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ALBATROS 2705

EL ASESINO DEL PAÑUELO DE SEDA

Lucía una hermosa mañana de primavera. Incontables repartidores de periódicos lanzaban estos desde sus bicicletas hasta las puertas de las viviendas, de todas y cada una de las urbanizaciones de Atchinson. Pero, el contenido que en ellos se publicaba, iba a abrir más de una herida entre sus habitantes.

Entre los receptores del periódico, se encontraba Hunter Martin ex sheriff del condado. Como todos los días, salió al pequeño jardín que disfrutaba a recogerlo. Hacía ya unos cuantos años, que se había visto obligado a abandonar el servicio a causa de las heridas que sufriera en su pierna izquierda, durante el atraco en el banco principal del condado. La herida le dejó secuelas y no tuvo más remedio que abandonar. Pero, no por ello dejaba de estar informado de todo lo que ocurría.

En primera página, al igual que lo hicieran hacía veinte años, todos los medios escritos,  publicaban una noticia de por sí abominable. La radio y la televisión tampoco se quedaban atrás.

Rayan Baker, el conocido asesino del pañuelo de seda, había efectuado unas declaraciones que dejaban a más de uno sin saber qué hacer o decir.

“Estoy a un paso de que se cumpla la sentencia a la que legalmente he sido condenado. Antes de que esto ocurra, quiero manifestar que soy un asesino. Sí, yo lo hice. Abigail Anderson está muerta”.

Martin, después de leer la nota en primera página, había quedado paralizado. Todos iban a recordar, que durante las semanas que duró el proceso, en ningún momento este había reconocido los hechos, más bien defendió su inocencia.

Ahora, y según declaraba el periodista Wallace, la confesión estaba firmada por el propio Rayan. ¿Qué había ocurrido? ¿Realmente estaba arrepentido? 

Pero, a Martin lo que le preocupaba, era volver a recordar de nuevo los hechos que en su día fueron juzgados y por los que el asesino obtuvo la pena máxima, a pesar de no encontrarse el cadáver. Los doce miembros del jurado le condenaron por unanimidad a morir por inyección letal.

Sentado en el celador y mientras saboreaba la taza de café servida por su esposa, Martin evocó aquella historia que a él le había tocado vivir en todo su apogeo.

La joven Abigail, era la hija única de los Anderson. Su padre, era un empresario importante, que poseía los mejores almacenes del estado. La joven, al cumplir los dieciocho años, expuso a sus padres su deseo de ir a estudiar a la universidad de la Sorbona. Ellos, por su parte, preferían que continuase sus estudios en el país. Sin embargo, ante la insistencia de esta aceptaron su marcha.

Cuatro años más tarde, Abigail había regresado triunfante a casa. Como no podía ser de otra manera, su regreso fue celebrado con una gran fiesta. Antiguos compañeros de estudio, amigas de toda la vida y vecinos se unieron a ella para la celebración.

Pero, Abigail había regresado con una idea preconcebida. Deseaba encontrar un bufete compatible con sus estudios en derecho internacional. Ni que decir, que las puertas de más de uno de los bufetes del condado, habría atendido la petición del señor Anderson, ya que este gozaba de grandes amistades en todos los niveles de la sociedad del condado. Así, que no fue de extrañar, que Abigail fuera aceptada como pasante en un despacho de abogados de renombre, aunque sus notas también fueron decisivas en la contratación.

Todo parecía desarrollarse dentro de la más absoluta tranquilidad, situación propia de lugares como Atchinson.

Sin embargo, la noche del doce de mayo en la casa de los Anderson, ardían de inquietud ante la tardanza en llegar de la joven. El matrimonio no se sabía avenir que su hija no hubiese llegado aún. Hacia la una de la madrugada el señor Anderson decidió acudir a la comisaria a denunciar la posible desaparición de su hija.

Según constaba en la denuncia, el agente Morris, que estaba de guardia aquella noche, le

indicó que al ser una persona adulta debían transcurrir al menos veinticuatro horas, antes de darla por desaparecida. Pero, por ser quien era, pasaría aviso a las patrullas de guardia por si la podían localizar.

A partir de aquel momento la familia sufriría las angustias propias de unos padres ante la ausencia no justificada de uno de sus hijos.

A la mañana siguiente la noticia corrió como la pólvora por el condado donde eran muy conocidos y respetados.

Puesto al corriente por el agente Morris, Martin se había personado en la vivienda de los Anderson con el fin de recabar datos y valorar lo que podía haber sucedido. Solicitó a la familia fotografías de la joven, lista de amistades, círculo laboral…, todo aquello que supuestamente podría abrir el camino para encontrarla. Todo un mundo cuando no se dispone de noticia alguna.

También se pensó en una huida voluntaria, más no encontraron justificación alguna, sin embargo, no era el momento de descartar ninguna pista.

De regreso a su oficina, había reunido a su equipo de agentes más veteranos que se encontraban en ella para informarles de lo hablado con los padres y comenzar a fijar posibles hipótesis de trabajo. Dada la importancia de la familia se pretendía ser lo más activos posibles.

Ya metido de lleno en la investigación, su mente recordó las instrucciones dadas a sus agentes para la resolución del caso. A Taylor y White les encargó de hablar con sus amigos. Debían averiguar qué planes tenía la joven. Si esta hablaba de marchar, de un futuro próximo, en fin, tirar de los hilos necesarios para conocer un poco más de ella. No podía faltar en la investigación si existían novios, amantes o cualquier otra cosa que nos indicara posibles motivos para desaparecer.

Los dos agentes habían marchado al momento, para dedicarse a los que en las semanas siguientes sería su trabajo prioritario.

A García y Lewis, les había encargado el seguimiento de los pasos que la joven había dado desde su llegada a la ciudad hasta el momento de su desaparición. Era importante ver con que personas se había relacionado y si estas tenían algún motivo en contra de ella o de su familia. Siempre le reventaran estos casos. No eran pocos en los que estaban implicados gente cercana a la víctima.

Al igual que sus compañeros, se pusieron de inmediato manos a la obra. Las primeras horas de cualquier investigación son primordiales para poder encontrar rastros. Pero, a la vez también ocurre que, con el transcurso de ellas, los llevaría a darse cuenta de que iba a ser un caso difícil. No había pistas.

García y Lewis contactaron con el responsable de recursos humanos de la empresa, que les dijo que la joven era muy cumplidora y que no se había dado ningún motivo de queja por parte de sus compañeros.

Al salir se fijaron de que había una cámara que controlaba la circulación de la zona. Se dirigieron a la empresa que daba el servicio y tras algunos inconvenientes obtuvieron las primeras imágenes de la joven.

Vieron a la joven abandonar la empresa pasadas las ocho de la tarde. Varias cámaras del trayecto permitieron observarla. La dirección que tomó era la de su residencia y en ningún momento se advertía nerviosismo alguno u otra actitud, que pudiese hacer pensar iba preocupada. Luego, desapareció.  

De los interrogatorios efectuados por los agentes Taylor y White a sus amigos, la conclusión era que formaban un grupo un tanto extraño. Tal vez habían sido muy amigos en la época escolar y ahora mantenían cierta cercanía.

Recordaba la fotografía de los amigos de Abigail. De Ethan, los investigadores le dijeron que era un joven lleno de energía. Por sus respuestas daba la sensación de que mantenía una relación de amistad. Al agente White le pareció que el chico sentía cierta atracción por Abigail. Aunque no existían pruebas de que existiese una relación concreta.

Con Daniel, los agentes tuvieron un problema. Se limitó a decir que hacía días que no la había visto y de ahí no le pudieron sacar. Por las chicas averiguaron que se había convertido en un obseso sexual y siempre estaba dispuesto a poner sus manos encima de cualquier mujer. Aunque parecía ser que con Abigail mantenía un cierto respeto.

John, carecía de personalidad. Estaba en el grupo porque en la época en la que se conocieron, el chico les caía bien a todos y continuaron aceptándolo. Pero, lo más curioso era que los tres chicos hacía días que no habían tenido contacto con Abigail. Salvo que estuviesen ocultando algo.

Lauren, por la manera de hablar les dio a entender a los investigadores que estaba enamorada de Ethan, aunque este no estaba por la labor. Ella si había hablado con su amiga durante el día de la desaparición.

Según explicó, Abigail estaba muy contenta de haber entrado a formar parte de aquel bufete. Habían quedado para almorzar al día siguiente y lógicamente al conocer la noticia de su desaparición no había acudido al lugar.

Taylor le había preguntado a la joven sobre la relación de los chicos con ella. Esta manifestó que siempre había sido buena, aunque ahora era un poco distante. Ethan era el más amigo de ella. Lauren manifestó que de no ser por la diferencia social de las familias él la hubiese pretendido.

Sin embargo, hablar de Daniel puso el interrogatorio difícil. Según la joven este había cambiado mucho. Cuando las miraba se sentían desnudas, por lo que ninguna de ellas quería estar a su lado solas.

Pero, sin embargo, su relación con Abigail era otro cantar. A pesar de haber afirmado durante su ausencia en el país, que no le importaría besarla, nunca se había atrevido a acercarse en demasía a ella. El motivo era que los padres de Daniel trabajaban para el señor Anderson y parecía que temía las consecuencias que podrían derivarse de una acción errónea.

Al finalizar, Taylor le rogó a Lauren, no comentara con nadie lo hablado y se despidieron ambos agentes de ella.

Rose, sin embargo, dio la impresión de que estaba celosa de los éxitos de su amiga a la que se refirió en varias ocasiones como la niña de papá. No la había visto desde el día de la fiesta de bienvenida.

Olivia, estaba enamorada de Abigail. Era su secreto. Sabía que nunca sería correspondida por ella, ya que en ocasiones habían hablado de las relaciones entre mujeres y esta, aunque lo respetaba, no compartía esa opción sexual. Como Rose tampoco había visto a Abigail desde el día de la fiesta.

Al día siguientes de los interrogatorios, ambos policías se reunieron con el sheriff Hunter.

Este quiso conocer la opinión de los investigadores. No lo tenían claro. Les parecía que sus perfiles correspondían a personas normales. El único que les provocaba duda era Daniel. Había sufrido un cambio y en opinión de las interrogadas, deseaba tener algo con Abigail

Hunter les preguntó si creían posible que lo hubiese intentado y que al ser rechazado hubiese cometido una locura. El sheriff sabía, que su pregunta encerraba una premonición, pero deseaba esta no se cumpliera.

El agente White que había estado callado escuchando a su compañero y al sheriff les había proporcionado una reflexión.

Este, reconocía que el hecho de ser obseso los llevaba a verlo como un posible candidato. Sin embargo, prácticamente la chica había aterrizado de nuevo en sus vidas y por lo relatado por todos ellos no habían tenido más contacto que el día de la fiesta. No creía que hubiese sido él. Algo se les escapaba y había alguien más del que no tenían ni la más remota idea de quién podía ser.

Con la premisa de la posible existencia de otra persona, los llevó a reconducir la investigación. Pronto, la existencia de otros casos hizo que este sin quedar del todo en suspenso ya no fuera el prioritario.

A Hunter cada vez le costaba más acercarse a la familia Anderson al no tener nada positivo que contarles. El matrimonio estaba desconsolado, pero permanecían unidos a la espera de alguna señal que ayudara a encontrar a su hija.

 

Dos años más tarde de su desaparición, una llamada anónima al periódico local, ponía de nuevo en marcha la investigación.

La denunciante, que quiso mantener su anonimato, contó que, durante la borrachera de sus dos compañeros de aventura, uno de ellos había manifestado ser la persona que había raptado a Abigail. Su nombre, Rayan Baker.

Inmediatamente Hunter había dado la orden de localizar a este para interrogarle. Lo paradójico del hecho fue que, cuando lo localizaron este se encontraba trabajando en el mismo bufete donde la joven Abigail prestaba sus servicios de pasante.

Taylor y White fueron los encargados del interrogatorio. Fueron muchas las horas que estuvieron intentando obtener una confesión, hasta que Rayan debido al cansancio del interrogatorio cedió y confesó, pero solo que sí había estado con ella. La había esperado cerca de su casa aquella noche. Sin embargo, después de hablar con ella, esta había continuado su camino a casa. Así que nuevamente no tenían nada.

Pero, había alguien resentida con Rayan. Así que de nuevo el periódico recibió un nuevo comunicado. Rayan guardaba en su casa un pañuelo de seda de la joven con las imágenes de la universidad de la Sorbona.

Aquella sí que era una pista más concreta. Los investigadores tras obtener el permiso del juez Lucas Scott, accedieron a la vivienda de Rayan. Tras un largo y minucioso registro, obtuvieron no solo la bufanda, sino también el bolso y dos piezas íntimas de la chica.

Pero, Rayan que se había mantenido en sus trece, no reconoció que él hubiese obtenido aquellas piezas. Sin embargo, la posesión de los objetos de una víctima sí que le acercaba a su posible acusación.

La prensa se hizo eco de lo encontrado y de que los agentes que llevaban la investigación lamentaban que con las prueban obtenidas no se garantizaba el enjuiciamiento. Todo daba a entender que estas pruebas podían ser consideradas endebles a la hora de enjuiciarlo. Pero, existían otras teorías en las que se manifestaba, que aquellas solo podían haberse obtenido tras actuar con violencia sobre la víctima.

Si la policía tenía una posición complicada, una nueva declaración de la denunciante anónima vino a ayudarla. La joven acudió a la comisaría y ante los agentes Taylor y White, a los que ya conocía, manifestó en persona todo lo que hasta el momento había comunicado.

El relato de Lauren fue decisivo. El fiscal, que oyó la declaración de la joven, ordenó su procesamiento. El juicio fue transmitido por la televisión local, y la asistencia al mismo fue tan numerosa, que se rechazó muchas de las peticiones de asistencia.  

Rayan siempre había negado que él lo hubiese hecho. Y así se mantuvo hasta el final del juicio. Quedaban dudas. Pero la defensa tampoco encontró pruebas que descartaran los hechos. Él había reconocido su encuentro el día de la desaparición, poseía prendas y cosas de la víctima. ¿Cómo defenderlo?

El juez Scott, antes de leer la sentencia le solicitó que declarase donde se encontraba la víctima. Ante su negativa persistente, le condenó a morir por inyección letal.

Ingresó en la cárcel del condado donde, hasta el momento de ejecutarse la sentencia permanecería.

Ahora veinte años más tarde y a cuarenta y ocho horas de su ejecución, Rayan confesaba que había sido él el que había hecho desaparecer a Abigail. Martin, se sintió abatido. Los padres de la joven habían muerto sin conocer el lugar donde estaba su cuerpo.

Unos golpes en la puerta del celador le devolvieron a la realidad. Daniela, su esposa, estaba en la puerta acompañada de un caballero.

—Señor Wallace, adelante. Está en su casa.

—Muy agradecido, sheriff Martin.

—No, hace mucho que ya no lo soy.

Sentados ambos hombres y en sus manos sendas tazas de café dieron comienzo a la entrevista que sobre la historia de Rayan Baker, Martin Hunter había terminado de recorrer hacía unos momentos.

 

Publicado la semana 167. 08/03/2021
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