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ALBATROS 2705

TIEMPOS OSCUROS

Santa Julia de Vilatorta. Masía Centellas, 06 h. a.m.

El canto de los gallos del corral, al igual que todos los días del año, puso en pie a los miembros de la familia Lloveras. A esa hora Joan, el patriarca de la familia, se dirigió al establo donde seis vacas esperaban ser ordeñadas aquella mañana.

No eran tiempos fáciles. Hacía dos meses que había estallado la guerra civil y los soldados republicanos andaban por aquellas tierras, como si los campesinos les tuvieran que regalar el esfuerzo de su trabajo. Cuando no era requisar los productos de la matanza, lo hacían con todo aquello que les apetecía.

No, no era de recibo. Joan temía por su familia. Tenía dos hijas muy jóvenes y ya había visto las miradas lascivas de algunos de los soldados, cuando estos aparecían por sus tierras. Así, que había hablado con Teresa, su mujer. Debían evitar a toda costa que estas se quedasen solas cuando los soldados visitaran la masía.   

Sin embargo, para Damián y Benito, que eran los dos pequeños de la casa, el hecho de no tener escuela les permitía disfrutar de un tiempo libre.

Si bien, Concepción, que era la madre de las criaturas, siempre que podía les encargaba pequeños trabajos dentro de la masía. El día de todos los difuntos, mientras las campanas de las iglesias de la Plana tocaban a muerto, esta quiso que los pequeños acudieran al gallinero y se hiciesen con la puesta de las gallinas.

Ambos eran en exceso competitivos así, que pronto iniciaron las apuestas. Benito que era el menor iba delante de su hermano llevando una bandeja de huevos. Detrás Damián que al igual que su hermano sostenía un recipiente mayor con el mismo producto.

De pronto, Damián se paró y a voz en grito le dijo a su hermano.

—Benito a que no dices “gallego”.

El pequeño se giró para contestar y en ese momento recibió en su rostro un par de huevos. Benito arrancó a correr hacia la masía y Concepción viéndole llegar entendió que algo había ocurrido.

Cuando la mujer vio la cara del pequeño y escucho la explicación de Benito, los gritos de la madre se podían oír por casi toda la comarca. No había justificación. Sin embargo, pasado el momento del enojo, la mujer reconoció que, aunque los huevos les eran necesarios, sus hijos necesitaban algunas alegrías en aquellos tiempos oscuros

 

Publicado la semana 154. 07/12/2020
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