hacía difícil entrar. Tenía miedo de que al recordar lo sucedido; los fantasmas de su mente se agolparan con ansias de salir. Sin embargo, debía hacerlo.

Una vez penetró en el interior, dejó las maletas en el recibidor junto al perchero y en él colgó su abrigo. Luego, se sentó ante la camilla que había en el comedor.

Sobre esta encontró la foto de una niña, que tomó entre sus manos para observarla mejor. No se reconoció a pesar de que, en el reverso de la misma, figuraba su nombre y una fecha. No había ninguna duda de que era ella.

Aquel retrato la trasladó a los viejos tiempos, que aun hoy pretendía olvidar.

Las imágenes de los recuerdos comenzaron a desfilar ante sus ojos, como si de una película se tratara. Todo había comenzado como un juego. Vio a la pequeña de la foto, envuelta en una toalla de baño y como una mano le hacía cosquillas.

A la chica aquello parecía gustarle, sin embargo, las facciones de su rostro cambiaron, al notar como aquella la mano se deslizaba debajo de la ropa, alcanzando la parte superior de sus muslos.

Mientras tanto, una voz siniestra la siseaba, que no gritara y así podrían continuar con aquel juego. Este suceso se iría repitiendo, cada vez que su mamá salía con sus amigas y la dejaba sola con el monstruo.

Más tarde se vio a sí misma, tumbada y quieta sobre una cama, sin atreverse tan siquiera a taparse. Luego, sintió las súplicas que hacía y su impotencia para parar aquel juego.

— ¡Para papá! Me haces daño. No tengo ganas de jugar a este juego.

Pero, él haciendo caso omiso de tal súplica, siguió con sus manos estremeciendo su menudo cuerpo. La niña notó una humedad entre sus pequeños muslos, al tiempo que gemía y gritaba ¡me haces daño!

Cuando el monstruo la abandonó en la habitación, la chica sintió una soledad infinita. Sollozó en silencio puesto que papá la había dicho, que las niñas buenas obedecían y no gritaban, y así podrían volver a jugar.

Ante la repetición de aquella escena, pronto comenzó a darse cuenta, de que aquello no era un juego para ella. Suponía que, si de verdad era un juego, sus amigas también jugarían. Sin embargo, ninguna de ellas lo comentaba a pesar de lo que decía papá.

El último día de aquel infierno, su madre la llevó al colegio. Durante el camino quiso hablarle y explicarle su tristeza, pero mamá tenía demasiada prisa. Aun así, la comentó que papá la había hecho llorar el día anterior.

—Le habrás hecho enfadar —fue toda su respuesta.

En clase se mostró distraída y triste, ya que las imágenes del día anterior perturbaban su quehacer. Cuando salieron al recreo, ella vio cómo la puerta del recinto se abría, para dar paso a la furgoneta que abastecía de comida al colegio. Ni corta ni perezosa, encaminó sus pasos hacia el exterior. Nadie se percató de ello.

Caminó decidida hacia el parque, donde encontró a ancianos que jugaban a la petanca. Ninguno de estos, tampoco advirtió su presencia. Aquella fuga sería el detonante que la apartaría para siempre de su monstruo.

En el colegio, como años más tarde la explicarían, su ausencia provocó gran revuelo, viéndose la directora obligada a informar a su familia. Cuando su madre llegó al centro, esta acusó a la profesora de no cuidar lo suficiente de su hija.

Sin embargo, Maite, que llevaba observando el comportamiento de Laura desde el inicio

del curso, se atrevió a preguntarla:

— ¿Usted no ha apreciado la tristeza de su hija?

—Tristeza dice, pues no.

La chica mientras tanto, en su vagar se dirigió hacia la estación de autobuses. Los conductores en su descanso hablaban entre ellos. Laura se escabulló en el interior de uno de los vehículos y se refugió en la parte trasera. Cuando al rato este inició su recorrido, la tristeza que la ahogaba brotó de sus ojos.

Magdalena, una anciana que se dirigía como cada día a un centro de recuperación, al subir al autobús escuchó los sollozos y el hipo de la pequeña, por lo que decidió sentarse a su lado.

—Hola, guapa. ¿Qué tienes? —Sus expertas manos acariciaron suavemente el cabello de Laura. Esta no paraba de llorar, mientras la miraba con ojos suplicantes.

Cuando vio Magdalena, que la niña se dejaba hacer, la cogió en sus brazos y balanceándola como a un bebé, consiguió que poco a poco se calmara.

Cuando llegó a su parada, comprendió que no podía dejar a la pequeña allí, así que decidió llevarla con ella al centro, desde donde podría intentar localizar a sus padres.

Lejos de allí, la madre se había puesto en contacto con el padre y ambos buscaban a la niña por los alrededores del colegio. En un momento de acaloramiento, la mujer culpó al padre de la desaparición de Laura.

­—La niña me ha dicho, que ayer la hiciste llorar.

El padre se quedó estupefacto, al desconocer que le habría explicado la chica, pero hizo como si nada.

Mientras tanto, Magdalena y la pequeña bajaron del autobús y se dirigieron andando hasta el centro de rehabilitación.

Sin embargo, la anciana al ver un coche patrulla de la guardia urbana decidió, que tal vez era mejor que ellos se cuidaran. Los agentes resultaron ser muy amables y enseguida las atendieron. Se sentaron con ellas en el coche y comenzaron por preguntar a la chica su nombre. Esta en un susurro se lo dijo.

Queriendo que la joven se confiara a ellos, la preguntaron si tenía hambre. La niña asintió.

—¿Qué prefieres, un bocadillo de jamón o cruasanes?

Laura con un hilo de voz, dijo que el de jamón. Un agente se desplazó hasta una panadería, para comprarlo.

Cuando terminó de comer la pequeña, los agentes la interrogaron:

—Haber Laura, ¿qué te ha ocurrido? Explicarlo te hará bien y nosotros te podremos ayudar.

Se hizo un largo silencio. Sus ojos se volvían a llenar de lágrimas, sin embargo, sus sollozos eran más templados. Dejaron que la niña asumiese su historia. La pequeña poco a poco comenzó a balbucir.

—Papá me hace jugar, a un juego que yo no quiero —ahora, el hipo de su lloro se hizo más intenso. Magdalena comenzó a sospechar el drama de la chica. Volvió a pasar suavemente la mano por su cabello.

—Tranquila Laura, si quieres podemos esperar un rato.

Con la cabeza denegó y siguió.

—Me hace daño aquí —dijo señalando su bajo vientre. La pequeña explotó nuevamente en llanto. Magdalena y los agentes ya no tenían dudas de lo que la embargaba. Así, que la anciana cogió a la chica en brazos y nuevamente meció su cuerpo, mientras, los agentes ponían el coche en marcha en dirección al hospital.

Después de que el cuerpo médico, efectuase una revisión a la pequeña, y evidenciara signos de que se habían producido abusos sexuales a la menor, estos emitieron el certificado que ponía en marcha el procedimiento de investigación.

Los agentes lo pusieron en conocimiento de la policía judicial, durante el transcurso de las horas detuvo a los padres, si bien a la madre la dejaron más tarde en libertad con cargos.

Magdalena, que en ningún momento quiso separarse de la pequeña, explicó a esta que la

trasladarían a un centro dónde viviría con otros niños. Allí, ella la podría visitar casi todos los días.

Acabados los recuerdos, las lágrimas afloraron a su rostro. Ahora, cumplida su mayoría de edad, regresaba a la casa donde perdió su inocencia. Debía intentar rehacer su vida, pero esta vez no estaría sola. Los hijos de Magdalena se habían convertido en la familia que no tenía.

Abrió los balcones del salón y la luz solar penetró hasta el interior de la casa. Aquellos rayos solares se convertirían en un bálsamo, para su atribulado espíritu. La realidad de la vida era continuar, pese a todos los sinsabores que ella misma proporciona. Ahora, debía dejar cicatrizar las heridas y vivir con esperanza, esta nueva fase de su vida.

 

 

Publicado la semana 23. 04/06/2018
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